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Tribuna libre

Joan Maragall, Antoni Gaudí y Benedicto XVI: Pasión por la belleza

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Se ha de aprovechar la cualidad preeminente de cada uno. Esto es: integrar, sumar los esfuerzos y tenderles la mano cuando se encallen.

Este año se conmemora el centenario de la muerte de Joan Maragall, poeta donde los haya, y los ciento cincuenta años de su nacimiento. Lo traigo a colación aquí por la estupenda sintonía artística y humana que hubo entre él y su contemporáneo, el genial arquitecto catalán, Antoni Gaudí.

El delicadísimo amor a la belleza les unía e intuyo que de ella también nos hablará Benedicto XVI en su próxima visita a Santiago de Compostela y Barcelona. ¡Y es que arte y espíritu van tan unidos! Qué bien lo explicaban los arquitectos José Manuel Almuzara y Gustavo García Gabarró, y el escultor Etsuro Sotoo, en una reciente tertulia-clase magistral sobre Gaudí, en la que pude participar junto a mi esposa, en el colegio de mis hijas.

Como en un trenzado vegetal modernista, o como en un “trencadís de rajola” multicolor, los tres expertos hilaban, alternándose, explicaciones técnicas y artísticas, proyecciones de obras de Gaudí, anécdotas sobre su vida, de una manera amenísima y prodigiosa.

Me entero que no escribió mucho el artista catalán; claro lo suyo era “escribir” en piedra. Pero miren qué frases tan sabias se le pueden leer de entonces:

“El trabajo es fruto de la colaboración, y ésta sólo puede basarse en el amor. El arquitecto se ha de aprovechar de lo que ‘saben hacer’ y de lo que ‘pueden hacer’ los operarios. Se ha de aprovechar la cualidad preeminente de cada uno. Esto es: integrar, sumar los esfuerzos y tenderles la mano cuando se encallen; así trabajan a gusto y con la seguridad que da la plena confianza en el organizador. Además, hay que recordar que no hay nadie inútil, todos sirven (aunque no todos con la misma capacidad); la cuestión es encontrar para qué sirve cada uno”.

Y oigo ahora a Etsuro Sotoo: “No puedes pretender ordenar el mundo y a las personas sin partir de la realidad, de la naturaleza. Hay que observarla con ojos de asombro y de respeto, como niños”. Y pone un ejemplo concreto: “Todos los arquitectos luchan contra la gravedad, es su enemigo, pero Gaudí obedece a la naturaleza y a su fuerza, y por eso el templo parece que ‘tira’ hacia arriba”. Porque el japonés Etsuro está convencido de que el arte no termina en el artista, sino que toda obra de creación cultural está viva, se completa con la contemplación del que la percibe. ¿No nos pasa a todos lo mismo con la poesía de Joan Maragall y con otros genios de la literatura, de la música o de las artes plásticas, e incluso de alguna manera con las ciencias?

Y el luminoso descubrimiento de una nueva dimensión, como nos recordaba el arquitecto José Manuel Almuzara, presidente de la Asociación Pro Beatificación Antonio Gaudí: Gaudí no sólo construía el templo, sino que el templo le construía a él.

Pero trasladémonos, con la imaginación-pensamiento-memoria, años atrás, con la ayuda de una felicitación navideña a Gaudí, en la cual Joan Maragall habla así de lo poco construido de la Sagrada Familia por aquel entonces, fachada del Nacimiento, diciembre de 1900:

“No tiene techado todavía, y ya tiene portal. No puede cobijar aún, pero hace ya acción de cobijar. No es aún recinto cerrado y, sin embargo, se entra ya en él. Apenas nace, y ya invita… Ese portal es algo maravilloso. Parece la tierra, las peñas, esforzándose en perder su inercia y empezando a significar, a esbozar imágenes, figuras y símbolos del cielo y de la tierra en una especie de balbuceo pétreo”. Y sigue después: “ Porque, ¿hay algo de más hondo sentido y algo más bello al fin, que consagrar toda la vida a una obra que ha de durar mucho más que ella, a una obra en que han de consumirse generaciones que aún están por venir? ¡Qué serenidad ha de dar a un hombre un trabajo de esta naturaleza, qué desprecio del tiempo y de la muerte, qué anticipo de la eternidad?” Y acaba el poeta amigo de Gaudí “¡Qué hermoso símbolo para írselo transmitiendo unos a otros los siglos!”. Pues amigos, ¿todavía querremos pasar de tanta belleza objetiva, o no celebrar la hermosura? Eso no puede ser, ¡a rebelarse tocan!

