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Tribuna libre

José Tomás y el peligro del toro

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Las corridas de toros, mal que le pese a la atractiva Espido Freire, no son como el teatro. En las corridas no hay nada ensayado, tan sólo entrenamiento. Todo queda a la improvisación.

Currito tenía cinco o seis años cuando vio su primera película violenta. En ella moría mucha gente a tiros, por las bombas, ahogados. Admiraba a aquellos actores hasta límites extremos. Suponía que cobraban fortunas por sus películas y que se dejaban matar, previa firma del contrato que lo especificaba, por arreglar con todo aquel dinero la vida de su mujer, futura viuda, y de sus hijos, luego huérfanos. Una forma como otra cualquiera de ganarse y perder a la vez la vida. Hasta ahí creía Currito que llegaba el respeto del Derecho a la libertad individual, la autonomía de la voluntad propia, la crueldad de la industria del cine, la codicia de todos.

Una tarde, Currito vio morir por segunda vez a un actor americano, enorme, de musculatura hipertrofiada por el gimnasio. Desconcertado por la aparente resurrección, preguntó a sus hermanos, quienes cuando pudieron parar de reír le desvelaron los trucos del cine. Tras las burlas, Currito no pudo evitar despreciar a aquellos seres irreales que le habían tenido engañado y que durante tantos años habían alimentado sus sueños con carnaza industrial.

Las corridas de toros, mal que le pese a la atractiva Espido Freire, no son como el teatro. En las corridas no hay nada ensayado, tan sólo entrenamiento. Todo queda a la improvisación. No hay guión -pueden ser drama, tragedia, tedio o todo en la misma tarde- y el protagonista no ha practicado con su compañero como los cantantes con su orquesta. No importa tanto el compositor como quien actúa. Es una pelea, recuerden, de hombre a hombre.

Todo ello conlleva apoteosis superiores a las de cualquier otro espectáculo y también muchas tardes consecutivas de aburrimiento. Se podrían, claro, manipular los pitones y simular las suertes de sangre para minimizar el dolor de los contrincantes. Pero si la lidia es arte, también es lucha. El toro es el animal salvaje con el ataque más bello que existe. De su violencia –de la Naturaleza- el hombre crea el arte. No se tortura a un animal que tiene la cualidad única de crecerse en el castigo. Eso es la bravura. Condición principalísima que le diferencia de cualquier otro, en su utilidad e idiosincrasia. Y, aunque nos disgusten, cornadas como la de José Tomás recuerdan que para todos los toreros, desde el más dorado matador al puntillero más miedoso, el toro es riesgo, y ésta es su mayor grandeza. Pese a todo, es curioso cómo algunos defensores de las matanzas de animales comestibles desprecian el alimento del espíritu en favor del material. Especialmente porque éste último, y en lo que a los animales se refiere, no deja de ser un placer superfluo, como demuestran tantos vegetarianos.

Una calurosa tarde de Mayo, los hermanos de Currito tuvieron piedad al fin y lo fueron a buscar al colegio para llevarle por primera vez a Las Ventas. En la plaza, Currito pasó mucha risa, recordando su inocencia cinematográfica y viendo al toro arrancarse, bravo, ante el salto de un espontáneo anti taurino al que hubo que hacerle el quite para salvarlo de su propia tontería.

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