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Tribuna libre

Jueces en entredicho

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Cuando menos, en el momento actual, puede hablarse de desconcierto, causado tanto por las instrucciones como por los autos que se dictan, que no siempre son asimilados por la opinión pública.

No corren buenos tiempos para la judicatura. Es posible que el problema venga de lo que se llamaría judicialización de la actualidad. Las páginas de los periódicos, los digitales y los informativos de radio y televisión han ampliado sus espacios de sucesos y no solamente los amplían –véase el caso de Bilbao- sino que los han desplazado a las secciones de nacional.

En esta barahúnda de asesinatos, cohechos, apropiaciones -más o menos indebidas-, sobornos y otros tipos delictivos, los jueces están demasiado tiempo expuestos en el escaparate y la crítica se hace irremediable.

Pero lo malo de la cuestión es cuando entre esa crítica comienzan a llegar ecos de la palabra prevaricación y eso ya son bazas mayores.

Supuesta una democracia y supuesta la división de poderes –lo cual es mucho suponer-, no nos podemos permitir el lujo de que cada lunes y cada martes la judicatura esté en entredicho y se hable, más o menos descaradamente, de favoritismos, de desigualdades ante la ley, de filias y fobias o de intereses ni claros ni confesables.

También la judicatura tiene derecho a la presunción de que procesalmente las cosas se hacen bien, pero a veces es difícil a la vista de ciertas decisiones mantener esa presunción. La discrecionalidad de los jueces tanto en la fase de instrucción como en la sentencia propiamente dicha, tiene sus límites y sobre todo tiene unas ciertas normas que no por atender precisamente a la discrecionalidad tienen menos fuerza.

Cuando menos, en el momento actual, se puede hablar de desconcierto. Desconcierto por las decisiones en plena fase de instrucción y desconcierto por los autos que se dictan. Hay frases o dichos que no siempre son bien encajados por la opinión pública.

Posiblemente las autoridades judiciales no tengan demasiados recursos legales para deshacer entuertos, hasta pudiera ocurrir que a pesar de los esfuerzos de algunos fiscales tampoco se consiga demasiado, pero recusar jueces, hablar de conductas particulares y desviar atenciones de los verdaderos problemas que llegan a los juzgados, no es bueno para nadie.

Y menos para los miembros de la judicatura.

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