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Monstruos en las aulas, ovejitas en las urnas

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El profesor es una figura esencial en el sistema educativo. Y su autoridad es, más que un poder, una herramienta de trabajo. Esperanza Aguirre ha dado en el clavo.

Esperanza Aguirre se ha propuesto devolver la autoridad al profesor en las aulas. Ha anunciado que en los próximos meses llevará a la cámara una ley que convertirá a los profesores madrileños en “autoridad pública”. Desconozco el detalle de las consecuencias jurídicas que traerá esta medida y, además, no creo que exista una única orden que solucione todos los problemas de la educación española. Sin embargo, me ha parecido muy atractivo el discurso con el que la presidenta de la Comunidad de Madrid ha lanzado la propuesta. Ha hablado de libertad, de autoridad, de responsabilidad. Escribiría que el discurso de Esperanza sobre la educación me ha parecido esperanzador, sino fuera por la peligrosa cercanía del juego de palabras.

El profesor es una figura esencial en el sistema educativo. Y su autoridad es, más que un poder, una herramienta de trabajo. Aguirre ha dado en el clavo al señalar cómo debe ser la educación, la buena educación: “libertad y responsabilidad”, ha insistido. Una libertad que desde el verano de colores de la más tierna infancia hasta la primavera histérica de la adolescencia, debe ser vigilada y encauzada por el profesor. De lo contrario ni el alumno llegará a conocer en qué consiste la libertad, ni permitirá que sus compañeros aprendan y disfruten esa misma lección. Y en realidad, si el alumno no aprende a ser libre, no habrá aprendido nada verdaderamente importante en la vida.

El fracaso de la educación española esconde un fracaso político. Tal vez el más grave de cuántos ha sufrido España en las últimas décadas. Por sus terribles consecuencias. Los merluzos y asnos indisciplinados que campen a sus anchas en las aulas de hoy, serán mañana los encargados de dilapidar la herencia de gestión de las diversas empresas españolas. Quizá por eso el Rey ha pedido hoy a la sociedad y a los partidos políticos un esfuerzo para llegar a un acuerdo nacional sobre educación. También ha reivindicado la figura del maestro y ha pedido que se “refuerce y prestigie” su labor. Pero el monarca ha olvidado –es un decir- subrayar que no se ha llegado a esta lamentable situación por casualidad, sino que existen unos culpables, con sus rostros, con sus nombres y apellidos. Y con sus dietas, abundantes, a cargo del ministerio de Educación. Y es que al final, es también un problema ideológico.

A veces es más efectivo lo que los cursis de izquierdas llaman “conciencia social”, que las baterías de medidas legales. Por eso es tan importante que los políticos sigan el ejemplo de Esperanza Aguirre en esta cuestión, y difundan a los ciudadanos el mismo mensaje: que es necesario que el profesor deje de ser una marioneta atada de manos por el sistema. Es obvio que sin medidas concretas nada mejorará, pero en el caso de la educación, también es importante el discurso. Urge que el maestro deje de ser un tipo amedrentado y amenazado, que lo único que puede hacer, en última instancia, es presentar una denuncia contra sus alumnos, cuando no contentos con no hacerle ni caso en el aula, decidan quemarle el coche, hostigar a su pareja, o sacudirle un par de palizas para que se entere bien de quién manda aquí, en este país tan progresista y tan moderno.

Y lo peor es que cierto. Mandan los menores. Asaltan comisarías, humillan a profesores. Vejan a propios y extraños. Y se ríen mientras lo hacen, sabiendo que este sistema tan políticamente correcto, tan innovador, y tan tontorrón que soportamos, tropieza consigo mismo continuamente, protegiendo como norma a todo tipo de verdugos y dejando de lado casi todas las víctimas. La libertad y la responsabilidad en las aulas brillan por su ausencia. Y eso no es proteger al menor, sino condenarlo.

Así es como la enseñanza española está produciendo monstruos con aspecto de escolares con una efectividad y una precisión tan apabullante que ya la querría Frankenstein para su terrorífico laboratorio. Somos un país puntero en la creación de sinvergüenzas, chulos y depravados de toda clase y condición, menores de 18 años. Pero el problema es que, a pesar de todo, a algunos partidos les está dando buen resultado este modelo docente. Tengan en cuenta que lo contrario del monstruo es el individuo pensante y reflexivo. El tipo al que el maestro, gracias a su autoridad y respeto, le ha enseñado a pensar, a decidir bajo su responsabilidad, a crecer en libertad. El individuo pensante no es tan fácilmente manipulable como el monstruito. El individuo pensante desprecia cosas como la Educación para la Ciudadanía. El individuo pensante no conviene. Tal vez por eso, desde el poder, nadie se toma demasiado en serio la gran reforma educativa que hoy ha pedido el Rey.

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