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Tribuna libre

Nacionalismo y religión en la caída del muro

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Tenía razón Gorbachov cuando en 1992 escribía: “Todo lo que ha pasado en la Europa oriental durante estos últimos años hubiera sido imposible sin la presencia de Juan Pablo II”.

De entre todos los protagonistas que hoy se postulan como motores de la caída del Muro de Berlin, la verdad es que el único que confiaba en que la fatalidad marxista-leninista de la lucha de clases no era un dogma fue Karol Wojtyla. Desde una ciudad (Roma) gobernada por un alcalde comunista, el Papa recién elegido comenzó a hablar del comunismo "como un paréntesis en la historia". Pocos lo creyeron. Cuando en 1989 se vieron sorprendidos por los hechos, Jorge Semprún - entre otros- manifestó que la caída del Muro y la revolución en el Este se había hecho "contra los análisis y las previsiones de la izquierda europea".

Apresurémonos a decir que, a la hora de analizar la influencia que Juan Pablo II tuvo en la caída del Muro y del socialismo real conviene no ceder a la tentación mediática de transformar la historia "en una especie de western con el Papa en el papel de sheriff y los comunistas en el de los indios" ( Bernard Lecomte). Los acontecimientos desatados el 9 de noviembre de 1989, se debieron a un conjunto de circunstancias que desborda el influjo de un solo hombre. Otros actores y otros factores convergieron también en el crack del partido comunista polaco, en la luz verde que encendió Hungría para que miles de alemanes orientales eludieran el Muro, en su propia apertura por las autoridades de la RDA, y en el conjunto de explosiones en cadena que, desde la revolución del terciopelo checa (con Havel catapultado al castillo de Praga) hasta la caída de los dictadores Ceaucescu en Rumania y Jivkov en Bulgaria, acabaron dinamitando el Telón de Acero. Dicho esto, es de justicia añadir que, probablemente, no hubo brecha más decisiva que la abierta en el Muro por la acción constante del papa polaco. Veamos por qué.

El Muro fue la primera muralla levantada en la Historia no para detener a los enemigos y mantenerlos fuera, sino para defenderse del propio pueblo y mantenerlo dentro. Pero ni la intelligentsia de Occidente ni la del Este supieron calibrar la fuerza de dos elementos formidables que se agazapaban tras la muralla de ladrillo: el nacionalismo y la religión. La religión, más en concreto, era percibida como una fuerza social en decadencia y sin capacidad de conmocionar los cimientos del régimen. A través de ellas la Europa del Este redescubrió los viejos motores que mueven la Historia. El Papa Wojtyla contribuyó decisivamente al encendido de ambos.

Para el Papa polaco, la nación era uno de los elementos constitutivos (junto con la familia) de la identidad de hombre. Por eso, pensaba que el mayor fracaso del marxismo-leninismo fue el haber creído solucionar ideológicamente el fenómeno nacional, sustituyéndolo por el "internacionalismo". El diagnóstico era acertado. Aunque fuera un internacionalismo "proletario", los pueblos del Este lo interpretaron como una añagaza que amputaba sus raíces y los mantenía sometidos al imperio soviético. Por su parte, la religión contribuyó decisivamente a iluminar esa comunidad de derechos fundamentales sobre las que se asienta

Europa: Estado de Derecho, respeto a la dignidad humana, protección de la libertad, tolerancia, pluralismo político, imperio de la ley, principio de representación democrática y separación de poderes. Lo que a primera vista parecía haberse convertido en un gélido desierto espiritual, ocultaba en realidad raíces que despertaron de su letargo. La espoleta fue el papa polaco. El impacto que la hizo estallar fue su primera visita a Polonia (1979).

Tenía razón Gorbachov cuando en 1992 escribía: " Todo lo que ha pasado en la Europa oriental durante estos últimos años hubiera sido imposible sin la presencia de Juan Pablo II y sin el papel decisivo que interpretó en el escenario mundial ". Dos años después Juan Pablo II matizaba algo más el juicio de Gorbachov al añadir: "El comunismo como sistema cayó por su propio peso.a causa de sus propios errores y abusos" .

Estos errores y estos abusos fueron denunciados duramente por el papa polaco desde su primera encíclica, la "Redemptor hominis" (1979) y su primer documento social, "Laborem exercens", de 1981. Su denuncia no fue estrictamente desde la vertiente política, sino desde sus bases antropológicas y sociales, como sistema injusto que alienaba a la persona humana. Por eso el 21 de febrero de 1990 podía decir: "¡ Dios ha vencido en el Este ¡.Varsovia, Berlin Praga, Sofia y Bucarest se han convertido en las etapas de una larga peregrinación hacia la libertad".

Juan Pablo II pensaba que el factor determinante de la caída del comunismo en los paises del Este europeo fue "el cristianismo en cuanto tal, su contenido, su mensaje religioso y moral, su intrínseca defensa de la persona humana y sus derechos". Cuando insistían los periodistas contestaba: " Yo no he hecho nada más que recordar, repetir, insistir sobre los principios que hay que observar, sobre todo el principio de libertad religiosa, pero no solamente éste, sino el de las demás libertades inherentes a la persona humana".

El 9 de noviembre de 1989 acababa una época y. con ella, un Muro que separó los dos pulmones de Europa. A partir de ese momento volvieron a respirar al unísono. Juan Pablo II inyectó parte del oxígeno que lo hizo posible. Maximo D´Alema - un comunista de mano tendida - lo ha dicho con elegancia : «Sí, Juan Pablo II ha sido un protagonista de la caída del comunismo y lo ha sido con razones fundadas, quiero decir, que el vacío espiritual de los países gobernados por los partidos comunistas era cierto, el Papa tenía razón». El abrió la primera brecha que acabó con el socialismo real.

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