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Tribuna libre

Libertad religiosa y peregrinos a Santiago

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Es difícil que estamentos oficiales a nivel estatal, ni siquiera a nivel internacional, se interesen en que se defienda mejor el derecho a la libertad religiosa.

Es bien conocido que este derecho fundamental está proscrito en países como China, Birmania, Indonesia, Pakistán, Corea del Norte, India e incluso Afganistán, a pesar de la importante presencia occidental que parece que debería facilitar las cosas…

Es caso es que con frecuencia nos llegan noticias alarmantes sobre persecuciones, discriminaciones o asesinatos de hombres y mujeres, por el mero hecho de no esconder públicamente su religiosidad. Pero extraña ver que son noticias presentadas como si de una desgracia de la naturaleza se tratase. Ni se piensa en las posibles causas que han provocado esas desgracias: han ocurrido y ya está, “es inevitable que de vez en cuando ocurran”.

¿Dónde están entonces los adalides de la Alianza de Civilizaciones? ¿Dónde, por ejemplo, los que quieren la construcción de más mezquitas en países occidentales, o defienden a ultranza todo tipo de velo islámico? ¿Por qué no protestamos con fuerza cuando sabemos que heroicos médicos y voluntarios, que llevan años entregados a la gente menos favorecida en países lejanos, han sido atacados y acribillados a balazos sólo por tener la Biblia entre sus lecturas habituales?

Son casos aislados dirán algunos, la protesta es victimismo dirán otros. ¡No!, amigas y amigos. La verdad es que son 200 millones de personas los que deseando vivir como cristianos son perseguidos por ello. ¿Increíble en el siglo XXI, verdad? ¡Pero, cierto!

Entonces, hay quienes dicen pomposamente que “hay que dejar la religión al margen de la política”. ¡Pero qué confusión! A ver si nos acabamos de enterar todos de algo muy bueno para nuestra democracia y para cualquier Estado de Derecho que se precie, esto es: la laicidad del Estado y de las instituciones políticas, que significa una estupenda neutralidad ante las diferentes preferencias religiosas de los ciudadanos. Con ella el Estado reconoce el derecho a la libertad religiosa de la gente y favorece su ejercicio, sin hacer suya ninguna religión en concreto, ni tampoco discriminando a ningún grupo por razones religiosas.

Por el contrario, cuando nuestros políticos o cualquiera hable de promover el laicismo, lo sepan o no, se refieren a aquella actitud totalitaria por la cual el Estado no reconoce la vida religiosa de la gente como un bien positivo, que forma parte del bien común de los ciudadanos, que debe ser protegido por los poderes públicos. Todo lo contrario, la considera más bien como una actividad peligrosa para la convivencia, que debe ser ignorada, marginada y políticamente reprimida.

¿Cerca de qué posición es más intelectualmente honrado situarse? Estaremos de acuerdo en que sólo la laicidad del Estado es la que no atenta para nada a la libertad religiosa, todo lo contrario. Y, como es preciso el respeto y la promoción integral de la persona y de sus derechos fundamentales, la libertad religiosa ha de poder ser defendida por los estados, pues efectivamente esa libertad es un derecho fundamental.

Por otra parte, conviene señalar que hay quienes difunden, por activa y por pasiva, con grandes medios, un gran embuste. Dicen: las religiones no pueden proporcionar un conjunto de convicciones morales comunes capaces de fundamentar la convivencia en la pluralidad, sino que provocan intolerancia y dificultades en la convivencia.

Pero vamos a ver, si sabemos todos que vivir la religión -exigiendo a la vez el desarrollo de la razón, pues otra cosa sería fanatismo- no es una disminución del ser del hombre, sino que lo acerca a lo más alto de su condición. La fe, acompañada de la razón, rechaza la intolerancia y obliga a un diálogo respetuoso, a no excluir a nadie, a ser magnánimos y generosos, a buscar la unidad, a trabajar por la paz basada en la justicia, en el real reconocimiento de la dignidad inviolable de todo ser humano y en el respeto a todos sus derechos inalienables. Además de promover todo tipo de libertad, empezando por la libertad religiosa y de conciencia.

Lo cierto es que el silenciamiento o abandono de la tendencia religiosa natural del hombre, el confinamiento de la religión o su reducción a la esfera de lo privado, son también consecuencia de un escepticismo radical que se nos puede colar hasta la cocina de nuestra casa. No es de recibo un laicismo que se convierte en el dogma público básico, mientras que la fe es sólo tolerada como opinión y opción privada, con lo cual no es respetada en su propia esencia.

Por eso hemos de recuperar en la conciencia de la sociedad las certezas básicas en torno a lo que es el hombre, su origen y su destino. Tendremos, en el reconocimiento y el respeto a la ley natural, una estupenda base para el diálogo entre los creyentes de las diversas religiones, incluso entre los creyentes y no creyentes. Éste es un gran punto de encuentro y, por tanto, de unión y progreso.

Urge que la gente de la calle que desee vivir su religión intente hacer valer en el plano político sus convicciones; aunque si quieren ser escuchados será preciso que muestren y justifiquen públicamente el valor político de sus propuestas. Sobre todo en la dimensión educativa y familiar será imprescindible que se vea de manera práctica la unión entre verdad y libertad.

Es claro que los no creyentes pueden vivir una moralidad elevada y ejemplar, pero una sociedad en la que se esconde lo trascendente, esa sociedad es muy difícil que logre el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir sinceramente entregados según esos valores. ¡A las pruebas de tantas injusticias como vemos a diario me remito!

Uno puede ser muy de la calle, muy “del siglo”, muy secular, y a la vez considerarse muy unido a lo trascendente. Por ejemplo, reconozcamos todos que es un gran fruto de religiosidad cotidiana el educar en una libertad más fuerte que la opresión y en un amor más radical que el odio y la intolerancia. Y eso se puede hacer por pura coherencia, de una manera sencilla. Y, entonces, que nadie nos pida reconocer al poder político como legítimo formador de las conciencias de los ciudadanos. Sería renunciar a lo más íntimo de cada uno de nosotros.

A la vez, el respeto a un conjunto de convicciones comunes, el diálogo constante, sin necesidad de excluir las ideas religiosas del patrimonio cultural y social del lugar en el cual estamos todos integrados, nos dará el mejor clima de convivencia.

Es aquí donde nos convendría identificarnos con el peregrino a Santiago de Compostela: no se reconoce como parte de una Europa que se empequeñece por su aburguesamiento material y moral, sino como la vanguardia de una nueva Europa vital, luchadora, de amplias miras y enamorada.

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