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Irán sigue apostando por la moderación, a pesar de Trump

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Entre tantos acontecimientos de la actualidad internacional, ha pasado un tanto inadvertida la reelección de Hassan Ruhani como presidente de Irán.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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No las tenía todas consigo, ante la fuerte campaña a favor de su oponente Ebrahim Raisi, sostenido por los elementos confesionalmente conservadores de la sociedad persa. Al final, la diferencia ha sido significativa: obtuvo el 57% de los 41 millones de votos, frente al 38,5% de Raisi. La participación superó el 70%.

Se confirma el apoyo de las clases medias urbanas de Irán, deseosas de proseguir en una línea de expansión progresiva de las libertades personales, así como de abrir la economía a la inversión extranjera, una vez superados los bloqueos impuestos durante los años de batalla con occidente por la cuestión nuclear. Aunque, de momento, las cesiones que facilitaron el acuerdo no han tenido excesivas consecuencias positivas para el país. Además, todo sucede en un momento crítico, ante el previsible final de la etapa del líder supremo de la revolución islamista iraní, el ayatolá Ali Jamenei, de 78 años, con problemas de salud que le podrían exigir la dimisión.

Complica mucho la evolución política el clima de excesiva desconfianza por parte del presidente americano Donald Trump, patente en su reciente viaje a Arabia Saudita. Aunque acudieron a Riad líderes de países predominantemente musulmanes, Irán no fue invitado. En la administración estadounidense se sigue pensando en Teherán como fuente de buena parte de los conflictos de Oriente Medio. Concretamente, le reprocha el sostén al presidente de Siria y su radical oposición a la monarquía suní de Arabia Saudita. De ahí la persistencia en sanciones económicas unilaterales, que hacen difícil las inversiones extranjeras.

A pesar de la victoria con 41 millones de votos, Ruhani tendrá que lidiar también con una fuerte oposición interna, que sigue sin perdonar el reformismo iniciado por el antiguo presidente Muhammad Jatami, vetado en la televisión y en la prensa: como si no hubiera existido. Raisi tiene medios suficientes para seguir luchando contra la participación exterior, apoyándose en las clases populares del país y en su profundo sentimiento religioso. Se le considera uno de los potenciales sucesores del ayatolá Jamenei.

Pero la mayoría de la población parece preferir el camino de la moderación, frente a la rigidez ideológica de autoridades religiosas y dirigentes de la Guardia de la Revolución. Así lo confirmaban también los resultados de las elecciones legislativas de 2016. Pero la última palabra está en manos de Jamenei, que ha mostrado últimamente cierto espíritu de apertura, al menos en materia de comunicación y nuevas tecnologías. Está por ver si es posible la autorreforma de un Estado teocrático tan fuerte.

Ruhani cuenta con la adhesión de la gente más joven, que aprecian la creciente libertad de acceso a las redes sociales y la expansión de las libertades, frente al agobio de la estricta moral pública impuesta por la revolución de 1979. Como confesaba uno de ellos a The News York Times, “sólo quiero vivir una vida normal”.

Se ha acusado al presidente de secundar cierto modelo chino: ir fortaleciendo la economía -bienestar y capacidad de consumo -, para asegurar una pasividad política de fondo entre los ciudadanos. Pero no parece que los manifestantes del “movimiento verde” de la pasada década vayan a contentarse fácilmente si no ven una efectiva evolución. Aparte de que el intervencionismo militar en la región supone un gasto excesivo para las débiles finanzas persas.

El presidente Donald Trump habló en Riad de la necesidad de oponerse y "aislar" a Irán. Pero no se ve cómo podría lograrse ese objetivo con las medidas de sus predecesores. Sería preciso –paradójicamente- ayudar a erosionar los fundamentos de la República Islámica, exigiendo avances en derechos humanos y resolver el endémico problema de los disidentes presos políticos. Mutatis mutandis, una política semejante a la de Reagan con la Unión Soviética y, en menor medida, de Obama con Raúl Castro. Pero, en este como en tantos otros temas internacionales, el mundo espera un asentamiento estable de la política americana que, al menos, no agrave los problemas históricos.

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