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Llanto por Venezuela

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No sé qué más se podría hacer para evitar la incipiente guerra civil en Venezuela, un país siempre amigo de España, y viceversa. Ciertamente, sus calles alcanzaron hace años unas cotas de violencia muy graves, al margen de la política.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Pero la evolución del régimen chavista está radicalizando la vida ciudadana, también por el progresivo empobrecimiento de las condiciones materiales.

            Los seguidores de Hugo Chávez decían que cuántas elecciones tenía que ganar para reconocer el fundamentado democrático de su poder. Ciertamente, mucha limpieza necesitaba quien había sido líder de un golpe de Estado. Ahora, ese argumento se vuelve contra el régimen, incapaz de rectificar ante el veredicto de las urnas, sin olvidar que existen libertades y derechos previos.

            El propio Chávez perdió en 2007 un referéndum plebiscitario. Dentro de su conocida verborrea, calificó de pírrica la victoria de la oposición. O no conocía la historia de Grecia, o proyectaba viejas y nuevas amenazas sobre quienes no estaban de acuerdo con su política. Los últimos lances de Maduro no hacen sino confirmar la dictadura, a pesar del evidente fracaso de la dirección autocrática de la vida administrativa y económica. Resulta imposible predecir hasta cuándo la cúpula militar sostendrá ese sistema inviable.

            Tal vez esperan a que exista una oposición interior compacta. La actual mayoría parlamentaria dista de estar unida, a pesar de coincidir plenamente contra el socialismo chavista nada democrático, contrario a las libertades fundamentales y al estado de derecho, altamente peligroso para la convivencia social.

            De momento, se suceden las manifestaciones populares multitudinarias, algunas en silencio como homenaje al creciente número de víctimas mortales, que llegan casi a la treintena: doce en apenas cuarenta y ocho horas. Con unos 1.400 detenidos entre los opositores a lo largo de abril.

            Existe un clima desesperado, ante la falta de comida o de medicinas. Los manifestantes no tienen miedo a la represión, porque –como repiten- no tienen nada que perder. Advierten que el gobierno de Nicolás Maduro no está dispuesto a conceder reivindicaciones lógicas y pacíficas: convocatoria de elecciones para la presidencia, liberación del número excesivo de presos políticos, aceptación de la crisis vital del pueblo para poner remedio a tanta carencia de bienes básicos para la subsistencia. Hasta las bombas de gases lacrimógenos que se lanzan también desde helicópteros contra los manifestantes, son más peligrosas de lo debido, porque están caducadas desde 2015 y no se han repuesto.

            Por otra parte, el régimen ha puesto en marcha los llamados colectivos, una especie de fuerza de choque antidisturbios no uniformada, aparentemente espontánea y descontrolada. Han provocado la mayor parte de las víctimas entre los ciudadanos que salieron con su protesta a las calles de las grandes ciudades. No sé si llegan a los extremos de los viejos milicianos españoles o de las fuerzas policiales del presidente filipino Duterte con narcotraficantes y drogadictos. Pero resultan profundamente antidemocráticos y lesivos para la convivencia ciudadana pacífica.

            A todo eso se añaden las medidas para decapitar a la oposición -con Leopoldo López en la cárcel, la inhabilitación para funciones públicas de Henrique Capriles o las acusaciones contra Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional- y el control desmesurado de las televisiones y de las redes sociales.

            Por si fuera poco, arrecian las manifestaciones violentas contra la Iglesia católica: pintadas en las fachadas de templos, agresiones a sacerdotes, amenazas a los feligreses, invasión de lugares de culto en plena acción litúrgica. No son casos aislados. Lo declaró expresamente el presidente de la conferencia episcopal, Mons. Diego Padrón, en una entrevista de radio: los ataques contra las instituciones religiosas en diversos puntos del país parecen acciones preparadas para intimidar a la Jerarquía católica.

            Muchos nos lamentamos de esa “espiral mortífera”, según el título del editorial de Le Monde el pasado 15 de abril, que recuerda la recesión agravada por penurias y una hiperinflación, con casi las tres cuartas de los venezolanos en situación de pobreza, “triste destino para una nación riquísima en petróleo”. Querríamos que Maduro se aviniera a una solución negociada. Pero probablemente nada será posible mientras la cúpula militar le sostenga sin fisuras.


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