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Manifiesto contra todo pronóstico

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Contra casi todo pronóstico en realidad –porque va la vida en ello, queda excluido solamente el del doctor – se dirige este manifiesto de voluntaria adscripción miope.

Contra casi todo pronóstico en realidad –porque va la vida en ello, queda excluido solamente el del doctor– se dirige este manifiesto de voluntaria adscripción miope. Entre los diversos oráculos de la antigüedad y, pongamos por caso, el simulador terrestre de fabricación japonesa que prevé la evolución del clima hasta el año 2100, las diferencias son evidentes, pero el objetivo no cambia: se trata de conjeturar, de atisbar, de anticiparse. Sin embargo, da igual que se trate de los comunicativos dioses de antaño o de las actuales supercomputadoras, parece imposible ir futuro a través sin desembarazarse del insidioso margen de error. Según su menor o mayor magnitud, existen grosso modo tres clases de pronóstico (curiosamente, suelen aparecer sendas modalidades muy representativas de todas ellas entre las informaciones más consultadas de los periódicos: el tiempo, la lotería y el horóscopo).

a) Pronósticos con margen de error en función de los imponderables naturales. Se basan en indicios concretos, a partir de los cuales hay expertos que infieren tendencias de cumplimiento probable. A esta categoría pertenecen las predicciones climáticas –el simulador arriba citado– y meteorológicas. El mismo mensaje, «mañana lloverá», no tiene la misma fiabilidad si lo leemos día tras día en el escaparate de Casa de Diego que si, ante un mapa plagado de borrascas, se lo oímos decir a Roberto Brasero. Y ello, no necesariamente porque a este le presupongamos un desinterés absoluto en la venta de paraguas, sino porque sus palabras están respaldadas por el satélite Meteosat. El problema viene cuando al día siguiente luce un sol espléndido o, sin llegar a tanto, el cielo está encapotado pero no descarga. (Quizá el clásico olvido del paraguas se deba a que el coste de traerlo y llevarlo cuando no hace falta es superior a un beneficio que, en realidad, no está reportando: en un nivel de consciencia relativa, el cuerpo pide y la memoria otorga).

b) Pronósticos con margen de error limitado, dentro unas normas convencionales. Aquí no es la naturaleza, sino el ser bípedo y lúdico que somos, quien determina unas reglas en las que se enmarcan el acierto y el número de desviaciones. Este tipo de predicción suele tener ánimo de lucro, y a él pertenecen entre otros los juegos de naipes y las diversas loterías. La probabilidad de alzarse con la victoria en una partida de brisca por parejas es mucho mayor que la de obtener el primer premio en el sorteo del Gordo de Navidad, no por el capricho de una nubosidad variable, sino porque los sistemas preestablecidos y la cantidad de participantes en ambos juegos son por completo diferentes. En cualquier caso, el peligro de este tipo de pronóstico consiste en el hecho probado de que siempre se acaba perdiendo más de lo que se gana (a no ser que computemos, claro, la ilusión), además del riesgo de acabar incurriendo en la ludopatía.

c) Pronósticos con margen de error ilimitado, por fundarse en la arbitrariedad. Se basan en la interpretación arcana de signos que no tienen por qué serlo. A esta categoría pertenecen las diversas mancias, así como el horóscopo. Las líneas de la mano, la trayectoria en el vuelo de tal ave, el modo en que se disponen los posos del café, las imágenes presuntas proyectadas en una bola de cristal, la alineación de los planetas… ¿Qué motivo existe para dotar a señas semejantes de significado? Ya ni siquiera puede hablarse de predicción en estos casos, por muchos tratados que haya para dar a estas prácticas una mano del barniz de lo creíble. Entre el acierto y el error no media entonces la falibilidad de un satélite ni la vastedad probabilística de unas cifras, sino la infinitud sin remedio posible entre la ignorancia ante el futuro y el deseo de que resulte propicio.

Quitando el del doctor –y con reparos–, todo pronóstico es vano por incierto.

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