Viernes 20/10/2017. Actualizado 09:35h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

Farsantes

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Lo grave no es sólo saber o no. La cultura se adquiere, pero no necesariamente se aprende. Tener cierta facilidad para memorizar datos no es la condición más importante para alcanzar una formación cultural sobresaliente.

Lo grave no es sólo saber o no. La cultura se adquiere, pero no necesariamente se aprende. Tener cierta facilidad para memorizar datos no es la condición más importante para alcanzar una formación cultural sobresaliente. Puede ser algo significativo si uno nace papagayo –hay casos-, o si se desea obtener una buena calificación en un examen. Pero, por lo general, los papagayos no pueden elegir lo que repiten y la vida dura bastante más que un examen. Aunque haya exámenes interminables y papagayos muy ingeniosos, dentro de lo ingenioso que pueda llegar a ser un bicho cuya principal característica es que es capaz de repetir tres mil veces la misma palabra en media hora, mirándote fijamente, sin pestañear, ni mostrar la más mínima señal de aburrimiento en su tedioso pasatiempo.

Lo grave es creer que se sabe. Vivir con la seguridad de poseer una vasta cultura es garantía infalible de haber comenzado a perderla. Lo que hace del bagaje intelectual algo vivo y útil es el ansia de poseerlo, de conservarlo y de ampliarlo. Se trata de saber pensar. Y analizar. Desconfiar, es decir: cuidar y seleccionar las fuentes. Exactamente lo contrario de lo que impera en nuestro tiempo.

Nunca comprenderemos lo suficiente la importancia de ser críticos. Lo he escrito más veces: lo aconsejable es serlo con lo propio, porque ser crítico sólo con nuestros rivales no tiene demasiado mérito. Quiero decir que hay que estar prevenidos ante lo que vemos, escuchamos y leemos. Revolver en nuestras propias fuentes y reconocer en ellas el peligroso veneno de un interés particular. Casi todas las fuentes esconden un interés propio, por estúpido que pueda parecer. Normalmente la cultura que adquirimos ayuda a formar nuestra propia capacidad de juzgar las cosas que pasan por delante de nuestras narices. Si perdemos el punto de mira, habremos perdido la razón.

La justificación de tanta prevención está en el origen de la mayoría de esas fuentes, entre las que se mezclan amigos y hombres de bien, tipos interesados en vender sus productos y manipuladores varios, lacayos de políticos e historiadores de la mitad de la historia, embaucadores zodiacales diversos y algún que otro hijo de un torero famoso. Además, para colmo de males, la calle se sigue alimentando de la televisión. Sí, tópicos fuera, pero se sigue aprendiendo en la tele. Si es que tal cosa es posible. No quiero decir con esto que los espectadores nos dediquemos a tomar notas académicas viendo a los Simpson. Sino algo peor: miles de personas se toman en serio la televisión.

Sigue resultando aburrido discutir con alguien que razona con gravedad sobre tal o cual aspecto médico, o científico, o incluso espiritual, que ha escuchado en la tele. “Esto que te cuento, no es la típica basura”, matiza, “es que lo ha dicho en la tele un tipo muy serio”. Lo malo es que un “tipo muy serio” puede ser cualquiera que se haya puesto unas gafas de pasta, un traje oscuro, o cualquier vendedor de humo con bastante vocabulario y una cierta caradura, que los hay por todas partes en nuestro país. Yo mismo, si me visto de blanco, y me esfuerzo en pontificar alguna sandez sobre el origen de la baba de los caracoles puedo resultar creíble si aparezco en televisión. Sin embargo, la realidad es que desconozco casi todo sobre los caracoles, y estoy especialmente interesado en seguir desconociendo cualquier cosa que tenga que ver con sus babas durante el resto de mis días.

Siempre he pensado que los más peligrosos en televisión no son los que cacarean entre el fango de la prensa rosa, sino los que aparecen con cientos de libros detrás, sentenciando sobre el bien el mal de la literatura, el cine, la ciencia y la vida, simulando ser el rostro y la voz de la cultura universal. Y, muchas veces, no son más que unos farsantes. Figurantes que hacen su trabajo –parecer interesantes-, tal vez honradamente. Pero farsantes al fin.

En pleno siglo de Internet –harina de otro costal- hay que seguir clamando a los cuatro vientos el fundamento esencial de la televisión: que es mentira. Hacer televisión es mentir. Quienes viven de la televisión o han participado ocasionalmente en series o programas saben a qué me refiero: toda la televisión es una gran mentira. En ocasiones, desde su mentira, se acerca a la verdad. Unas veces por error y otras por compasión. Pero el fondo, el envoltorio y todos los estímulos que brotan de la pantalla son falsos. Todos figurantes, todos actores. Es más, nos convertimos en actores cuando nos asomamos a la pantalla. De allí sólo brota entretenimiento, al fin. Divulgación, a veces, si prefieren. ¿Y cultura? Sí. Pero con muchos matices. Cultura que, de serlo, sólo resultará útil para quien sepa recibirla con el amortiguador de la desconfianza. Si no, nos esperan los caracoles, las babas y las sandeces sin fundamento.

·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·