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Tribuna libre

Hoguera de vanidades

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Durante años, el aparador del salón comedor de mi casa familiar se llenaba de tartas con motivo de san Juan, la onomástica de mi padre. El timbre de la puerta no dejaba de sonar, anunciando la llegada de los repartidores.

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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No había hueco para albergar tantas viandas, que mi madre se veía obligada a distribuir entre los conocidos. Me extrañaba que aquello que mis ojos de niño percibían como algo alucinante, tuviera una respuesta agradecida pero tan tibia en su destinatario. Con el paso de los años, comencé a comprender el porqué de esa relativización: cuando dejó de ocupar cargos y emprendió el lento camino del ocaso por razones de edad, los dulces dejaron de llegar a casa, y solamente recibiría, hasta el final de sus días, los regalos de un pequeño puñado de familias verdaderamente amigas.

El 7 de febrero de 1497, aprovechando el martes de Carnaval, acólitos de Savonarola prendieron fuego a infinidad de espejos y otros objetos destinados a potenciar la vanidad de las gentes en Florencia. Esa enérgica respuesta del dominico a uno de los principales vicios de su época, practicado incluso por quienes encarnaban entonces los poderes espirituales y terrenales, le conduciría a él también a la pira, en la que la leyenda cuenta que tardaría en consumirse.

Si el monje de Ferrara levantara la cabeza, le faltarían tiempo y manos para disponer  tantas hogueras de vanidades como demanda la actualidad. La vida social de hoy -y quizá la de siempre- continúa navegando entre la simulación y la trivialidad, entre la apariencia y la futilidad, agotando recursos materiales y personales sin tasa.

Hay quienes, sin embargo, adoran estos saraos, especialmente aquellos que se limitan a lo que una vieja pariente mía calificaba como de “ver y ser visto”. Si no están todo el día en ellos, su vida se torna en anodina o insufrible. Otros, en cambio, reciben esas invitaciones como quien acaba de conocer que su coche tiene que entrar en el taller de carrocería con un severo golpe. Si no queda más remedio que acudir, por compromisos ineludibles, se hace como si se tratara de acto oficial, intentando ansiosamente encontrar entre los comensales a alguien que comparta el suplicio o que al menos lo haga más llevadero.

Aunque lo parezca, los segundos no adolecen de sociopatía. O quizá sí, vaya usted a saber. Más bien tratan de distinguir entre lo esencial y lo accesorio, y sobre todo buscan alejarse de lo que no es ni sincero ni real, sino habitualmente un teatro henchido de estúpida presunción, para el que se precisa de una estructura personal adecuada -hígado incluido-, de la que no todo el mundo dispone.

La era del espejito mágico, del escaparate, del camelo, del tiempo perdido escuchando conversaciones inútiles y ademanes cínicos, exige a gritos nuevas brasas que la conviertan en cenizas. O al menos que la chamusquen un poquito.

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