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Noches como todas

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Dicen que el periodismo es una profesión de locos y no es verdad. Lo que hay es que estar loco para considerar el periodismo una profesión.

Dicen que el periodismo es una profesión de locos y no es verdad. Lo que hay es que estar loco para considerar el periodismo una profesión. Otros dicen que es una profesión maldita, pero lo único realmente maldito son los periodistas. Finalmente, un reducido grupo apunta que el periodismo es una ciencia. No hay que hacerles mucho caso. Son los mismos que insisten en la importancia de dejarse media juventud en la facultad de periodismo, como si allí fueran a enseñarte a congelarle la sangre a una fuente, o a cortarle la lengua a un confidente, después de entrevistarlo vestido de tuno en un parque del extrarradio.

Hace unas noches me eché a la calle, un día cualquiera, para comprobar si las estrellas de Madrid siguen en su sitio, o si han decidido trasladarse todas a la avenida de la canción de Pereza. Y coincidí con un periodista, que sin embargo es buen amigo. Tal vez porque no es del todo periodista. Y está escrito. Cuando dos que viven de juntar letras se encuentran en la madrugada, su comportamiento es más predecible que el de un bebé hambriento. Primero lloran un poco. Y después buscan un bar.

Así, en efecto, nos dejamos caer en una de esas terrazas desiertas, que asustan por su soledad, y al tiempo, alegran, porque recuerdan que hasta en las noches más oscuras aparece un candil rojo encendido sobre alguna barra. El camarero, atento y educado, nos sirvió mirando el reloj. Interiormente estaría preguntándose por qué, oh cielos, de todos los bares de Madrid –que está ciudad es como una inmensa barra-, teníamos que elegir el suyo, justo ahora que estaba a punto de cerrar y marcharse a casa.

Nosotros, que vivimos a otro ritmo, decidimos quedarnos y degustar algo añejo, cuyo nombre no recuerdo, aunque creo estar seguro de que no era queso de oveja. Preferimos quedarnos, no por molestar, por supuesto. Sino sencillamente porque hay noches y noches, y esta era una de esas noches absolutamente intrascendentes, en las que quedarse escribiendo en casa a la luz de una vela no podría considerarse bohemio, sino sencillamente estúpido. Ante la estupidez, siempre hay que elegir la salida bohemia que te ofrece la vida, de la misma forma que ante la tristeza, casi siempre conviene abrazarse a la demencia.

En la segunda ronda, el hombre empezó a recoger la terraza; esa forma tan española de enseñarte el caminito de Jerez sin necesidad de patearte el trasero. Una lástima, porque todavía nos quedaban tres o cuatro trincheras que bombardear, un par de canciones que descubrir, y algunos colegas por los que brindar, unas veces por su felicidad, y otras, para que se pierdan pronto. Pero al fin y al cabo, sonaba el gong, yo había salido a comprobar si las estrellas seguían ahí, y ya tenía escrita mi crónica sobre el estado de la bóveda celeste.

Ya en casa, me asomé de nuevo al balcón, preguntándome qué extraña fuerza nos impulsa una y otra vez a analizarnos. Y es que el verano es como un yunque colgado de la nuca, que te obliga a mirarte al ombligo, aunque disfrutarías mucho más alzando la vista al horizonte y analizando las grandes cosas de la vida. Si bien, a veces, mirar hacia dentro es la forma de encontrar el horizonte, y esas cosas eternas, que no sé dónde se meten cuando arrecia el frío.

Después abrí el correo, y aterricé en Twitter, y allí volví a encontrarme las mismas preguntas de siempre sobre el periodismo y los viejos reporteros. Como si hubiera algún tipo empeñado en ponerme Primera plana delante de las narices todos los días de mi vida. En Twitter todavía estaba reciente la exitosa cadena de frases de periodistas que inundó la red hace unos días, confirmando que hay más ratas en cualquier redacción que en todos los bajos de Madrid.

Lo gracioso es que mientras otras profesiones están llenas de tópicos muy graciosos que después nunca son verdad, este oficio, más canalla que una cara b de Sabina, y más cutre que el remiendo de un vaquero de los 80, está plagado de chistes con los que te puedes partir de risa durante un rato, hasta que te das cuenta de que no son ninguna broma. Porque además de simpáticos, esos tópicos son monstruosamente reales. Quizá por eso, pensaba de madrugada, me parece increíble que haya algún quinceañero en algún lugar del planeta, que todavía sueñe con dedicarse a esto, como si todos los días El Dorado brillara detrás de un teclado, y el watergate se ocultara en el bloc de notas de un intrépido reportero.

Aplasta el calor de esta noche, y es demasiado tarde para reconocer que todos vimos brillar un día la luz que ahora nos ciega.

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