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Tribuna libre

Lecturas de racimo

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Hay lecturas que, como bombas de racimo, dispersan su carga por direcciones imprevisibles de la memoria. Me ha ocurrido dos veces, con poco tiempo de diferencia.

Hay lecturas que, como bombas de racimo, dispersan su carga por direcciones imprevisibles de la memoria. Me ha ocurrido dos veces, con poco tiempo de diferencia, que sendas reseñas aparentemente inocuas han detonado recuerdos dormidos de infancia. Recuerdos asociados a expresiones que hoy conforman una especie de lexicología sentimental.

Leyendo sobre la trayectoria de Frederick Forsyth, en reportaje adyacente a la recensión de su última novela, me entero de que su labor como corresponsal periodístico dio lugar a un primer libro titulado La historia de Biafra. Hoy Biafra está tan olvidada que hasta el Word subraya el nombre al escribirlo. Fue un país de existencia accidentada y efímera (1967-1970), segregado del sur de Nigeria. Sufrió una hambruna tan proverbial que llegó a incorporarse al acervo fraseológico del castellano.

Y así, recuerdo que de pequeño, tiquismiquis como era, de muy mal comer, algún miembro de la familia apelaba a mi conciencia de culpa con un truculento «piensa en los niños de Biafra». Como método suasorio se revelaba del todo inútil frente a la contundencia indigesta de las legumbres que tenía delante. Y más inútil aún que hubiera sido si, en el intervalo eterno entre una cucharada y otra, me hubiese levantado para consultar un atlas y comprobar que Biafra había pasado a ser una entelequia incluso antes de que yo naciera.

Creo que hoy ya no se estila el que los padres ataquen por el flanco emocional para que su hijo degluta la pescadilla. Es más persuasivo recurrir a la amenaza del lucro lúdico cesante, del tipo «pues ya no te compro el quad» o «se acabaron los juegos de la PSP». Y si queda alguien que incurre aún en el argumento lacrimógeno, suele referirse a los niños de África o a los niños que pasan hambre en general, sin aludir a aquel lejano desaguisado geopolítico de Biafra.

Como interludio entre una reseña y la otra, apunto aquí la palabra desainido, que enlaza libremente Biafra –desainidos estaban sus niños– con la segunda lectura de racimo a la que quiero referirme: un texto con extractos de Azul sobre azul, la última obra publicada por Manuel de Lope. El autor, burgalés de nacimiento, ensaya un somero «diccionario de palabras perdidas», usadas en su niñez. Incluye asurar (tostar ligeramente), giñar (que según apunta no recoge el diccionario, pero sí viene en el DRAE como jiñar; prefiero dejarle al lector que desconozca su significado el averiguarlo por su cuenta) y chapuscar. ¡Chapuscar! Desde mi infancia burgalesa no había vuelto a tener noticia de este verbo, equivalente a salpicar.

El caso es que Forsyth y De Lope pudieron haber activado algún mecanismo detonador para que el otro día me sorprendiese empleando a media mañana el desainido al que aludía antes. Ante la cara de extrañeza de mis interlocutores, abulenses, debí precisar que sí, que estaba desfallecido por el hambre. Solo he podido encontrar razón de este término en el glosario El habla popular de la provincia de Burgos, de Antonio García Solé, donde dice que se aplica a la persona extremadamente delgada. ¿Desde cuándo no usaba yo ni oía esa palabra? Probablemente, desde que se me quitó la tontería y empecé a comer de todo.

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