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Tribuna libre

Jóvenes solos ante la red

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Claman por ser educados, y en cambio hallan un silencio por respuesta. A fin de cuentas educarles, es enseñarles a desarrollar sus facultades intelectuales y morales para valerse por sí mismos con una verdadera libertad responsable.

Siempre se ha dicho que los bebés nacen con un pan debajo del brazo,  pero desde luego lo que nunca se ha mencionado es que incluya un manual de instrucciones. Evidentemente, el instinto maternal y el sentido común facilitan la tarea a la que hemos sido destinados. No obstante los padres necesitamos aprender nuestra profesión de progenitores, mejor que cualquier otra.  Resulta paradójico, pero la realidad es que prestamos más atención a ser instruidos en las más diversas disciplinas, en lugar de anhelar el aprendizaje de cómo educar a nuestros hijos. Si bien es cierto, se trata de una de las misiones más delicadas que podemos contraer en nuestra vida, y en cambio fácilmente cae en el olvido.

Traemos al mundo a unos seres indefensos, puros y perfectos, que ya desde sus albores gimen por el cariño, y la seguridad, básicos en su caminar terrenal. Claman por ser educados, y en cambio hallan un silencio por respuesta. A fin de cuentas educarles, es enseñarles a desarrollar sus facultades intelectuales y morales para valerse por sí mismos con una verdadera libertad responsable.

Mientras tanto, los padres no dejamos de asombrarnos al enterarnos que el 25% de los jóvenes de edades entre 15 y 25 ha concertado una cita con un desconocido a través de Internet, o que el 96% de ellos utiliza el espacio virtual de forma rutinaria. El problema fundamental es que los niños y jóvenes están solos ante la red, carecen de la compañía de un adulto con quien compartir sus inquietudes, ilusiones y temores. Con esta ausencia, la comunicación entre padres e hijos se disipa, lo que conlleva paulatinamente a una reciproca falta de confianza.

¿No será acaso que nos aterra inmiscuirnos en un mundo con el que no hemos crecido? Puede ser, y de ser así, habrá que aprender a ser educadores de la era digital, ya que pretender vivir al margen de la red es prácticamente impensable. Y si queremos - llegada la edad oportuna- que los jóvenes naveguen con tranquilidad por el ciberespacio, los padres tenemos el deber de educar a nuestros vástagos en el correcto uso de las nuevas tecnologías. Se les debe garantizar un uso prudente y evitar en lo posible todo aquello que perjudique a su salud mental, física o moral. Lo cierto es que esa prudencia, se apoya fundamentalmente en los límites que se les marquen. La idea es conectarse a internet para un asunto concreto, desde revisar los correos recibidos y contestarlos; recabar una información para un estudio; hasta consultar el tiempo. La actitud de sentarse delante de la pantalla para navegar por cualquier lugar del espacio sin límite alguno, es un riesgo que puede ocasionar grandes disgustos. Los niños que han crecido en un ambiente seguro donde reine la prudencia sabrán defenderse de los continuos ataques que les acechan, saliendo victoriosos al negarse a contribuir a las arriesgadas invitaciones que se les planteen.

Gracias a estas fronteras convenientemente marcadas, evitaremos convertirnos en unos frenéticos espías inquietos y asustados, intentando controlar todos y cada uno de los movimientos que hacen nuestros hijos. Pero eso sí, estaremos vigilantes. Pues más vale prevenir que luego lamentar.

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