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Érase una vez una empresa que decidió entregar el mando a un recién llegado tras lograrlo por procedimientos genuinamente trepas

Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Pronto se tropieza con alguien en su plantilla que le acepta sin entusiasmo al dudar de sus cualidades y condiciones, además de rechazar las innobles maneras de que se ha servido para alcanzar el poder. Otros empleados tampoco apoyan al que acaba de aterrizar, pero lo hacen con mayor discreción que nuestro protagonista. A los pocos meses, y en lugar de intentar persuadir de su error al disidente (un eficaz gestor con amplia experiencia en la casa), el estrenado líder opta por la opción que menos materia gris y catadura moral demanda: lo pone de patitas en la calle sin previo aviso y sin darle tan siquiera la posibilidad de defenderse. Tiempo después, el tirano proseguirá haciendo lo propio con aquellos que ni le adulan ni le manifiestan especial apego, invitándolos a marchar o haciéndoles la vida imposible. En apenas un par de años, el resultado de esta miserable estrategia se salda con numerosos trabajadores fuera de la empresa y un terror instalado dentro de ella entre los que quedan, sin obtenerse ningún progreso relevante en los objetivos empresariales. Los dueños de la entidad, lejos de intervenir sobre este lamentable escenario del que están bien avisados, silban la melodía del puente sobre el río Kwai, mientras se vanaglorian del gran toque humano que han logrado imprimir a su proyecto.

Stanley Milgram, psicólogo de Yale, demostró en su célebre experimento la trascendencia de la ciega obediencia en el comportamiento humano, utilizando a personas para dañar a otras siguiendo órdenes. Hanna Arendt lo había estudiado un poco antes, tras presenciar las sesiones del juicio a Eichmann en Jerusalén y concluir que su papel en el holocausto nazi lo fue como consecuencia de su participación en esa inercia burocrática del mal, por no haberse negado a colaborar en dicha calamidad.

Tanto la primera víctima del sátrapa que nos ocupa como las restantes estuvieron rodeadas de compañeros que vivieron esa injusticia en directo, sin que hubieran reaccionado frente a ella, más allá de la tibia palmadita en la espalda o del educado pésame al caído. Obedecieron a pesar de que sus conciencias dictaban que aquello no era de recibo. Como en las descargas eléctricas del experimento de Milgram, quienes fueron testigos de la pena infligida al primer damnificado y a los restantes, no hicieron nada para evitarlo o al menos para denunciarlo, protagonizando con su conducta aquella exacta frase de Burke de que el mal avanza porque los buenos no hacen nada.

Si la mayoría de los pecados lo son por omisión, nada impide que ese axioma sea trasladable a cualquier otro ámbito. Por ello, hemos de reflexionar a fondo sobre las dinámicas que permiten con tanta frecuencia la perpetración de abusos como el relatado, en un entorno de culpable inacción de quienes lo ven con sus propios ojos y se ponen de perfil. Es cierto que las necesidades humanas de supervivencia raras veces pueden exigir comportamientos heroicos, pero también que cuando las barbas del vecino veas pelar han de ponerse las propias a remojar, además de que alzarse frente a arbitrariedades ajenas es el comienzo mismo de la defensa frente a las que a uno le pueden afectar algún día.

La obediencia a la conciencia, como sostenía John Henry Newman, ha de ser la clave en estas y otras cuestiones similares. Y sobre ella nadie ni nada se ha de interponer, por más que las estructuras sociales actuales hayan levantado indecentes fórmulas de obediencia típicas de la esclavitud y que convierten tantas veces a las cadenas de producción en meras correas de transmisión del mal, mientras los que se dicen partidarios del bien miran para otro lado.


Javier Junceda

Jurista

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