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Manual para playeros novatos

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Mi consejo a todos ellos y a todos los demás, es que no vayan nunca a la playa, bajo ninguna circunstancia.

No todos los lugares en donde se produce una acumulación de arena son playas. El maletero del coche no es una playa. El cuarto de baño de un surfista, tampoco. La playa se distingue porque acompaña su arenal con un lugar apropiado para el baño. Es cierto que puede ser fluvial o marina. Pero, sin ánimo de ofender más de la cuenta, las playas fluviales no son más que la excusa turística de los lugares que no tienen mar. En la playa hay arena, hay mar, y hay bronceador. Todo lo demás, no es una playa, aunque todo el mundo vaya en traje de baño. Si hay mojitos, es un chiringuito. Si hay gambas, es un restaurante. Si hay probadores, es la planta de moda joven de El Corte Inglés.

La primera vez que uno va a la playa se sorprende al comprobar que hay que entrar descalzos. No es imprescindible, pero la arena suele estar demasiado caliente como para pisarla con unos pies vírgenes. Existe una absurda creencia que afirma que llevar los zapatos en la mano evita que se llenen de arena. Falso. Todo lo que va a la playa vuelve con arena. Esto incluye móviles, lentillas, libros, carritos de bebés, hornillos eléctricos, baloncitos, raquetitas, dinosaurios hinchables y demás material apropiado para invadir un arenal y hacerse fuerte en la costa.

El playero novato, el primer día, llega a la playa, se sienta, y se aburre. Y el segundo día, acude al arenal armado con decenas de juegos violentos, que incluyen pelotas, discos voladores, raquetas, tablas de guillotinar bañistas y otros objetos no identificados, comprados en el chino más cercano. Desde mi perspectiva, si uno no sabe qué hacer en la playa, lo mejor es que vuelva a casa y busque un plan mejor. El canal Viajar es una alternativa. Explotar las burbujitas del envoltorio de un electrodoméstico puede promocionar una tarde increíblemente placentera. Lo que sea. Pero a la playa sólo se va a no hacer nada. Ahí está su única gracia.

El auténtico bañista sabe disfrutar del olor del mar. Sabe desenfocar su mirada sobre la arena y dejar caer las horas, disfrutar de la siesta, y de un buen libro. No necesita más. El intrépido playero, en cambio, necesita aventura, pasión, gritos, animales. Rozar la muerte y, por ende, hacérsela rozar a los demás.

Muchos olvidan que lo más importante de ir a la playa es volver. Y a ser posible, sano y salvo. Para evitar quemaduras, lo mejor es untarse el cuerpo con la llamada crema solar, que aunque tiene nombre de maquillaje para marcianos es un remedio efectivo contra el sol. Hay que pensar en una untada generosa. No como si uno estuviera preparándose un bocadillo de mantequilla, sino más bien, como si fuera de Nocilla.

Para evitar ahogarse en el mar, lo lógico es no cometer imprudencias. La mayor parte de las imprudencias se cometen para impresionar a una mujer. En este punto hay que alertar a todos los hombres del planeta de una vez por todas: en la playa, no. En la playa no funciona. No conozco a nadie que haya conseguido ligar en la playa. Nada resulta menos estimulante para una dama que un apuesto varón rescatado al borde de la muerte por tres fornidos socorristas. En esos casos, la chica siempre suele irse con uno de los socorristas. Y en todos los demás, también. Si no tenemos claro esto antes de desplazarnos al arenal, lo más probable es que en menos de veinticuatro horas, nuestro naufragio esté protagonizando el telediario de Antena 3. No se me ocurre nada más bochornoso para un aprendiz de donjuán.

En contra de lo que piensa la mayor parte de la humanidad, la playa es un medio, no un fin. Hay familias enteras que se trasladan a la playa en julio y no regresan a casa hasta que la Navidad asoma por los últimos estertores de noviembre. Esa gente confunde los términos. Instalan en la arena sus tiendas de campaña como si fueran indignados del 15-M. Fraccionan piezas de fruta con cuchillos de monte. Beben de cantimploras. Y sorben con su propia boca el veneno de las picaduras de faneca. Se comportan de forma extraña. Les gusta comer en la playa. Les gusta dormir en la playa. Les gusta hablar en la playa. Pero no les gusta el sol. Nadie sensato se traslada a vivir a la playa si no le gusta el sol. Pero en ningún momento he dicho antes que sean gente sensata.

Mi consejo, en definitiva, a todos ellos y a todos los demás, es que no vayan nunca a la playa, bajo ninguna circunstancia. Piense que la playa desierta es un paraíso. La playa de moda, en cambio, es una cárcel. Está en su mano.

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