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Justicia poética

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Justicia poética es, en su literalidad, lo que ha llevado a los papeles al magistrado Álvaro Gaspar Pardo de Andrade.

Justicia poética es, en su literalidad, lo que ha llevado a los papeles al magistrado Álvaro Gaspar Pardo de Andrade, quien con ese nombre sonoroso podría haber sido en el siglo XVII uno de tantos vates de la escuela gongorina. Algo ha podido adherírsele de aquella condición que no tuvo, porque en la línea jocunda de las letrillas del maestro cordobés, nuestro juez ha fallado en verso festivo, y no por vez primera. Una sentencia suya del mes de febrero, que estos días ha sido citada en El País porque se ha archivado el expediente disciplinario que se quería abrir contra él, ofrece algunas veleidades líricas, en efecto, pero difusas y ripiosas.

Más inspirado estuvo en otra sentencia del año 99, que resolvía así un conflicto de pareja: «Procede acceder a la separación / que imploran tanto el señor Triana, / al que no le da la real gana / de soportar la tensión, / como la señora de Sarmiento, / que no sufriendo escarmiento, / tras su primer tropezón, / persiste en el mismo tono / y aduciendo el abandono, / suplica una solución». Un caso raro de décima con rima ABBACCADDA, que hubiera ganado bastante en calidad si hubiera mantenido el isosilabismo, estropeado acaso por lo perentorio del fallo ante las prisas del tenso señor Triana y la contumaz señora Sarmiento.

La cuestión es que a los demandantes de justicia no les hacen gracia estos donaires fuera de lugar. El ejercicio simultáneo de la magistratura y la poesía parece ser discutido ya desde hace tiempo. Mucho antes de que don Álvaro Gaspar anduviese escandiendo sentencias, un tocayo parcial suyo, también juez, también versificador ocasional, don Gaspar Melchor de Jovellanos, dejaba bien claros los linderos, con enorme comedimiento ilustrado.

En carta a su hermano Francisco de Paula, advertía: «Entre todos son los magistrados los que están más obligados a guardar unas costumbres austeras, porque el público tiene un derecho a ser gobernado por hombres buenos». Y aunque se refería a la necesidad de ocultar al común concretamente la lírica amorosa escrita por él durante su juventud, luego generalizaba: «Es verdad que entre estas composiciones hay algunas de que no pudiera avergonzarse el hombre más austero, al menos por su materia. Pero, prescindiendo de su poco mérito, es preciso ocultarlas sólo porque son versos».

Esa disociación absoluta no se daba un siglo aún más atrás, cuando Pardo de Andrade podía haber sido vate de la escuela gongorina, y cuando era frecuente que el mismísimo monarca apareciera representado sobre las tablas de los corrales de comedias para dirimir algún pleito entre los personajes. Y lo dirimía en verso, con gran ceremonia y autoridad, diciendo aquellas cosas imperecederas del tipo «que errar lo menos no importa / si así acertó lo principal». Claro que al cabo teatro era, y en verso hablaban todos, desde el rey hasta el rufián.

Las sentencias sometidas al cómputo silábico hoy cabrean no tanto porque hayamos perdido en donosura, que también, sino porque parece que quien así las dicta se pasa de cachondo. Y, peor aún, que mientras cuenta con los dedos y piensa cuál es la mejor rima, su ociosidad atasca otro poco la justicia.

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