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Obama, Bismarck y Shakespeare

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Ningún analista de hoy, y seguramente ningún historiador del mañana, puede asegurar que exista una doctrina Obama, semejante a otras doctrinas en política exterior de anteriores presidencias.

Gran parte de la opinión pública, tanto americana como europea, comparte la creencia de que una de los principales logros de Obama es su política exterior, debió de creerlo la Academia Sueca al otorgarle el Nobel de la Paz en 2009. La diplomacia se convirtió en un valor añadido al currículo del presidente, a menudo con el calificativo de smart diplomacy, aunque este término ya lo empleara Hilary Clinton en las primarias de 2008. En realidad, la smart diplomacy, que no es sólo el consabido soft power sino que implicaría medidas más contundentes, ha sido consagrada por las obras del politólogo Joseph S. Nye, muy próximo a las administraciones demócratas, y habría que reconocer que Barack Obama ha sido un discípulo aventajado de estas tesis que, en realidad, no son novedosas. Siempre se han llamado pragmatismo y realismo.

Ningún analista de hoy, y seguramente ningún historiador del mañana, puede asegurar que exista una doctrina Obama, semejante a otras doctrinas en política exterior de anteriores presidencias. Una conclusión extendida es que el inquilino de la Casa Blanca es un hombre más de estilo que de contenidos, que sabe presentar nítidamente unos principios, a veces ilustrados con referencias históricas o de actualidad para intentar despertar la emoción de sus oyentes. El problema es que el presidente puede flaquear en el ámbito de las propuestas concretas, aunque es comprensible, pues Obama es un fiel representante del pragmatismo realista, capaz de adaptarse a un mundo en continua evolución. Es un realismo en las acciones y las omisiones, con un marcado idealismo en los discursos, y que implica que las reacciones ante los acontecimientos vengan muchas veces determinadas por las circunstancias, no por dogmas ideológicos rígidos.

Barack Obama defiende el interés nacional, como cualquier otro presidente americano, aunque muchos europeos, y algunos medios informativos en particular, parecen no percibir algo tan elemental porque desde antes del inicio de su mandato, le coronaron con la aureola de “presidente anti-Bush”. Este acentuado componente emocional explica que Europa apenas se inmutara con el discurso de Obama en Oslo, tras recibir el Premio Nobel de la Paz, y en el que el mandatario americano hacía una apasionada defensa de la guerra justa, algo inconcebible en los oídos de la Europa posmoderna. Está mejor informado, en cambio, el politólogo americano Fareed Zakaria, que en una entrevista en la CNN al presidente Obama en enero de 2012, alabó los logros de su política exterior, Zakaria tampoco cree en las cruzadas ideológicas y sus tesis realistas le hacen proyectar en el mundo post-americano la sombra del canciller Bismarck, árbitro del equilibrio europeo entre las potencias a finales del siglo XIX, pues sería la única forma de detener el declive americano en un tiempo en el que el dominio militar ya no es el único factor de poder. Sobran los idealismos y los excepcionalismos en política exterior al estilo de la guerra fría. La diplomacia del siglo XXI ha de parecerse mucho más a la del siglo XIX.

Pero un mundo bismarckiano terminaría por poner el acento en el bilateralismo, muy característico, por cierto, de la política exterior de Rusia y China, siempre a la búsqueda de intereses comunes, por mínimos que estos sean. Este enfoque entraña el riesgo de despertar recelos entre los aliados tradicionales, y la Administración Obama ha tenido ocasión de comprobarlo con Polonia, Israel o los vecinos de China, a los que ha intentado tranquilizar a posteriori, y en algunos casos con visita incluida del presidente. No es extraño que en su discurso en el Virginia Military Institute, donde intentó exponer las directrices de su política exterior, Mitt Romney acusara a Obama de no liderar y decepcionar a sus aliados. Sólo le faltó acusarle de no ser el líder del mundo libre, como en un tiempo no muy lejano se conociera al presidente de EEUU, pero hoy son muchos los que piensan que esto es un término propio de la guerra fría, y que el mundo no puede reducirse a dos bandos, el de las democracias y el de las tiranías, aunque ellos prefieran vivir en una democracia. Por tanto, el realismo en la teoría de las relaciones internacionales nunca dará cabida a ninguna liga de las democracias, pues la rechaza tanto su escepticismo como su descarnada defensa del interés nacional. Sin embargo, a Romney no le resultará fácil descalificar a Obama como un presidente débil en política exterior. No ha conocido fracasos estrepitosos como Jimmy Carter y sus pobres o dudosos resultados en los conflictos o crisis de Irak, Afganistán, Palestina o Irán, están amortizados por el cansancio y desinterés de una opinión pública cansada de aventuras exteriores y más preocupada por la situación económica interna.

Romney quiere que la política exterior americana tenga una mayor visibilidad y sea más asertiva y acusa a Obama de dejarse llevar por los acontecimientos. En realidad, el presidente huye de toda retórica exaltada y ejerce una diplomacia de carácter pragmático, que parece encajar en el celebrado eslogan de Obama No Drama. Lo estamos viendo en los acontecimientos de la Primavera Árabe, en los que se dejaría hacer a la Historia la construcción de nuevos equilibrios regionales con la esperanza de reconducir la situación. Si es así, esto también es Bismarck en estado puro, cuando afirmaba que el individuo puede esperar hasta oír pasos de Dios a través de los acontecimientos, y entonces, dar un paso adelante, para asir el borde de su manto. Es un elogio de la oportunidad, apto para todos aquellos que no conciben la política como algo lógico y exacto sino que la reducen a saber elegir lo más oportuno en cada fugaz ocasión.

Obama ejerce el pragmatismo en política exterior, pero no habla de él en estilo directo. Si lo hiciera, no tendría necesidad de nombrar a un prusiano como Bismarck. Le bastaría con Julio César de Shakespeare, pleno de enseñanzas para cualquier político anglosajón. Allí Bruto nos señala la existencia de una marea en los acontecimientos humanos que puede conducir a la fortuna. Hay que aprovechar la corriente cuando es favorable, o perder el cargamento. Lo malo de la cita es que Bruto no se adecuó a la realidad y conoció la derrota y la muerte. Las pleamares, también en política exterior, son insuficientes sin una estrategia. Quizás Obama la tenga, pero no ha sabido conseguir que muchos tengan esa percepción.

Antonio R. Rubio Plo es analista de política internacional y profesor de política comparada.

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