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Estoy realmente asombrado. Los científicos han vuelto a descubrir la edad del Universo. 13,75 miles de millones de años. A ustedes les dirá poco la cifra, pero a mí me lo dice todo.

Estoy realmente asombrado. Los científicos han vuelto a descubrir la edad del Universo. 13,75 miles de millones de años. A ustedes les dirá poco la cifra, pero a mí me lo dice todo. Se da la circunstancia de que lo recuerdo perfectamente. Como si fuera ayer. Qué noche la de aquel día. Estábamos allí la materia oscura, la nada, los científicos de la universidad de Stanford, Eduardo Punset y yo. Aquel día amaneció ensombrecido, como todos en la eternidad. De cuando en vez veíamos pasar una estrella fugaz, una galaxia, o un agujero negro despistado. A media tarde, jugábamos a tinieblas. Siempre ganaba la materia oscura. Aburrimiento total. Sopor incontrolable. Hastío cósmico.

De pronto la nada comenzó a temblar y la oscuridad se volvió aún más oscura. Lo recuerdo perfectamente. Después, una gran explosión, y una humareda densa, infinita, que duró varios minutos. Más tarde, la nube blanca se fue disipando y tras ella se desveló ante nuestros ojos el Universo, en toda su grandeza, por primera vez. De esto hace exactamente 13,75 miles de millones de años. Ni un minuto más, ni uno menos. El Universo pesaba entonces mil millones de millones de toneladas de nada y crecía mucho más rápido que la velocidad de la luz. Recién nacido, ya estaba hecho todo un chaval. Galaxias, nebulosas y estrellas de todos los colores. Aquello era un espectáculo celestial.

Los científicos tomaban notas como locos, analizando la explosión y realizando complejos cálculos matemáticos. Raíz cuadrada de Pi y tal. Uno de ellos alzó la voz instruyendo al resto: “Claramente, esto ha sido causado por el calentamiento global, consecuencia de la perversa acción del hombre en la Tierra”, razonó. Todos asintieron, menos uno. “¡Discrepo! El hombre todavía no ha llegado a la Tierra”, apuntó el más anciano de todos. “Pues da igual, donde esté, seguro que la está liando”, afirmó el primero, con ese rigor científico tan nuestro.

Unos cuantos años luz después, descubrimos la Tierra. No era tal y como la conocemos ahora. Sólo había colinas verdes, valles frondosos, y miles de especies de animales y plantas en cada esquina. No había hombres, ni ciudades, ni carreteras, ni edificios. En realidad no había nada. Ni siquiera Starbucks. Britney Spears no habría podido sobrevivir en un planeta así. Yo decidí asentarme en España y los chicos optaron por irse a Stanford, que quedaba mucho mejor en el perfil de Twitter.

Aterricé en mi destino una mañana calurosa. Oh, España. Aunque nos habían contado que el planeta Tierra estaba totalmente despoblado, cuando llegué descubrí con sorpresa que aquí ya había tres tipos bajitos, bigotudos, muy enfadados, vociferando y dándose garrotazos unos a otros. Al principio me sentí un poco incómodo, pero luego decidí meterme en la gresca y entre los cuatro nos dimos palos hasta en el carné de identidad. Una gozada. Sin perder ni un minuto, informé del hallazgo de aquellos salvajes homínidos a mis amigos de Stanford, pero por entonces ya estaban muy ocupados descubriendo la edad del Universo. También afirmaban haber encontrado agua en La Luna. Y ese sí era un hallazgo mayúsculo, ya que aún nadie había descubierto La Luna. Tampoco el agua.

Tiempo después, a los científicos de Stanfard se sumaron los de California. Y los de Bonn. Más tarde los de Michigan, Oxford y Harvard. Tres clásicos de las secciones de “Ciencia” y “Sociedad” en la prensa. Todos ellos alumbraban descubrimientos a diario. Y a los pocos días, los contradecían. Aquello era un festín descomunal. Dale que dale a descubrir, a calcular, a difundir, a inquietar y a desmentir. Lo pasábamos en grande. Lo recuerdo como si fuera hoy. Tal cual hoy. 13,75 miles de millones de años no son nada. Seguimos siendo igual de ingenuos. Y Punset está igualito.

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