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Literatos literarios

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El escritor se forja escribiendo, leyendo, mirando, admirando. Hay una variante de la admiración que engloba a su vez mirada, lectura y escritura.

Consiste en contemplar con actitud variablemente extática –según de quién se trate– a un autor más célebre, más consagrado, más denostado, lo que sea, que uno mismo, y luego transponer esa vivencia a texto. Es un modo primerizo de allegarse al prestigioso club de los literatos, o de reafirmar la pertenencia a él si ya está uno dentro, por mera adhesión visual. Existe todo un género, entre el retrato, la crónica y el retazo memorialista, de los que escriben sobre los que escriben, tras haberlos visto simplemente, o quizá también tras cierto trato. No es casual que quienes más practican esta modalidad literaria sean los estilistas, los cultivadores del primor de la prosa. De un común punto de partida egotista –pero no se entienda aquí como algo negativo– suelen surgir la calidad de página y la calidad de mirada. Ambas se refuerzan mutuamente, porque si existe conciencia de que lo que uno ve y vive es singular, único, justo porque lo ve y lo vive uno, y no cualquier otro, es muy probable llegar a la conclusión de que merece la pena transcribirlo con la mayor pulcritud y el más reconocible acento personal. En este sentido, el género literario de los literatos literaturizados da bastante juego para el lucimiento. El estilista Ruano refería, en su ya legendario Mi medio siglo se confiesa a medias, la anécdota de que el estilista Alejandro Sawa alardeaba con orgullo, por los cafés de Madrid, del ósculo con que Víctor Hugo lo había ungido en los tiempos parisienses. El estilista Umbral contaba a su vez en sus memorias, dispersas por varios libros, cómo veía a Ruano ungirse a sí mismo con su dandismo atildado en el velador del café Teide donde escribía a diario sus artículos. El estilista Manuel Vicent, coincidente con el estilista Umbral en las tertulias del café Gijón, recuerda en Póquer de ases que una vez vio a Samuel Beckett salir del café Deux Magots, de París, y cruzar por el paso de peatones el Boulevard Saint-Germain. Estilismo y cafés, dos constantes del género. Hay una tercera constante, implícita: el sentido de pertenencia al que aludía arriba. Si un escritor retrata escritores y no pescaderos o peritos mercantiles –aunque también pueda y en ocasiones lo haga–, es en buena medida porque así se identifica con su grupo natural, con su tribu. Homenajea a los suyos y se homenajea a sí mismo, porque puede. Siempre le vendrá a la mano una expresión afortunada, una alusión culturalista, un algo con que quedar divinamente. Aquí también actúa el egotismo fértil. Dice Vicent que Beckett, aquella vez que lo vio, llevaba una pelliza de borrego. Hay que ser un literato muy literario para concluir como concluye que, caso de haberse atrevido a abordarlo, no le hubiera consultado sobre Godot, sino sobre su sastre. Si alguna vez me cruzara con Vicent, le preguntaría por la cosmovisión que asoma en su perilla, evidentemente, y no por la que deja ver en su escritura.

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