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Tribuna libre

Masculinidad y vino blanco - Últimas copas - De la Borgoña a Nápoles

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Donde se comentan las distinciones espirituales que pueden establecerse entre el blanco y el tinto y se alienta al consumo de blanco con el ejemplo de algunos vinos especialmente felices.

Un señor que bebe vino blanco tal vez también se emociona con la ópera, entiende de antigüedades, lee a Marcel Proust, sabe qué son los rododendros y comparte su vida con un gato de angora. Se trata, por lo tanto, de alguien sospechoso, al menos si es español, pues ya se sabe que los extranjeros son gente de natural excéntrico. La tentación de atribuir un significado moral a la comida es difícil de evitar. En España, por ejemplo, tomar postre también resulta poco masculino. Es inimaginable una comida de negocios, con todo el mundo adiestrado para ser hombre alfa, que termine en una debilidad tan manifiesta como una ‘sorpresa de chocolate’. Hace años el pescado resultaba poco viril pero ahora parece concordar con las tendencias mostrar un santo –y tonto- horror hacia la carne. En la crisis actual, ver a un vecino hartándose a nécoras nos parecería una falta de sobriedad inejemplar y extemporánea. En lo que se atiene al vino blanco, no creo que sea un esfuerzo extraordinario de libertad de espíritu alzarse sobre su concepción manierista, aunque sólo sea para que un mozo de cuerda o un estibador puedan beberse una copa sin conflictos internos, o para que el marchante de antigüedades pueda darse el placer de sentirse convencional por una vez.

Del vino blanco suele decirse que el mejor de ellos es un tinto. Incluso entre los aficionados o muy aficionados parece por principio que los tintos imperan mientras que los blancos decoran. Yo pienso que se puede hacer una narrativa muy positiva del vino blanco, aunque sea como quien habla de un viejo amigo con el que lo ha pasado muy bien.

Creo que el vino blanco cansa menos porque tiene menos seriedad. El tinto puede ser serio y grave como una lección de gramática. Un Burdeos de buena añada es algo de una monumentalidad cierta y un poco impresionante. Nos hace pensar en salones cerrados, en gruesas cortinas. Es de una sensualidad más severa y exigente. La sensualidad del blanco, en cambio, es algo ligero, etéreo, sutil, apenas adivinado, como una brisa de agrado que sopla por sorpresa, una grata descomplicación, una franqueza en la alegría, siempre con un punto huidizo, volandero, a veces más gamberro, otras veces más estético, poco obvio, difícil de aprehender, con la curiosa claridad de los misterios. El blanco es lujoso por innecesario, algo así como el vino descapotable –y sólo parece innecesario hasta que nos ha apresado. El blanco viene sin pecado original. Salvo que uno se haya dedicado a la por otra parte estupenda opción de aturdirse a cocktails, el blanco es el primer vino que cae en el estómago y tiene un efecto anímico singularmente benéfico. Ahí el vino blanco se convierte en lo que llamamos un vino tonto. Un vino tontorrón. Todos sabemos de lo que estamos hablando.

En resumen, si el vino tinto es la belleza, el vino blanco es la gracia. La belleza –según Pla- conviene sobre todo a las estatuas. La gracia nos es más fácil y más cautivadora, en vino y en lo demás. El blanco no es nunca lo que los italianos llaman un ‘vino da meditazione’. Está más en el ámbito de la emoción, de la jovialidad. En vez de en cuartos opresivos nos lleva a pensar en un campo de golf en Marbella, con el cielo azul brillante y el césped también verde brillante y la última hora de la mañana en que uno sabe con toda la certeza que pronto habrá que ir a comer y la tarde será un como dar un salto y el mar se siente cerca y la vida se vuelve un lugar inmejorable  en el ‘detenido esplendor del mediodía’. En fin, el blanco es la lírica del vino mientras que el tinto es la novela decimonónica, realista. Aire libre contra habitación cerrada, junio contra octubre, primavera vital contra el tempo lento del otoño. Claro que quizá no hay que hacer de cada cosa una opción trascendental.

