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Tribuna libre

El Jardín del Orfila

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Los ávidos lectores de ¡Hola! supieron de él a raíz de un breve alojamiento de los Hannover en Madrid, hace pocos años. Otros lo descubrimos durante algún paseo por las calles escondidas del buen Chamberí.

Los ávidos lectores de ¡Hola! supieron de él a raíz de un breve alojamiento de los Hannover en Madrid, hace pocos años. Otros lo descubrimos durante algún paseo por las calles escondidas del buen Chamberí, quizá paseando una buena compañía, pero el caso es que el Hotel Orfila continua siendo un gran desconocido para los madrileños. Y así debe seguir siendo. A quien piense que con la publicación de este artículo contradigo mis deseos se lo agradezco de corazón, pero son aún menos quienes me leen que quienes conocen el Orfila.

El hotel inspira, desde luego, para alquilar un cuarto durante un año y escribir una novela. Pero la lástima de vivir en un lugar es no poder dormir en sus hoteles. Este es lujoso, pequeño y elegante, y tiene sobre el Ritz la gran ventaja de que uno puede bajar a desayunar sin encontrarse en el hall la belleza de una Soraya Sáenz de Santamaría o de un Cristóbal Montoro rodeada de una pléyade de oradores del estilo del presidente de la CEOE, cámaras incluidas.

Es posible que lo menos desconocido del hotel sea su restaurante, quizá porque los huéspedes prefieren salir a los cócteles-simposio de Ramón Freixá y en Madrid hay aún mucho ahorrador de extrarradio que toma el metro una vez al mes para cenar en un buen sitio.

Quien piense que me excedo en este punto se equivoca de nuevo. Mi crítica es hacia las formas. No se puede reservar en el Orfila como Quique a secas (a lo peor, Kike), aparecer como en el bar de abajo antes del fútbol y cenar con agua mineral. Imagino que por ese tipo cosas compraron en Jockey las corbatas más feas de las últimas rebajas de Sepu. Para señalar sutilmente a los clientes indeseados.

El nombre del restaurante se explica por un pequeño patio ajardinado con mesas de estilo antiguo, trampantojos y plantas que hace de terraza del hotel. Desgraciadamente no he tenido la oportunidad, pero en temporada promete veladas memorables.

Una de las primeras pequeñas alegrías que da ir a cenar al Jardín del Orfila es que, en una zona cada vez más nocturna –y no sólo por las putas— no hace falta aparcacoches porque el hotel tiene sitio en la puerta.

Se cruza el zaguán como en una casa particular y se entra en un hall de dimensiones opuestas a las de los hoteles con vocación de Galeries Lafayette. Puede, empero, que haya un exceso de mármol no corregido con más alfombras.

Una duquesa de limitado atractivo en tiempos de Carlos IV afirmó que de las fiestas a las que era invitada sólo acudía a las de Palacio porque era el único lugar donde su fealdad quedaba disimulada… por la de la Reina. Quizá sea esta anécdota la que explique el magnífico retrato de Fernando VII, obra de Vicente López, que cuelga junto a la escalera del Orfila. Hasta Kike puede sentirse un príncipe contemplándolo.

Pese a su exquisitez, el hotel mantiene un ápice de casticismo español, y no sólo en la carta: el al fondo hay sitio se cumple al pie de la letra. En dirección opuesta a la salida se encuentra el restaurante, literalmente vacío hasta la llegada de ya imaginan quién y pareja, pues no me atrevo a tanto como señora.

Las paredes son de color arena claro y están decoradas con bonitos grabados decimonónicos. La excesiva iluminación tal vez esté pensada para gente muy mayor que ya no ve bien o quizá la decoración simplemente alcance su máximo apogeo con la luz del día. En cualquier caso, el servicio es de categoría. Atento, exacto y con la justa media sonrisa de un Jeeves al explicar que lo que parece una gran pala de pescado es en realidad una cuchara francesa.

Si hasta las risas son agradables nada más llegar, encontrar el Tondonia blanco en la carta de vinos le hace a uno creer que hay una cámara oculta espiando su sonrisa de satisfacción.

Partiendo de la regla de que cuanto mejor es el restorán más caro es el vino y de que no se va a cenar a ciertos sitios para beber crianzas de picnic, puede afirmarse que el Tondonia blanco existe para consolar a los que queremos tomar pescado sin acompañarlo de verdejos y albariños que podrían ser de California y no nos gastamos el dinero en cenar con champagne.

Uno despreciaba el blanco y la manzanilla hasta que probó un borgoña con años y bebió a morro de una bota en Sanlúcar. Los López de Heredia siguen produciendo este vino a contracorriente de toda moda para que lo disfruten los escasos exquisitos que son capaces de ello. Y no lo digo a mi favor, sino en contra de quienes en lugares como el Orfila lo devuelven porque “parece ajerezado” o “sabe demasiado a madera”.

La rubia en cuestión tenía dieciocho y estaba más buena que Charlotte Casiraghi, disculpen la españolidad. Hay tintos de Toro muy sensuales que uno bebería con Leonor Watling –que ahora también tiene nombre de princesa— y otros como el Tondonia blanco del 93 por el que uno pasaría una larga guerra en el Orfila leyendo a Balzac y comprobando cómo envejece.

Si el mejor blanco es un tinto y el Tondonia en cuestión es más tinto que muchos, con el cordero no podía fallar. Menos aún con chipirones –de aperitivo—, con ensalada de bogavante –que pueden servir en dos medias raciones— y con un rodaballo que Dios probablemente creó para ese maridaje.

El rodaballo llevaba changurro y una salsa romescu cuyo ajo, curiosamente, no se dejó notar hasta la mañana siguiente. Cosas de ajos y resacas, Sancho. Esa noche, la carta incluía también cochinillo confitado, milhojas de foie, croquetas de liebre, merluza con no sé qué de berberechos y, sin embargo y por desgracia, había desterrado el famoso roastbeef de pato azul.

Los postres son clásicos, deliciosos y contenidos de tamaño, y como sientan a los comensales haciendo esquina se libra uno de las vergüenzas del compartir. A falta de críticas más elevadas, la mayor pena es que en lugar de a una copa el maître no invite a pasar la noche.

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