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Tribuna libre

Nazionalfutbolismo y Diada

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Hay más política en el palco del Camp Nou, en el Bernabéu, San Mamés, La Bombonera o San Siro…, que en el anodino hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, en el Palacio del Congreso bonaerense o en el Palazzo di Montecitorio.

El deporte parece estar condenado a permanecer permanentemente expuesto a las veleidades políticas. Y la leyenda del fútbol, a discurrir paralela e inseparablemente ligada a la leyenda negra, negra, de la política.

El fútbol alimenta al juego macabro del poder, es fuente de satisfacciones y frustraciones sadomaso-patrióticas. Pero también de banderías y de partidismos alentados por caudillos de todas las razas totalitarias imaginables: fascismos blancos, amarillos y rojos, dictaduras y dictablandas, sultanatos, tiranías, teocracias, oclocracias, plutocracias, cleptocracias, gorilismos y demás monismos. Y en estos tiempos convulsos de descreimiento ideológico, los estadios se han convertido en uno de los últimos refugios del patriotismo, a la vez que el patriotismo («la virtud de los depravados», según Oscar Wilde), se convierte en el último refugio de los canallas.

Sin necesidad de que venga ahora a descubrirnos la pólvora Ignacio Ramonet, el fútbol ha sido siempre un instrumento de propaganda y acción política. De ahí que no sea de extrañar que, al olor de la sardina y de su potencial movilizador, los himnos, los escudos y las banderas («Todas, sin excepción, están manchadas de sangre o de mierda», según Flaubert), se haya convertido en pasto y abrevadero de la mercadería política.

¡Cualquiera diría que no tuvimos suficiente escarmiento! con el Madrid merengue de Bernabéu en tiempos de Franco, que durante años tuvo que cargar sobre sus hombros con el estigma de ser considerado "el equipo del régimen", y que ante los ojos miopes del independentismo aldeano, paleto y cejijunto encarnó como ningún otro el depravado centralismo estatalista, hasta el extremo de convertirse en el principal baluarte de la resistencia contra la dispersión periférica y los escarceos secesionistas.

Sucede ahora con Can Barça, que es algo más que un club porque está obsesionado con recuperar su condición de ejército simbólico desarmado del nacionalismo catalán al frente del cual, subido a su Elefant Blau, cabalga Laporta, que ha convertido al Fútbol Club Barcelona en una especie de soviet local, guardián de las esencias patrias, en el brazo político-deportivo de un régimen tribal Pentateuco, ariete deportivo de las reivindicaciones segregacionistas, entregado con genuflexión sumisa a la causa tripartitera, convertido en un altavoz mediático del Catalonia is not Spain y demás eslóganes rupturistas, y en una extraordinaria caja de resonancia (más estruendosa incluso que el entrañable bombo de Manolo) al servicio del cantonalismo, el pan catalanismo y la exclusión lingüística.

Sebrelli ha llegado a afirmar, plagiando el recurrente pensamiento de Marx sobre la religión, que «El fútbol es el opio de los pueblos». Y los políticos insaciablemente sabuesos, son sobradamente conscientes de ello, de tal modo que la canalización política de la pasión balompédica ha sido siempre un delirio enfermizo de gobernantes y aspirantes, que pierden los vientos por salir en una foto.

Ahora y antes, durante lustros, el deporte ha sido un instrumento de propaganda de las Naciones (con Estado y sin Estado) y de legitimación de sus dirigentes, desde la revolución bolchevique a la cubana, desde Hitler hasta Mussolini, desde las Coreas eternamente partidas en dos hasta la Republica bolivariana de Venezuela de Hugo Chávez, gran amigo de Diego Armando Maradona, ambos dos amigos a su vez del dictador cubano Fidel Castro, y los tres al unísono declarados enemigos del ex presidente norteamericano Georges W. Bush, a quien Chávez siempre ha tenido en estima casi tanto como a Aznar y al rey Juan Carlos desde que le espetó con el chiripitiflaútico politono del ¿Por qué no te callas?

«Jugar a la pilota no es pecado». Ya lo dijo San Vicente Ferrer. El pecado es hacer de la pilota un artilugio político. Por eso, aspirantes a la cosa como el inteligente Jan debieran saber que no es tarea sencilla catequizar el corazón del votante forofo, pues como bien lo sufrió en carne propia Sacha Distel, el mismo que cantó a Le Soleil de Ma Vie, «Conquistar el fútbol es más difícil que ganarse el corazón de Brigitte Bardot».

José Antonio Ruiz

Periodista

Autor de la tesis doctoral "El uso del deporte en la construcción del Estado catalán y vasco".

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