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Tribuna libre

Jodidos pero contentos

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España está “hecha una mierda”, como el título de la canción de Kuryaki. Pero mientras Nadal siga mordiendo ensaladeras y La Roja alimente el sueño mundialista…

A las dictaduras nunca les ha interesado el deporte por sí mismo, sino como un medio útil para mantener al pueblo idiota, idiotizado, con la cabeza distraída, no vaya a ser que se percate de su drama existencial y le asalten de pronto las tentaciones de agitación política. (…) Como si nada hubiese cambiado a pesar del decurso de los siglos, las democracias orgánicas contemporáneas han hecho lo que los emperadores romanos: servirse del fútbol para mantener a las masas absortas en la arena y la sangre del Coliseo.

Ayer, en tiempos del Caudillo, el fútbol actuaba a modo de anestésico atontador de la canallesca, que el régimen dosificaba para tamizar sus miserias. Hoy, en estos tiempos aciagos de socialismo za-patético, el fútbol, el tenis, el baloncesto y demás ismos (motociclismo, automovilismo, ciclismo…) distraen, pero sobre todo tienen un efecto lenitivo, lo que no deja de ser un reconfortante bálsamo para sobrellevar los muchos sinsabores de una gobernación calamitosa, pues muy mal deben estar las cosas en el ruedo ibérico cuando la principal esperanza sigue estando en los estadios.

El deporte es hoy uno de los grandes fenómenos sociológicos –si no el más aprehendido por la barahúnda planetaria- capaz de aglutinar los anhelos más primarios de un hombre re-primitivizado. El fútbol se ha convertido en una seudo religión a la medida de los nuevos creyentes; es uno de los pocos mecanismos de participación subcultural activa asumidos por el pueblo. Y la casta política, antaño y hogaño, ha sabido siempre muy bien dónde encontrar, a manos llenas, los graneros de votos: en las manifestaciones infra culturales, allí donde la masa se deja troquelar a la medida del cabrero, quizás porque en el lugar común siempre encuentran fácil acomodo todos aquellos cazurros, de espíritu pusilánime y pastoril, que son incapaces de pensar.

Instalados como parece que estamos en la «dictadura inquisitorial del presente», como la denominó Leonardo Sciascia, no resulta disparatado pensar que muchos individuos que ven anuladas sus ilusiones vitales por la frustración existencial, sólo encuentran cierto consuelo a su absurda supervivencia una vez por semana, haciéndose presentes en un estadio y militando en una hinchada. Como escribe Carlos Toro, el fútbol es de por sí un exceso sociológico, una fiesta de mendigos sonrientes, una fiebre alienante en la Europa meridional.

El ritual del implicado futbolístico, en ocasiones indescifrable en clave de sentido común, traduce la tipología del implicado político tal como la codificó Duverger: votante, simpatizante, militante. La cultura del espectáculo deportivo nos ayuda a sentirnos partícipes del sistema, viniendo a ser como un consuelo (el de los tontos) aceptado por todos que nos redime de la marginación.

Alejandro de la Sota definió al aficionado ideal en unos términos realmente preocupantes de ser certeros: un espectador «Bene natus, bene vestitus, et mediocriter doctus». Y Manuel Vázquez Montalbán llegó a la conclusión de que el fútbol, llamado opio del pueblo en tiempos de dictaduras, se ha convertido en la droga dura, altamente adictiva, de las democracias. Permite responder tanto a la falta de proyecto de las sociedades globalitarias como a la paradójica soledad de las masas, que como los feligreses son bombas sociales de explosión retardada en manos de dirigentes que no han superado lo que los psicólogos llamaban “edad pre lógica”.

El vulgo rocinante de encefalograma extraplano no entiende de ópera, ni falta que hace, aunque sonar lo que se dice sonar a delantero centro le resulte más familiar y pegadizo el nombre de Tristán que el de Isolda. Pero entiende de fútbol más que Platini.

En cierta ocasión Fernando Arrabal, llevando hasta el extremo su concepción desidiosa sobre un deporte fundamentado en el absurdo empeño de «introducir un objeto fractal redondo y resbaladizo en un rectángulo protegido por una red y 11 colosos», sentenció con su siempre surrealista sentido etílico de la observación: «Cómo se asemejan los hinchas de los países más civilizados a los de los más bárbaros. Palurdos de todos los países, ¡uníos!».

Como Juan Villoro, me pregunto durante cuánto tiempo se puede estar hablando de fútbol sin sucumbir a la imbecilidad.

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