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Memoria de corrupción

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El PSOE, con Zapatero, tampoco ha acabado con la corrupción. No muestran el mismo interés por los presuntos trajes de Camps que por los presuntos chanchullos socialistas en Andalucía.

Enero de 1998. Caso Juan Guerra. El hermano de su hermano, acusado de corrupción. Mayo de 1991. Caso Filesa. El Mundo desvela que Filesa, Malesa y Time Export facturaban millones por informes inexistentes. El dineral obtenido servía para pagar las campañas electorales del PSOE. Febrero de 1992. Caso Ibercorp. La "beautiful people" y el gobernador del Banco de España, al descubierto. Noviembre de 1993. Caso Roldán. El ex director de la Guardia Civil, acusado de casi todo lo acusable. Marzo de 1994. Fondos reservados. Altos cargos del Ministerio del Interior reciben sobresueldos procedentes de los fondos que, en teoría, debían destinarse a combatir el terrorismo y el narcotráfico. Sin olvidar, por supuesto, los dos grandes escándalos políticos de la democracia española: los GAL -terrorismo de Estado- y las escuchas del CESID -de las que no se libró ni el Rey-.

Los citados son una muestra representativa de los casos de corrupción acontecidos con el PSOE de Felipe González en La Moncloa. Queda claro que es difícil superar su marca. Recordemos las salvajadas de los GAL. Lo grotesco de las escuchas ilegales. El lodazal de las disputas políticas, las amenazas. El corro de la patata en la cárcel de Guadalajara. Un largo etcétera. Todo muy indecente. Todo lamentablemente español.

El PP llegó al poder en 1996 porque los españoles estaban hartos de corrupción. Aznar entró en La Moncloa con un discurso coherente. Ganó la confianza de los ciudadanos en un momento en el que la batalla ideológica había pasado a un segundo plano. La gente no quería más ladrones en el poder; ni más paro. En su segunda legislatura, incomprensiblemente, Aznar dilapidó su buena imagen, se emborrachó de arrogancia, y se distanció de los ciudadanos. Pese a todo, nunca hasta ahora se ha ligado con éxito la imagen del PP de Aznar con la de la corrupción. Sin embargo, en los últimos tiempos, el caso Gürtel está salpicando al partido ahora liderado -es un decir- por Rajoy. Aunque la gravedad de Gürtel parece menor que los casos mencionados anteriormente, un partido que trató de vender una alternativa honrada al desvarío socialista de los 90 no puede permanecer inmóvil ante tantas acusaciones. Pero lo está haciendo. Rajoy no está actuando como un líder, sino como una madre. Y casi todas las madres justifican a sus hijos. También cuando cometen todo tipo de atrocidades. Por eso los partidos no necesitan madres, sino líderes.

Que sí. Que Zapatero está aprovechando su poder para poner al PP contra las cuerdas de la corrupción, en una calculada estrategia que, por supuesto, lleva el inconfundible cuño de Rubalcaba. Pero eso no disculpa que los dirigentes del PP estén cruzados de brazos. La imagen que están dando es lamentable. Las fotografías de los implicados paseando su fanfarronería por la boda de la hija de Aznar, un lacerante poema. Como una película de miedo. O como una viñeta de Ricardo. Pero el PP sólo responde quejándose de la persecución a la que están siendo sometidos. Celebraría que alguien de ese partido me respondiese una pregunta: ¿resta esa abusiva persecución alguna gravedad a los hechos?

El PSOE, con Zapatero, tampoco ha acabado con la corrupción. No muestran el mismo interés por los presuntos trajes de Camps que por los presuntos chanchullos socialistas en Andalucía. Ya saben, todos muy presuntos. El nulo interés por la investigación del caso Faisán -gravísimo- también puede considerarse una forma de corrupción ante la que Zapatero está reaccionando igual que Rajoy: silencio, eslóganes y ventilador. Mucho ventilador.

Quedan pocos políticos honrados. Para serlo, no basta con no robar, sino que hay que tener el valor de denunciar al que lo hace, aunque sea del propio partido. Y eso está muy mal visto. Deslealtad, dicen. El problema es que en el fondo, no les importa el robo en sí, sino aprovechar la oportunidad de asestarle una nueva puñalada electoral a su rival político. Y mantenerse en el poder. Sufrimos toda una generación de políticos sin principios, salvo uno: gobernar. Quedan pocas excepciones. Los primeros espadas, a disfrutar del poder. Los segundos, los terceros, sus amigos, y los amigos de sus amigos, a enriquecerse a costa de los primeros. Que se dejan, aún encima. Impunidad y circo a manos llenas. Los jueces, al albur de los vientos. Y nosotros, electores de esta cuadrilla, enterándonos por la prensa y gracias.

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