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Pájaros

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Pienso que todo nos iría mejor si defendiésemos nuestra racional condición humana con la misma tozudez con la que los jilgueros se empeñan en ser parte de la selva.

Tienen los petirrojos un descaro inaudito. En ellos la imprudencia se mezcla con la natural exposición de su rareza. No en vano, no todos los pájaros tienen el pecho rojo. Eso los distingue y los hace sentir mejores. Lo son, por esbeltos, por gráciles, y por petirrojos. No se alteran ante la presencia del hombre. Algo que confirma su profunda irracionalidad. Ignoran que por una terrible casualidad del destino, ese hombre podría ser Sánchez Gordillo hambriento y con el dedo de expropiar extendido. En su ciega confianza, sólo rompen a revolotear cuando se aburren de su propia quietud, cosa que ocurre a menudo.

En lo alto de cualquier árbol bajo, las alas caídas del chochín despejan toda duda sobre su silueta. Descartado que pueda tratarse de un águila imperial o un corzo, con las gafas puestas es imposible no reconocer a un chochín, en su pequeñez abultada. Dios creó a los chochines a toda prisa, y quedaron así, amontonados. No hay manera de disfrutarlos más allá del contraluz porque se escabullen de sus propias fiestas incluso al atardecer, cuando buscan donde soñar en compañía de otros de su misma especie. Me identifico con el chochín en su comedida pasión por la soledad diurna. No hay chochines sindicalistas, a pesar de su bullicioso canto, porque acabarían haciendo manifestaciones individuales y eso es perder la partida antes de empezar. En ese sentido, también me caen bien los diminutos chochines. Lástima que su nombre sea sencillamente inaceptable. Nadie que se llame chochín puede llegar demasiado lejos en la vida. Ni siquiera en la vida de un pájaro. Los más presuntuosos se presentan como troglodytes troglodytes, pero su nombre científico no mejora demasiado las cosas.

Mientras escribo, varias garzas reales pasean su elegancia entre los juncos de los humedales, a la hora en la que muere la tarde. Aquí donde el agua salada y el agua dulce bailan de la mano, al capricho de las mareas. Las veo blancas, impecables, presumidas, con el cuello erguido, y su delgada cresta al albur de los vientos marinos, y al fin comprendo todo sobre Baltasar. Nada es casual en Garzón, tampoco su apellido. La naturaleza es extremadamente precisa en sus casualidades, más premeditadas aún que sus sorpresas.

En la dirección del horizonte, los negros cormoranes de aquellas rocas parecen vestir de luto, en recuerdo de tantas mareas negras. Los veo contentos y sanos, superados los tiempos del chapapote, e inevitablemente recuerdo el Prestige, las mil profecías ecologistas que no se cumplieron, y a toda esa gente que ahora trata de comerciar políticamente con la naturaleza a cuenta de un incendio, de un terremoto, o de cualquier desastre medioambiental. Son los mismos de ayer, los mismos de siempre. La vida de una mentira política es tan corta como la de esos pequeños gusanos marinos que abren galerías subterráneas en la arena mojada, como intentando fugarse de su propia existencia, sin saber que de pronto llegará la hora de cenar de las limícolas y caerán como en una emboscada india en una película del Oeste. Lo que más admiro de las limícolas es que se comen a los gusanos, y supongo que así evitan que nos los tengamos que comer nosotros.

Al fondo, en la ruta de montaña detecto al intrigante cernícalo, al que sólo he podido contemplar de lejos, siempre sostenido por hilos imaginarios. Se me resiste en la distancia corta su cabeza gris azulada y sus alas color madera. Nunca deja de asombrarme su habilidad para mantenerse a flote entre cientos de corrientes sin necesidad de batir sus alas. Lo veo inmóvil, a media altura sobre el altozano verde, recortando su breve silueta de halcón achicado, dejando pasar vientos y tempestades entre sus plumas sin que nada le perturbe, esperando tiempos mejores con el anhelo de que todo pase entre el mérito de su delicado perfil, no puedo evitar pensar en Rajoy, y su capacidad para eso mismo, que antaño en la oposición nos hacía reír y hasta congraciar, y ahora dinamita nuestro sistema nervioso.

Y en este jardín desde el que aturdo a los lectores, los jilgueros no dan ni un minuto de tregua con su canto de alegría incontenible. Creo que celebran esta copa de ron añejo en la que se está bañando ya la luna, y esta brisa del mar que no hace tanto me encendería la cuerda de componer versos. Silban los jilgueros con la belleza de los canarios pero sin su artificialidad, sin su empalagoso aroma amarillo natillas. Brillan con su exótico plumaje tricolor en la cabeza, y su corazón silvestre, sin haber llegado nunca a firmar un pacto con el hombre, como sí han hecho en cambio muchas otras aves cantoras. Ellos se resisten a perder su salvaje condición animal.

Pienso que todo nos iría mejor si defendiésemos nuestra racional condición humana con la misma tozudez con la que los jilgueros se empeñan en ser parte de la selva, aunque en el fondo vivan en jardines como éste, y aunque algunos consientan que el hombre encorsete su gozoso canto entre las rejas de una vulgar jaula para esos bichos tan coloridos como ordinarios procedentes de latitudes tropicales.

Con la noche entre los dedos, la inquietante presencia de una lechuza sobre una rama próxima, me señala el camino a mi lugar, lejos de este trocito de jungla. Me marcho hoy con la seguridad de haber tenido aquí ante mis ojos tantos pájaros como metáforas necesita la España de nuestros días.

Itxu Díaz es periodista y escritor. Ya está a la venta su nuevo libro de humor «Yo maté a un gurú de Internet». Sígalo en Twitter en @itxudiaz

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