Lunes 23/10/2017. Actualizado 01:00h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

Logomaquia

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Quienes nos dedicamos al derecho, sabemos que la costumbre de adverbiar adjetivos, en las actuaciones forenses, es el síntoma más notorio de que se albergan dudas profundas en lo que se sostiene. 

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

Más artículos de Javier Junceda »

Cuanto más se abuse del sufijo “mente”, más se exhiben esas inseguridades, que pretenden ser conjuradas así. Como sucede con el lenguaje no verbal, en el mundo procesal estos aspavientos acostumbran a ser detectados al vuelo, porque las cosas claras no precisan candil.

Al igual que sucede en el contexto jurídico, el uso del gran aparato verbal o de la locuacidad insistente, aunque se haga a coro, nunca es capaz de servir de dique a las evidencias contrastables, al menos en ámbitos que no resulten aquejados por alguna patología. El recurso al exceso, a la grandilocuencia, al juicio popular, es lo más propio de quienes precisan de alzas para ganar centímetros. A falta de motivos objetivos para hacer o decidir lo que sea, nada mejor que subrayar lo que se tenga más a mano, aunque sea inventado, sencillamente falso o se diga con insistencia por parte de la basca.

En entornos sanos o normales, el examen reposado de los resultados siempre es el que prima. Los diferentes sistemas para medirlos constituyen el principal barómetro. Fuera de estos, reinan el torbellino del fulanismo y menganismo, del banco de favores o de las dinámicas lamentables de las hordas.

El problema estriba en que no siempre logra triunfar sobre este mal un razonable bien. Desde luego que, como sentenció Burke, el mal avanza porque los buenos no hacen nada. La turba que se organiza frente a quien hace sus deberes pero pasa olímpicamente del resto de asuntos, suele ser antológica. Hoy han de hacerse las cosas impecables y además caer bien a todo quisque, incluso a quien se debe recriminar algo, dedicando buen tiempo a ese superfluo esfuerzo cosmético. En el fondo, más de lo mismo. Figurar, aparentar, mentir. Y esperar a que nos examinen de las maneras, nunca del fondo. Tarot televisado en lugar de ingeniería de última generación.

Bien pronto todo este escenario cambiará. Cuando se roce el límite y se compruebe con madurez que multitud de asuntos solamente son abordables con responsabilidad y sentido común, se entenderá que la única forma de hacer es aquella que tiende a la solución de los problemas con rigor y sensatez, sin dejarse llevar por la marea, aunque sea arbolada. El plus de caer bien a todos y en todo momento pasará a mejor vida, porque es por definición algo secundario y prescindible, aunque sea muy agradable cuando se consigue sin recurrir a la impostura.

Mientras tanto, denunciemos a quienes juzgan de manera inmisericorde sin atender a los hechos, sin escuchar tan siquiera las campanas de la otra parte, dejándose llevar por ocurrencias adolescentes y olvidando los datos que saltan a la vista.

O entreguémonos a la sinrazón que conduce al final de las cosas.


Javier Junceda

Jurista.




·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·