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Tribuna libre

ONU, ¿sí, o nu?

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Todavía no tengo decidido si opositaré a controlador aéreo, a presidente de la Federación Española de Fútbol, a ministra de Igualdad, o a Alto Representante de Naciones Unidas.

Durante una cena de despedida en Londres, antes de regresar a España, el director del programa de la BBC en el que anduve enrolado, llegado un momento en el que todos los presentes veíamos doble (y algunos, hasta inclusive triple y en tecnicolor), me llevó con él a un aparte y me dijo en voz baja con los ojos trotones:

-- Después de tu paso por el World Service –me aconsejó-, colmado como parece que estás ya de este rollo de la realización profesional, lo mejor que puedes hacer es colgar en la percha el disfraz de periodista y fundar una ONG.

Recuerdo que me entró la risa floja y tomé a broma la surrealista confidencia, pensando que sería una ocurrencia friki fruto de la efervescencia etílica de una velada inolvidable que se prolongó hasta que el gallo que hay dentro del Bing Ben cacareó una amanecida de nieblas densas, de esas que suelen despertar el sadismo insaciable de Jack the Ripper.

A los pocos meses, él se mudó a Ginebra (sin alcohol), para trabajar en una ONG, mientras yo me había instalado en Madrid, empeñado en seguir ejerciendo de journalist tocapelotas. (…) Así me va.

El tercero de los miembros del equipo se marchó a vivir a Nueva York, donde hoy ejerce brillantemente la crítica literaria. Durante 15 años había cubierto la opinión publicada de Naciones Unidas. Y me contaba con chanza que en los intermedios, mientras bostezaba como un hipopótamo del Arca de Noé, entretenía el aburrimiento horadándose la nariz con el dedo, como si fuese una barrena, y contando a los representantes demócratas de los Estados presentes. Transcurrido un rato de hacer guarrerías, llegaba siempre a la conclusión de que, salvo alguna excepción pintoresca, casi todos eran interlocutores (“vividores biencomidos”) de dictaduras, teocracias, plutocracias, cleptocracias, oclocracias, satrapías y demás tiranías.

No digo yo que todas las organizaciones no gubernamentales (sobre todo las más humildes, honradas, coherentes y consecuentes, que también las hay), ni todas las organizaciones internacionales sean un timo de la estampita. Pero en la mayoría de los casos son gigantescas oficinas habitadas por burócratas pijos (pero eso sí, políglotas divinos de la muerte), que viven como marajás y malgastan sus multibillonarios presupuestos en saraos estúpidos que contradicen el espíritu originario de su fundador.

Durante un tiempo cubrí para Radio Francia Internacional actos de diverso pelaje que se celebraban en la sede parisina de la UNESCO. Y salvo excepcionales ocasiones (como un desayuno pantagruélico en el despacho africano de Federico Mayor Zaragoza), las más de las veces atendíamos a chorradas que difícilmente justificaban el ejercicio de paciencia que había que hacer para cruzar en taxi la ciudad de la luz hasta llegar, con la lengua (y la cinta de cassette de la grabadora) fuera, antes de que el conserje apagara la luz y bajara la persiana.

Lo que peor llevo es la hipocresía de las declaraciones grandilocuentes de muchos jerifaltes de inventos nobles que han degenerado en fantasmagorías irrisorias como esta cosa tan aparatosa de la ONU. ¡Por algo será que Harry S. Truman fue el presidente más impopular de la historia!

Puestos a ironizar, soy partidario, como Arcadi Espada, de conceder a los Estados Unidos el rango de ONG universal. Y dado que es el mayor contribuyente de Naciones Unidas, adjudiquémosle de paso la atribución de gobierno del mundo mundial, para que siga haciendo, como ahora, lo que le venga en gana, para bien o para mal, pero siempre con absoluta impunidad, sin necesidad de andar con los remilgos de tener que recabar el plácet del Consejo de Seguridad para legitimar cualquier decisión extraterritorial del único Estado hegemónico existente sobre la faz de la tierra, que es más que un Estado, se ponga como se ponga el prenda que le sugirió a Zapatero lo de la Alianza de Civilizaciones. Como estén esperando en Haití a los gendarmes de Sarkozy, aviados vamos todos, y mayormente los desheredados. Suerte que siempre nos quedará Carla Bruni.

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