Si nos atenemos a datos más prácticos, el manejo del blanco –la temperatura, ante todo- da pie a que uno se preocupe en afinar sus instintos de perfección y meticulosidad. Esa es otra cortesía del blanco puesto que con el vino se puede conseguir esa perfección mientras que los propósitos de perfección en la vida generalmente acaban en el panteón de las buenas intenciones o en ese otro de las ilusiones perdidas.

Por supuesto, no existe tanto el vino blanco como los vinos blancos. Nada tiene que ver la cremosa rotundidad de un ‘montrachet’ con la acidez casi  metafísica de un riesling alsaciano. La sobriedad expresiva de un ‘rueda’ es muy distinta al espíritu floral de la uva viognier. En mi caso, hace un tiempo que procuro beber blancos del siglo pasado, en buena parte por frivolidad, pero no sólo por eso. Ya van a estar poco tiempo entre nosotros y hay que prestarles su atención.

Como hay que dar razón práctica de todo, paso a comentar algunos vinos blancos que he tomado este último mes, alzando los brazos al cielo en agradecimiento. Hay un poco de todo; otra de las ventajas del vino es que uno puede actuar según la volubilidad de su capricho.

Chassagne-Montrachet Les Champs Gains, Premier Cru, Marc Colin et fils, 1997. Colin, que es solo uno de los muchos Colin que hay en la Borgoña pues ahí todos se casan entre primos, tiene dos ‘premier cru’ en Chassagne-Montrachet; lo malo de beber es que luego uno tiene más difícil recordar cuál de ellos tomó. Como fuere, Colin es un elaborador tradicional pues otra cosa sería grave necedad en la Borgoña -la Borgoña es una instancia refractaria a la revolución. En los últimos tiempos los borgoñas gozan un poco menos del aprecio como ‘mejores blancos del mundo’, título este que muchos árbitros del gusto pasan al riesling. Igual da, claro. A mí me gustan más los buenos borgoñas que los rieslings aunque en este caso se bendice la bigamia. Casi cualquier cosa que lleve la palabra ‘montrachet’ será algo celestial y prácticamente con valor de eternidad. Este es el caso pues la añada fue memorable y el vino está en su edad bonita. Vino lento, solemne, expansivo, cumbre. La chardonnay da notas básicas pero son de una excelencia sin igual. Ahí está montrachet, a la altura de los grandes logros de lo humano, como la catedral de Chartres o la mostaza de Dijon, por no salir del hexágono.

Borgoña genérico 1999 del Domaine Leroy. El domaine Leroy es tal vez la mejor bodega del mundo y sus vinos, en triste consecuencia, son de los más caros. Es por eso que se ven poquísimo, al menos en España, no sé en Abu Dhabi. El domaine está regido por una mujer llena de misterio y de poder y fascinación y hace años que optaron por cultivar según la biodinámica: para entendernos, puede decirse gruesamente que cultivar según la biodinámica es como cultivar según la astrología pero a veces funciona. En Leroy funciona, desde luego. El borgoña me emocionó menos a mí que al resto de comensales pero creo que fui un poco injusto porque la elaboración es algo de perfección canónica y el vino, bien conservado, está en el punto dulce de su vida.

Morgado de Santa Catherina 2003. En Portugal no terminan de convencer los albariños y los vinhos verdes están bien para hacer un poco de folklore. En cambio, el Bucelas, de uva arinto, es vino fino y respetable, cuya fama se pierde en los siglos. Al norte de Lisboa, al pie de una sierra, Bucelas es una ínfima región y en consecuencia la producción es escasa. Este vino es el más notable y está en un gran momento, con la madera perfectamente integrada aunque ahí se pierda algo de la maravilla de la uva arinto, uva de menos estructura que sutileza aromática, y de elegancia en verdad poco común. En buena lógica, la mitad de la producción queda para las comidas del Gobierno.

Botani 2007. Lo elaboran el exportador Jorge Ordóñez y el viticultor austriaco Alois Kracher: los ingleses dirían que es un matrimonio hecho en el cielo. El moscatel seco, en este caso de Málaga y por tanto de grano gordo, suele dar para lo que da pero es en verdad un vino agradable, punzante, de puro placer décontracté, intensamente aromático, con notas balsámicas y cítricas y más mediterráneo que un crucero. No hay que omitir que el vino es de cierta consistencia y seriedad; a mí me parece el mejor moscatel seco que se hace en España en estos momentos. Es un vino femenino y seductor, que le hace a uno más delicado, menos bruto.

