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Necesito una copa…

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Un artículo de...

Gerardo Castillo Ceballos
Gerardo Castillo Ceballos

Profesor emérito de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

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A partir de la década de los ochenta surge una nueva preocupación para los padres de hijos adolescentes: el riesgo de que estos últimos se conviertan en consumistas de alcohol. Lo que más alarmó a los padres fueron los titulares de los medios de comunicación tras cada fin de semana:

“Un adolescente muere en accidente de tráfico. Conducía en estado de embriaguez”; “Joven hospitalizado de urgencia por coma etílico”; “Tres heridos por arma blanca en una pelea cuando bebían en el botellón”.

Cada año que pasa se adelanta algo más la edad en la que los adolescentes se inician en el consumo habitual de bebidas alcohólicas. El riesgo de llegar a ser alcohólico es mayor cuanto menor es la edad en la que comienza el consumo.

Para comprender la gravedad de este fenómeno suelen ayudar más los testimonios reales de adolescentes adictos al alcohol que las estadísticas. Por ejemplo, el siguiente:

“Necesito beber. Me preocupa mucho sentirme dependiente del alcohol. Nada he podido hacer por detenerme desde que me inicié a los 16 años para desinhibirme y afrontar mi timidez. Ahora tengo 25 y conozco los efectos letales que este odioso líquido causa en mi cerebro, y, aun así, continuo asesinándome paso a paso. He perdido el control sobre mí misma. La mayoría de los adolescentes de mi edad bebe como si se tratara de un ritual. Por supuesto, mis padres no saben nada”.

La conocida frase “necesito una copa”, es muy frecuente en las películas americanas, es un cliché emocional para indicar que el personaje bebe para ahogar sus penas o confesar algo que le atormenta. Pero esas tres palabras proceden de la vida misma. Es lo primero que dicen algunos padres de familia cuando regresan al hogar. Pueden ser irrelevantes cuando se pronuncian de forma esporádica, pero no cuando su uso es muy frecuente. En este segundo  caso expresan la necesidad imperiosa de beber para salir momentáneamente  de la ansiedad y sentirse bien, aun a costa de no saludar a la familia…

Perduran todavía dos posturas históricas extremas y opuestas sobre el consumo de alcohol. Platón afirmó que “los chicos deberían abstenerse de bebidas alcohólicas hasta  la edad de 18 años, dado que no es bueno echar aceite al fuego”. En cambio, para Lord Byron el alcohol cura todos los males: “El vino consuela a los tristes, rejuvenece a los viejos, inspira a los jóvenes y alivia a los deprimidos del peso de sus preocupaciones”.

 Es posible que la ironía de los humoristas sirva para que algunos bebedores compulsivos reflexionen. Un ejemplo: “El ron más hielo daña el hígado; el wodka más hielo daña el riñón; el whisky más hielo daña el corazón; la cerveza más hielo daña el cerebro. Conclusión: ¡Cuánto daño hace el hielo!”.

La frase “necesito una copa” ya no es exclusiva de los adultos; actualmente la utilizan muchos adolescentes y jóvenes y en algunos casos por imitación de sus padres. Se han dejado convencer por el mito de que  las copas nos hacen más ocurrentes, optimistas y alegres. La verdad es otra: el alcohol es un depresivo; tras la breve euforia inicial llega un bajón y se traba la lengua.

 Ser adolescente es siempre un riesgo para incurrir en   posibles adicciones. Algunos dicen que “se colocan” con unas copas para “romper el hielo” en las fiestas y ser graciosos. Los adolescentes  más sensatos piensan de otro modo: “No me parece bien tener que drogarse para divertirse. Exijo el derecho a ser diferente, a ser yo mismo”. “Ser alegre es mucho mejor que ponerse alegre”.

A los adolescentes no les ayuda su afán de probar y experimentarlo todo. A ello se añade  el alcohol sigue estando al alcance de cualquiera y que existe una gran tolerancia social con el consumo de los menores.

Por eso no hay que extrañarse de que el primer consumo de bebidas alcohólicas sea ya un nuevo rito de iniciación en la vida adulta.  Algunos adolescentes corren voluntariamente el riesgo de emborrachase, llegando al “puntillo” (un estado de excitación casi en el límite con la embriaguez). La experiencia demuestra que esa frontera es muy difícil de mantener, porque el cuerpo cada vez les pedirá beber algo más. 

Algunas adicciones al alcohol están relacionadas con tensiones y falta de afecto en el ambiente familiar.  Otras con desconocimiento de en qué condiciones psicofísicas regresan los hijos del botellón. Pero el factor más decisivo son los malos ejemplos paternos (falta de sobriedad y celebrarlo todo con alcohol). No menos influencia tienen algunas omisiones educativas: no educar a los hijos en las virtudes de la templanza y de la sobriedad y en el uso imaginativo y responsable del tiempo libre.


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