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Tribuna libre

Lugares para sincerarse

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España se está volviendo un mal lugar para llevar una buena vida pública. Antes era más fácil dominar la situación.

Hasta hace unos años, cualquiera sabía qué platós había que pisar para hacerse un lavado de cara, o qué micrófonos había que frecuentar para aclarar algún asunto espinoso de esos que se van enredando a lo largo de la semana, y que terminan haciendo que alguien venda muchos más periódicos de lo que esperaba. La verdad es que las series de exclusivas serían perfectas si siempre terminasen con el malo en la cárcel, pero para un sector del cine moderno lo de los finales felices es sólo una estupidez que inventó Frank Capra para que las chicas salgan del cine enamoradas de James Stewart.

Ahora cuando alguien quiere mentir de verdad acude a la portada de cualquier revista de sexo, que es en lo que se han convertido las antiguas revistas de variedades, después de perder todas las variedades. Y salen allí, con la camisa abierta, las aguas de algún paraíso fiscal al fondo y el pelo abundante en el pecho, como antaño, haciendo las mismas declaraciones solemnes de toda la vida: “no he robado ni un céntimo”, “esto es una operación contra mi, organizada por fascistas, retrógrados y unos cuántos homófonos de esos” y “oye imbécil, ¿para qué periódico trabajas?”.

También se lleva mucho el lavado, total o parcial. Hay varias tarifas. Lavado. Peinado. Peinado y cortado. Peinado y patillas. Patillas y cejas. Apurado total. En España el más demandado es el apurado total, consistente en llamar al programa de moda y pedir que te organicen un buen circo para que puedas llegar en horario de máxima audiencia y ser el payaso estrella de la función. A los políticos en dificultades les encanta el apurado total. Van allí el sábado, entre lo que pactan y lo que no dicen lo callan todo, sonríen un poco, y salen como nuevos, aseadísimos, dispuestos a aguantar en el tajo un trimestre más, si las exclusivas de los medios enemigos lo permiten, y si los editoriales de los amigos siguen siendo serviles y balsámicos como hasta ahora.

Los políticos se someten a menudo a este tipo de exposiciones mediáticas extravagantes porque son como voladuras controladas. En las revistas importa más el posado que lo que ladren después, y en los programas giratorios de la cutrísima escena televisiva lo único verdaderamente importante es pasar a publicidad antes de que cualquiera de los invitados no infiltrados pueda incomodar al protagonista con una pregunta realmente interesante. Imaginen que en hora de máxima audiencia a un político español se le pone un micrófono en la solapa, en vivo y en directo, y se le espeta una pregunta como Dios manda, de las de toda la vida, de las que hacían gente como Antonio Herrero o José María García. Se nos mueren del susto, el político y el presentador, y parte de la audiencia se cae de la silla y se fractura varias costillas. Al día siguiente alguien tacharía al periodista preguntón de violento, cavernícola, facha, antidemocrático y politófobo.

No sé ustedes, pero yo hecho de menos a reporteros incisivos, capaces de preguntarle cara a cara al personaje de turno que cuánto le ha costado el implante capilar y si se lo ha pagado con la extra de Navidad o con la de Nochebuena. Al final se está creando un caldillo mediático que resulta incompatible con la democracia. Aunque sospecho que a medio país lo que más le importa no es la democracia, ni la naciente plaga de periodistas vegetarianos, sino que puedan sentirse bien delante del telediario. Que les hablen del amor, de las temperaturas del verano, de las catástrofes naturales en países remotos, y de esos asesinatos salvajes que luego alimentan tan gratamente las tertulias de la sala de espera de la peluquería.

Menos mal que no voy por buen camino para convertirme en eso que los impostores del periodismo llaman “tipos de primera plana”, porque les confieso que no sabría dónde caer muerto y soltar mi repertorio de confesiones. No me veo posando con un daiquiri en la mano y exclamando “la vida me sonríe”, ni haciéndome el importante en uno de esos programas televisivos de sexo y variedades donde tampoco queda ya ni rastro de las variedades. Comprenderán que, con semejante menú, no tenga yo ningunas ganas de acudir a la velada a contar que no he robado, que no he extorsionado, o a denunciar que mis socios me la han jugado. Creo que nunca acudiría a esas granjas mediáticas a derramar mis confesiones en horario de máxima audiencia, salvo que todo lo que vaya a contar sea mentira.

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