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Manifiesto contra lo reciente

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Si hay una angustia de estar vivo, la causa no es tanto saber que todo acaba, sino más bien que todo queda cada vez más lejos del principio. Lo reciente es lo malo, porque engaña.

Lo reciente, lo reciente… ¡Bah!, el prestigio de lo reciente y de su apócope. Recién hecho: te quemas. Recién licenciado: bisoño. Recién despierto: grogui todavía. Recién casados: una escandalera de hojalatas a la zaga del coche en que van los novios. Uno es reticente a lo reciente. Más, uno es renuente a todo aquello que tenga que ver con lo reciente. 

Lo reciente. Fastidia hasta el decirlo, con ese artículo neutro tan frío, tan pedante y tan difuso. Lo reciente carece de un sustantivo al que acogerse, como se acogen al silencio lo silente o lo presente a la presencia. Ni de recencio ni de recencia dispone como asidero lo reciente, y así la gramática, también, en cierto modo se resiente. 

Lo reciente no acuña sustantivo acaso porque no tiene mucha sustancia (sólo si se trata de un recental, adjetivo sustantivado y sustancioso, pero entonces tampoco es recencio, que es un choto o un cordero). Lo reciente es, de suyo, algo magro, enjuto y escurrido, se refiere a lo que acaba de llegar pero está ya a punto de marcharse. 

En ese sentido, lo reciente se asemeja hasta cierto punto a lo breve o lo fugaz, pero se trata de un concepto bastante más insidioso. Lo breve y lo fugaz contienen en sí el tiempo, lo acotan de principio a fin –la brevedad, la fugacidad–, como el reloj de arena contiene y acota en los límites del vidrio todos los granos, del primero al último. Lo reciente, sin embargo, certifica el paso de la potencia al acto, pero no advierte de su conclusión. 

¿Qué importa esto? Acaso nada en teoría. Ahora, cuánto pesar si ahondamos un poco. Se sabe y se repite que la vida es fugaz, que nuestro paso por el mundo es breve. Como axioma genérico, tiene operatividad nula para enviscar nuestra nostalgia. Piense ahora el lector en cuando era recién nacido; en la foto con su primera bicicleta, recién comprada; en una por entonces recién adquirida amistad con este o aquel íntimo, que va ya para cuarenta años. Su biografía es una sucesión pautada de «recienes» caducos. 

La brevedad, la fugacidad, es un segmento con principio y fin. Lo reciente es un vector con punto de origen y punta de flecha que se extiende hasta no sabemos dónde con exactitud, aunque en el trayecto adquirimos conciencia de cómo y cuánto nos vamos distanciando. Si hay una angustia de estar vivo, la causa no es tanto saber que todo acaba, sino más bien que todo queda cada vez más lejos del principio. Lo reciente es lo malo, porque engaña. 

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