¡A asombrarse!, como Gustavo García Gabarró, cuando todavía era jovencísimo arquitecto premiado en 1993 con un “cum laude” por su tesis sobre la particular arquitectura naturalista de Gaudí, mostrando la inspiración del artista en la naturaleza, no como un sueño romántico sino como la búsqueda de una belleza objetiva, basada en un intenso sentido práctico, con grandiosa extensión en el tiempo.

Y si nos sobreponemos del estudio de la geometría reglada, y los arcos catenáricos, y el arco parabólico de Gaudí, ese que no necesita ni las paredes de carga del románico, ni de los contrafuertes del gótico, llegaremos a otras grandiosas construcciones vitales cotidianas, a la búsqueda de la felicidad y de la hermosura que todo hombre y mujer llevamos dentro. Nos encontraremos entonces con las autorizadas palabras de Benedicto XVI, que tantísimas veces habla de la importancia de poder “percibir el mensaje de la creación”, pues "este mundo, en el cual vivimos, necesita belleza para no precipitar en la desesperación. La belleza, como la verdad, es lo que infunde alegría en el corazón de los hombres, es el fruto precioso que resiste a la degradación del tiempo, que une a las generaciones y las hace comulgar en la admiración”.

Y nos podemos cuestionar con Benedicto XVI ¿qué es la belleza, esa que escritores, poetas, músicos, artistas contemplan y traducen en su lenguaje, belleza mudable que es reflejo de la Belleza Inmutable? Entonces nos habla de un “redescubrir el camino de la belleza como uno de los caminos, quizás el más atrayente y fascinante, para llegar a encontrar y amar a Dios”.

Para ir acabando, se me ocurre citar aquello que dijo Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Y no todo está permitido pues todo el mundo sabe que hay unos valores objetivos. Y, además, en las gentes con que nos encontramos a diario, en lo que queda en ellas de cristiano, en su coraje más o menos religioso por buscar lo bello y lo bueno, a pesar de los pesares, eso es lo que impide que nuestra sociedad en crisis explote de manera fatal.

Y para que nuestros políticos se pongan en situación, sean del color que sean pues si quieren desempeñar bien su cargo han de servir a todos, les recomiendo vivamente que lean con atención el discurso del presidente de la República Francesa, señor Nicolás Sarkozy, a Benedicto XVI en el palacio del Elíseo de París, el 12 de septiembre de hace dos años. De donde les transcribo un par de párrafos:

“Reivindico una laicidad positiva, una laicidad respetuosa, unitiva, dialogante, y no una laicidad excluyente o denunciante. En una época como la nuestra, en que la duda y el ensimismamiento retan a nuestras democracias a responder a los problemas de nuestro tiempo, una laicidad positiva brinda a nuestras conciencias la posibilidad de intercambiar, más allá de creencias y ritos, ideas sobre el sentido que queremos darle a nuestra existencia: la búsqueda de sentido...”

La Iglesia no deja de proclamar y de defender la dignidad humana. A nosotros, los responsables políticos… nos incumbe averiguar cómo tutelarla cada vez más. Se trata de un interrogante permanente, considerando los condicionantes económicos, las vacilaciones políticas, el respeto a la democracia y la libertad de conciencia”.

Y una idea final sobre la persona y obra de Antoni Gaudí: Él decidió construir con sacrificio, arte y pasión, pero pensando en dejar también libertad a sus sucesores para acabar el conjunto de la Sagrada Familia. Pues, que en todos, según nuestras circunstancias y posibilidades, seamos creyentes o no creyentes, cunda ese grandísimo ejemplo de altura de miras y de generosidad.

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