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Humor

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No se ha ingeniado mejor sistema para medir la calidad humana. Ni para resolver infinidad de asuntos o tratar de encarrilarlos. El sentido del humor, donde existe, contribuye extraordinariamente a sobrellevar la vida y facilita como pocos el alivio de tantísimos trastornos generados por los modos contemporáneos de existir. 


Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Es complicado, no obstante, distinguir cuándo estamos ante esta agradable  aptitud y cuando ante sus irritantes antónimos. Quien abusa del chiste, por ejemplo, nunca parece encajable en esta categoría, en especial si lo trata de explicar, si se explaya innecesariamente, si es de mal gusto o no viene a cuento. Tampoco logra incorporarse al benemérito catálogo de los bienhumorados el que se lo toma todo a guasa, el que anda el día entero con la risa forzada puesta o el incapaz de detectar cuándo resulta improcedente, por el contexto o la materia. O quien recrimina las más mínima broma en ámbitos laborales o técnicos, por estimarlo escasamente profesional. Por exceso o por defecto, esta facultad precisa de ser cuidadosamente deslindada de aquellas otras maneras que ninguna relación guardan con ella, como las del impertinente bufón o el incorregible malhumorado.

Tener sentido del humor equivale también a conservar el patio trasero impecable, sin porquería acumulada. Quien atesora esta virtud, revela con su naturalidad que no debe esconder nada, porque nada tiene que ocultar. Al revés, quien recela del buen humor acostumbra a encontrarse cómodo en la simulación de una severidad que tantas veces envuelve notorias incapacidades o complejos, porque la constante seriedad y la mediocridad suelen ir de la mano.

Un país con gentes bienhumoradas es imparable: en la política, en los gobiernos, en el trabajo, en la prensa, en todo. Y otro con malhumorados no tiene remedio. La relativización que trae consigo el sentido del humor no es rival de la responsabilidad, sino su más formidable cómplice. Ayuda a diferenciar el grano de la paja, a revelar el traje del rey desnudo y a descubrir la talla personal de cada cual.

Nada peor, en fin, que padecer problemas sumando otros derivados del buen talante para enfrentarlos. Y nada mejor que encarar el día con actitud sonriente, sin caretas, con carcajadas como respuesta a comentarios geniales o a bobadas solemnes.

Además, es gratis y sienta la mar de bien.


Javier Junceda

Jurista


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