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¿Merece la pena esta Europa?

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España NO fue una parte de Europa hasta que no consiguió incorporarse a la Unión Europea mediante el acuerdo alcanzado entre el Gobierno Español y la C.E. del 30 de Marzo de 1985.


Un artículo de...

Josu  Montalbán
Josu Montalbán

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Curiosamente su incorporación se produjo de la mano de un Gobierno Socialista, de un Presidente Socialista y de un Ministro de carácter afable, trabajador incansable y persistente que hizo popular y famosa su imagen, en medio de las negociaciones, con los zapatos quitados y abandonados bajo la mesa. (A aquella foto solo le faltó mostrar los pies de Fernando Morán, el Ministro, con sendos tomates a través de los cuales se mostraran sus dedos pulgares). Si antes no lo fue se debió en gran medida al aislamiento que sufría nuestro país como consecuencia de los casi cuarenta años de dictadura franquista. La incorporación fue impulsada por un socialismo nada revanchista que había renunciado a algunos de sus principios (“hay que ser socialista antes que marxista”, Felipe González dixit) y se mostraba dispuesto a convertir España en un estado moderno y avanzado. Casi a la vez, mediante un proceso mucho más complicado que culminó en un referéndum favorable a la propuesta del PSOE, España se incorporó también a la OTAN, a pesar de los deseos de buena parte de su militancia.

La verdad es que Europa era el Edén al que aspiraban todos los países europeos, a excepción de los que permanecían supeditados al sovietismo comunista. Todos los pasos dados desde entonces han mostrado una Europa asequible, integradora y culta en la que los europeos constituían la razón de ser de todos sus desvelos y decisiones. La Europa de los “ciudadanos”, se ha dicho siempre, en contraste con la Europa de los “mercaderes”, que tenía más que ver con la defensa de la libertad de capitales, de transacciones, del comercio. Si se subrayaba lo de “ciudadanos” y no lo de “mercaderes” era porque en aquel proyecto europeo ocupaban un lugar eminente la justicia social, la democracia, la igualdad ante la Ley y el Bienestar social. El ejercicio de la solidaridad no se quedaba en la práctica generosa de cada europeo en el marco de sus respectivos vecindarios, pueblos o países, sino que la solidaridad de unos países para con otros menos desarrollados y más pobres pasaba por la habilitación de fondos económicos estructurales y la conformación de programas de desarrollo social y económico que permitieron que áreas subdesarrolladas de países menos prósperos alcanzaran niveles de desarrollo a los que nunca hubieran llegado en solitario.

Lo que ha acontecido con Grecia en las últimas semanas echa por tierra cuanto he dicho hasta ahora. Aunque esté justificadas las críticas al comportamiento de las autoridades griegas, tanto las actuales como las pasadas, tras los excesos verbales de Varoufakis y los desmanes de Tsipras, el comportamiento de las autoridades europeas y de la famosa troika económica dejan tanto que desear que convierten a la sabia y docta Europa en una añosa chocha de voz engolada que hace valer la falsa autoridad de los años sobre la juiciosa autoridad con la que nos acercó a sus dominios y nos engatusó. Tsipras convocó un referéndum innecesario pero Europa ha respondido dando una vuelta de tuerca más al cepo que acogota a Grecia y ahoga a los griegos. No es lo peor el famoso “corralito” que ha convertido a todos los griegos en menesterosos sin tener en cuenta la situación real de cada cual. Lo peor ha sido que Europa les haya respondido imponiéndoles una taza y media porque ellos se habían resistido a tomar una taza. No era ese el proyecto europeo que encandiló a Fernando Morán (siempre flanqueado por Manuel Marín, como si se tratara de Quijote y Sancho, en 1985) cuando España se metió de pleno derecho en Europa.

Europa se ha comportado con Grecia como lo hacían las viejas madrastras con los hijastros que no se comportaban como era debido: dado que no sentían hacia ellos un amor maternal auténtico, les dedicaban las mínimas atenciones y cuidados, desprovistos de todo miramiento y cariño. Muy pocos se han salvado en esta ocasión, quizás el francés Hollande o el italiano Renzi, pero los demás se han empeñado en aplicar la justicia de los justicieros en lugar de la de los justos y magnánimos. Da la impresión de que la señora Merkel (y su acomplejado alfil Schauble), la señora Lagarde, y las demás autoridades que han participado más activamente en las discusiones (Tusk, Juncker, Dijsselbloem, etc…) no han visto ni una sola foto de los ciudadanos griegos buscando comida en los contenedores de basura, de los ancianos apostados ante los bancos llorando de impotencia, de las mujeres vociferantes que reclaman un poco de justicia con sus hijos en el brazo, de las calles griegas llenas de gentes con los rostros tristes. Peor aún, vieron a los griegos bailando en la Plaza Sintagma para festejar el triunfo del “no” en el referéndum convocado por Tsipras y les entró una rabieta de tal dimensión que complicaron la situación alejando de la benignidad el texto del acuerdo.

En otro momento habrá que analizar con detenimiento las propuestas, pero cabe sacar una conclusión casi definitiva: el proyecto europeo se tambalea, víctima de los caprichos de unos líderes europeos intransigentes que no han leído ni en una sola ocasión los principios que inspiraron la creación de la UE. Súbditos, como son, de ese poder económico que permanece concentrado en los grandes Bancos a los que rescatan con holgura cada vez que lo precisan, han olvidado que, sobre todo, son ciudadanos de esa Europa social y solidaria que debiera hermanarnos a todos los europeos, e invitarnos a vivir en una misma casa –Europa- cómoda y acogedora. Si Europa abandona su humanismo y sus valores sociales y solidarios, ¿qué le va a quedar? ¿Merece la pena esta Europa de Merkel, de Schauble, y de sus secuaces?

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