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Leyenda negra: aquella otra Marca España

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Toca creer, de una vez, en la gran nación falible. La que avanza sin mirar atrás. La que deja caer el garrote.

Un artículo de...

Marian Viñas
Marian Viñas

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La imponente imagen de unidad que ha exportado recientemente Francia tras los atentados de París ha sobrecogido a medio mundo: emociona ver al viejo pueblo de las Luces con las facultades intactas, convertido una vez más por la historia en ardoroso paladín de la libertad y los valores de Occidente. Un espectáculo que enardece y conmueve más si cabe visto desde España, surcada casi en cada palmo de su geografía por el látigo impenitente del terror. Y sin embargo, no puede el español reprimir cierta perplejidad -quizá mezcla de envidia y admiración- al constatar que siendo terriblemente abundantes los episodios infaustos en nuestra historia reciente, su número no va parejo al de raptos de concordia tan genuinos. El espíritu de Ermua fue una rara avis en el país que convirtió los atentados del 11 de marzo y sus 192 muertos en la arena donde enfrentar sus miserias.

Nadie lo cuestiona. La cizaña encontró siempre formidable acomodo en esta tierra vasta y heterogénea. Una península en el confín de Europa, de climatología diversa, salpicada de ríos, costas, acantilados, sempiternas llanuras, húmedas marismas, abrazada por dos mares y un océano y coronada, al fin, por la virgulilla mesetaria. Amén de territorios insulares y del puñado de sistemas montañosos que vienen a forjar también nuestro carácter a modo de geológicos paréntesis de españolidad.

Así, poco tiene que ver un burgalés con un alicantino, un cántabro con un gaditano; y este último es casi un marciano a ojos de un guipuzcoano, un zaragozano o un gerundense. El factor geográfico agudizó sin duda nuestras diferencias fomentando la cerrazón endogámica. Un muy perfectible sistema de unificación de reinos, basado en la alianza matrimonial, hizo el resto. Aquel adhesivo medieval nos convirtió en el primer Estado moderno del continente, sí, pero esta aparente posición de ventaja a largo plazo no fue tal, dado que jamás llevó aparejada un esfuerzo sincero por edificar un común identitario, una conciencia nacional, un proyecto de patria ilusionante. El descubrimiento de América fue en este sentido un factor más de distracción: la efervescente España aparcó su desarrollo como nación -que quedaría para siempre atrofiado- para centrarse en su nuevo rol de imperio. La penitencia por aquella veleidad -véase Cataluña- llega hasta nuestros días.

Así que tenemos una península en el extremo último de Europa que descuella pronto como potencia pero que no cuaja como nación y cuyos pobladores son unos completos desconocidos tanto para el resto de Europa como entre sí. Tormenta perfecta y abono para el mito. Desde el recelo y la admiración que siempre reporta el éxito, surgen dos relatos, dos tradiciones foráneas y enfrentadas sobre lo que es España, cuya gestación sitúan los historiadores en los albores del XVI pero cuyos ecos perviven hoy.

Ya saben: leyenda rosa vs. leyenda negra. La primera, una mistificación romántica, una exaltación de los valores hispánicos que predica una tierra cálida, exótica, hospitalaria y piadosa. Una arcadia bucólica poblada por mujeres de belleza arrobadora, recios corceles y patriotas de indubitable heroísmo que, para colmo de bondades, hablaban castellano:

"Nuestra lengua es tenida por dificultosa de las demás, pero muy grave, entera y articulada (...) no es tan blanda como la italiana, por las muchas vocales de aquella, ni tan áspera como la francesa”. Al parecer, y según reseña en su Diálogo de las lenguas Damasio de Frías, aquello también imprimía carácter, y acaso atractivo. Aunque no todo iban a ser alabanzas para la España en la que no se ponía el sol. Nuestros muchos enemigos se dieron prisa en divulgar otra especie menos amable sobre nuestra idiosincracia que equilibró la balanza en sentido fatalmente opuesto. Según éste, el español era poco menos que un pueblo de ignorantes, fanáticos y bárbaros desnaturalizados. Una alimaña imperialista que causó no pocos estragos entre la población precolombina, a la que sojuzgó:

“Los españoles entraban a los pueblos, ni dejaban niños, ni viejos, ni mujeres preñadas, ni paridas (…) Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete”.

La Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Fray Bartolomé de las Casas es apenas un capítulo en la ingente bibliografía existente sobre nuestro presunto despotismo en Indias. Cierto es que a toda leyenda se le presupone algún basamento real. España, como cualquier otra nación, cometió, y comete, salvajadas. Como cualquier otra nación, tiene también una leyenda turbia a su medida. Aquí lo llamativo, lo verdaderamente insólito, es que históricamente no ha habido comprador semejante para la propaganda antiespañola como el propio español.


Sin ir más lejos, De las Casas era un dominico sevillano que relató, no sin cierta licencia, las atrocidades cometidas en el Nuevo Mundo. Nos pilla más próximo otro desencantado compatriota, el escritor Juan Goytisolo, hispanófobo confeso, autoexiliado a Marruecos y, quizá a su pesar, último Premio Cervantes. También el españolísimo Clarín noveló en La Regenta su crítica al provincianismo y al atraso decimonónicos. Y el regeneracionista Joaquín Costa, en los albores del siglo XX, recetó “escuela y despensa” para aquella España post-Desastre.

Un siglo antes, otro aragonés ilustre puso su genio al servicio de la oscura reputación nacional: Francisco de Goya y Lucientes. Entre 1820 y 1823, el Goya más tardío y enigmático decora las paredes de su casa con un siniestro catálogo de las miserias ibéricas y reserva un lugar destacado en el piso superior para el que históricamente ha sido el deporte español por excelencia: La Riña. O Duelo a garrotazos, donde dos necios, literalmente enfangados en su cerril primitivismo, se baten a muerte armados con sendas garrotas. Goya enfatiza el sinsentido de la escena y la contumacia fratricida de los dos púgiles presentándolos en soledad, recortados sobre un árido paisaje, y bajo un cielo amenazador que presagia tragedia.


Desde la piedra de aquellos muros de la Quinta del Sordo, Goya conjuró el atraso de un pueblo sumido aún en las tinieblas de la ignorancia y la superstición ya en pleno siglo XIX: con pincel desinhibido, casi expresionista, pintó desde aquelarres hasta dantescas escenas de canibalismo filicida. Luego estaban aquellos seres grotescos: criaturas hipnóticamente aterradoras, mitad espectro mitad bestia; de mirada aviesa, salaz, desorbitada o agónica. Otras sin mirada. Las más, esbozando una sonrisa macabra como presas de un éxtasis diabólico. Y en todas ellas, los rostros desdibujados hablan de seres vacuos que aceptan diluirse en el caldo popular del vicio y la intrascendencia. En el final de su vida, Goya ve en sus contemporáneos almas errantes.


Fue su espíritu ilustrado el que le llevó a un permanente contacto con la intelectualidad de la época y con los ecos liberales que llegaban de Francia. Aquel germen eclosionó con rebeldía cuando la enfermedad le obligó a escuchar únicamente su mundo interior. De aquella crisis manaron series de grabados profundamente conceptuales: los Disparates, los Desastres de la guerra, Tauromaquia y los célebres Caprichos. Son estos últimos los que primero realizó y los que inauguraron la etapa más imaginativa y satírica del artista: cada capricho es un dardo punzante al corazón de la España crédula, estamental, inquisitorial y retrógrada. Pura leyenda negra que se conserva en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.


Si se acercan antes del 1 de febrero tendrán la ocasión de completar la visita con un grato recorrido por las ilustraciones del hispanista británico Richard Ford durante sus rutas por España. Una oportunidad de vernos con la mirada curiosa del extranjero, desnuda ésta de nuestro habitual escrúpulo idealista -fuente inagotable de frustración- y del recelo paralizante hacia 'el otro'. Sin estos grilletes, el forastero es capaz de enamorarse de este país, de encontrar belleza donde nosotros solo vemos ruinas. Falta autoindulgencia. Sobran libros de caballerías. Toca creer, de una vez, en la gran nación falible. La que avanza sin mirar atrás. La que deja caer el garrote.

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