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Tribuna libre

PSOE y cristianismo

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En cifras gruesas, un tercio de votantes del PSOE se declara católico practicante; la mitad se declara católico no practicante.

En cifras gruesas, un tercio de votantes del PSOE se declara católico practicante; la mitad se declara católico no practicante. De hacer caso al socialista F. Pons, si fuese incompatible el apoyo al socialismo y la condición de católico en España, “tendrían que cerrar la mitad de las iglesias o tendría que cerrar el partido socialista”. Las relaciones Iglesia-Estado arrastran una enjundia de siglos, no ya por su traslación a las mecánicas de la política práctica sino por la consideración de que la libertad religiosa –como opina George Weigel- es el primero de los derechos humanos, ya que es el reconocimiento de que cada persona dispone de su propio espacio interior que no puede ser invadido por el Estado. Ciertamente, la significación de Educación para la Ciudadanía –por ejemplo- está muy lejos de este postulado.

Con los pies en la tierra, el PSOE se ha cuidado de tener algún católico en el escaparate, de Paramio a Eguiagaray o Paco Vázquez, hasta la corriente, hoy de índole más bien fantasmal, de los cristianos socialistas. Al tiempo, han ocurrido las cosas más extrañas: la ‘pax’ felipista con la Iglesia tuvo mucho que ver con los instintos de Felipe González pero eso no obstó para que se enviara al Vaticano a un embajador aparatosamente ateo. Hoy, el presidente –socialista- del Congreso de los Diputados invierte una tarde en oír un debate sobre fe y laicismo al que llega sin avisar y sin invitación. En Galapagar se encuentran prohombres socialistas y prohombres de Iglesia. A la vicepresidenta le entusiasma tratar con cardenales. El rebajamiento verbal de las tensiones, los calditos con el nuncio, las mínimas transigencias del Gobierno o la voluntad de prudencia de la Conferencia Episcopal no ocultan opciones violentamente contrapuestas en temas como el derecho a la vida o la libertad de educación. Con mayor o menor ruido mediático, el católico español anda algo perplejo ante un zapaterismo ajeno a los vientos de la ‘laicidad positiva’. Este desdén ocurre aun cuando –como piensa Habermas- el propio Estado liberal prima de hecho al agnosticismo en detrimento de la fe.

Lo que quede de los cristianos socialistas está en una oposición con matices de queja a la jerarquía de la Iglesia. Así el diputado de la Rocha o Pérez Tapias. A esto hay que sumar la tendencia mayoritaria y más beligerante, que pasa por algo entre la deploración y la caricatura cada vez que la Iglesia –los católicos- buscan hacer oír su voz en el debate público. En realidad, es un desconocimiento, quizá voluntario, del carisma de un pontificado fuertemente dialogante y de no menor rigor intelectual. Y es a la vez un desconocimiento de una cierta raíz de la izquierda nutrida mal que bien por movimientos dimanantes del último Concilio: que haya habido turbulencias no significa que no hubiese ahí más semilla de reconciliación que en las corrientes que nutrían mayoritariamente a la izquierda –del maoísmo al eurocomunismo- por aquellos años. El PSOE de 1967 reivindica que cristianismo y socialismo “son absolutamente conciliables”. Ahí resuenan, quizá, los ecos más positivos de la socialdemocracia alemana, que reclamaba sus raíces en la ética cristiana, el humanismo y la filosofía clásica y que buscaba puntos de encuentro “a la luz del valor de la dignidad humana”.

Hoy, según el obispo Sebastián, no debiéramos estar en un paradigma por el cual la derecha y la izquierda extraeclesiales tengan que configurar una derecha y una izquierda dentro de la Iglesia. Como fuere, el socialismo hispánico ha logrado atraer hacia sí la exclusiva de una cierta corrección que ostentó la Iglesia en otro tiempo, sustituyendo la caridad por la solidaridad, con ribetes de un buenismo que en buena parte tranquiliza las conciencias, como última reinvención de lo que fuera la filantropía socialista. Como siempre, en España, la opinión pública católica ha tenido un problema de sustantivación real, con el resultado de muchas batallas perdidas. Las voluntades rupturistas del zapaterismo vienen a minar la noción de autoridad en cualquier ámbito, con repercusión en la familia, en la escuela y –naturalmente- en la estima que merece la Iglesia. Es así que el PSOE, como cualquier otro poder en ejercicio, prefiere a un tipo particular de cristianos en detrimento de otros. Quedan muy lejos las palabras del prólogo de Zapatero al documento “Tender Puentes” sobre socialismo y mundo cristiano: “esta es la tarea pendiente: sustituir la negación del valor de lo religioso o una actitud de indiferencia, por un reconocimiento y valoración positiva del mismo”; “la defensa del pluralismo y de la democracia no puede hacerse sobre la indiferencia o el rechazo a la religión”, “la creencia religiosa no es ajena a la esfera pública”. Dos legislaturas después de ese documento, el PSOE está muy lejos de sus propias palabras.

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