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Tribuna libre

¿Oportunidad perdida?

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Las autoridades cubanas, frente al acrecentamiento de la crisis, no realizan reformas, sino reprimen al pueblo y obstruyen el mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos.

A un año de la llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos puede afirmarse que cumplió las promesas electorales respecto a Cuba, a pesar de las presiones internas y el boicot del gobierno de la isla. Así, eliminó las restricciones al envío de remesas y los viajes de los cubano-americanos; aumentó sustancialmente las visas temporales a cubanos. Paralelamente, incrementó los permisos de viajes individuales y de grupos de estadounidenses vinculados con la cultura, el deporte, la religión y otras actividades a Cuba.

Simultáneamente, las paralizadas conversaciones sobre inmigración y el correo directo se reanudaron a iniciativa de la nueva Administración. También se autorizó el envío de paquetes a Cuba con equipos electrónicos (computadoras, sistemas de televisión por satélite, teléfonos celulares y satelitales). Además, el Presidente adoptó una posición flexible en cuanto a iniciativas que pudieran surgir del Capitolio para reducir las tensiones. Esos pasos estuvieron complementados por gestos de la Oficina de Intereses en La Habana, como fuera quitar un letrero lumínico molesto para el régimen y la invitación a artistas y personalidades vinculadas con las autoridades cubanas a actividades diplomáticas.

Hay que subrayar que los pasos de la Administración norteamericana se dieron a pesar de la fuerte presión de los sectores conservadores existentes en los Partidos Republicano y Demócrata, en un momento cuando se enfrenta a situaciones excepcionalmente difíciles heredadas de su predecesora, como la gran crisis económica que parecía dirigirse a una tragedia similar a la Gran Depresión iniciada en 1929, guerras en Iraq y Afganistán con posibles estallidos en otros lugares, la lucha contra el terrorismo, la herencia de un sistema de salud que deja sin cobertura a más de 40 millones de personas en la nación más próspera del mundo, la complicada problemática migratoria, y serios problemas medioambientales a nivel global. Sin olvidar la necesidad de modernizar el sistema educacional, cuando la competitividad está crecientemente ligada a los niveles de los conocimientos.

Frente a los pasos concretos de la Administración norteamericana, las autoridades cubanas desde el principio adoptaron posiciones agresivas, acrecentadas progresivamente.   Durante la campaña electoral los ataques eran sutiles, mezclados con contradictorios elogios. Hoy, el régimen y sus controlados medios de propaganda arremeten contra el Presidente con la misma fuerza utilizada hacia los anteriores mandatarios, incluso con absurdas maniobras militares cuando el Presidente Obama con gestos concretos ha mostrado su voluntad de dialogar y hallar vías para reducir la confrontación. Raúl Castro afirmó en la sesión de la Asamblea Nacional, el pasado 20 de diciembre, que Washington seguía comprometido con al subversión, y el Canciller calificaba a Obama de “imperial, arrogante, que no escucha y que impone condiciones”.

En realidad esa actitud era previsible. Al gobierno cubano no le interesa mejorar las relaciones con Estados Unidos porque precisamente la crispación le facilita cultivar el nacionalismo, reforzar la represión en una sociedad que pretenden mostrar como una fortaleza sitiada por imaginarios enemigos; una posición que parece ser la misma que asumen ante la Unión Europea, evidenciada en la expulsión del aeropuerto a su llegada del eurodiputado socialista Luís Yánez, que más que un desplante incivilizado es un mensaje de que verdaderamente no  interesa la eliminación de la Posición Común de 1996, no realizarán cambios democráticos ni progresos democráticos. 

Después de la reciente inclusión de Cuba en la lista de 14 países presuntamente terroristas, cuyos viajeros serán sometidos a controles adicionales, los ataques a Obama llegan al paroxismo y se aprovecha para tratar de desviar la atención del permanente agravamiento de la situación económica, política y social, expresada en la continuada disminución del menguado nivel de vida de la población, confirmado por los estrepitosos declives de los sistemas de salud pública, educación, seguridad social y deportivo antes vitrinas de los supuestos éxitos de la “revolución”.

Probablemente la escala propagandística contra Estados Unidos se incrementará hasta llegar a las tradicionales “marchas combatientes”, aunque podrían ser muy dificultosas organizarlas, pues es difícil actualmente movilizar a un pueblo desencantado por un proyecto que prometió el paraíso pero ha llevado a la nación al infierno.

El gobierno cubano conoce bien que en el marco de la Guerra Fría Cuba fue incluida entre los Estados promotores del terrorismo, cuando alentaba las guerrillas en América Latina y otros lugares, a la vez que enviaba tropas a combatir en África para sostener en ocasiones a gobiernos tiránicos como el de Mengistu en Etiopia. También sabe que en las actuales condiciones el Presidente Obama, con un desempleo del 10,0% y problemas de todo tipo que resolver, bajo el fuerte ataque conjunto desde La Habana y sectores conservadores estadounidenses, no puede sacar a Cuba de esa lista.

En este primer aniversario de la toma de posesión de Barack Obama como Presidente de Estados Unidos, a pesar de los denodados esfuerzos del totalitarismo por rebajar su figura ante el pueblo cubano, la simpatía y el afecto que sentimos por él ha crecido.

Desafortunadamente, por el egoísmo desmedido del gobierno cubano, la oportunidad ofrecida de mejorar las relaciones se está perdiendo y como subrayara Dan Erikson, vicepresidente de Diálogo Interamericano, “las fuerzas de la continuidad son extremadamente fuertes…tanto en Cuba como en Estados Unidos.”

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