Château de Fonsalette. No recuerdo la añada; a cambio, sí recuerdo que hubo que comprar dos botellas. Ese parámetro tan maleducado de la relación calidad-precio es aquí algo victorioso. El Fonsalette es el segundo blanco del Château Rayas, lo mejor de Châteauneuf-du-Pape, en el Ródano feliz. Es vino untuoso; cosa que da poco problema cuando uno es fan de la garnacha blanca. Anisado y mineral, serio, muy serio. 

Quinta do Carmo 2004. La Quinta do Carmo (Carmen) es la finca de la familia Rothschild en el Alentejo portugués. Los Rothschild llevan siglos haciendo vino y no bromean. Es curioso que en España no tengan ninguna propiedad. Este blanco es un coupage de las castas roupeiro, arinto, perrum y antao vaz. La riqueza de tipos de uva en Portugal es sorprendente, más aún cuando la comparamos con la relativa escasez de España. El 2004 está de lleno en la liga de la ligereza y de la acidez lineal. Si lo sé, compro un ‘palé’. Muy bueno para resucitar a los paladares fatigados que ya lo probaron todo.

Nun Vinya dels Taus 2006. La xarel.lo es la variedad más seria del Penedés. En este caso hablamos de un viejo viñedo de menos de una hectárea. Hay aquí sobriedad expresiva, concentración y capacidad de evolucionar en botella. La turbiedad del vino es sorprendente pero no desagradable. Por lo demás, uno no estaba, como se dice pudorosamente, en condiciones de cata, y no puedo aportar más al respecto.

Les Chaillées de l’Enfer 2005. Ponerse líricos da pie a grandes desbarros pero no nos quedó más remedio que definir este vino más o menos así: ‘es la primera brisa de la primavera que nos llega después de pasar por los cerezos de algún internado femenino en el Japón’. Está comprobado que es muy difícil referirse a los buenos viognier sin caer en un cierto idealismo de los sentidos. Este, de Condrieu, en el Ródano, es algo verdaderamente excepcional. La viognier, en realidad, se mantuvo gracias al celoso cuidado de Georges Vernay, alias monsieur Condrieu. Condrieu estuvo a punto de desaparecer en Francia hasta que en los sesenta lo descubrieron ‘les américains’. Desde entonces se han hecho muchas barbaridades con esta uva difícil y alcohólica, tan voluble como para que cada grano del racimo madure cuando lo tiene a bien. Les Chaillées es un pago de apenas dos hectáreas y de producción testimonial: yo creo que cada año hay varios asesinatos para hacerse con alguna botella por lo que hay que trabajarse a las dependientas de Lavinia. Es sorprendente que un aroma de tanta delicadeza y franqueza expresiva pueda a la vez ser tan concentrado sin ser agresivo, tan armónico, tan persistente. La viognier, al envejecer, puede parecerse a la chardonnay, perdiendo así su característica propia: ese olor a acacia, a flor de tilo, a melocotón. Este Vernay da toda la juventud y la sensualidad sonrosada, casta y fresca, de la varietal. Pocas veces tanta gloria en nuestros labios pecadores.

Falanghina dei Feudi San Gregorio 2005. Blanco napolitano, ahí al pie del Vesubio. Estos vinos, junto a los tintos de aglianico, y en concreto los de esta bodega, sorprenden siempre del modo más risueño –quiero decir que sorprenden a cada copa que uno va tomando, también. La falanghina es una casta tradicional, recuperada no hace tanto tiempo, al tiempo balsámica y floral, con un punto de fruta del trópico. Sin ser un vino de clase mundial, es en verdad cosa seria y seductora. Los italianos, no es novedad, elaboran fenomenalmente bien. No es una apreciación que parezca positiva pero esta falanghina me recordó a la desagradable retsina griega, que es un vómito, aunque no era un defecto de la barrica ni de la madurez; muy al contrario, el vino era excelente y con capacidad de gustar a inocentes y expertos.

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