Lunes 28/05/2018. Actualizado 01:00h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

“La Palabra”, de Dreyer: lección de vida

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Hace unas semanas, mi amigo Nacho me explicó complicadas situaciones familiares que se viven en su entorno más próximo.

Hace unas semanas, mi amigo Nacho me explicó complicadas situaciones familiares que se viven en su entorno más próximo. Ante la complejidad de los hechos, frente a la controversias lícitas de todo tipo a las que cualquiera de nosotros podemos concurrir, incluso al constatar dolorosas situaciones, creo que un cambio de mirada, una perspectiva mayor, un juicio sosegado van a ser clave para conseguir soluciones estables y justas, para superarlo todo de la mejor manera.

Hemos de ser expertos en humanidad, hemos de aprender la centralidad del drama humano sin desvirtuarlo, sin convertirlo en espectáculo. A ese fin, una enseñanza agradable podemos encontrar en un tranquilo visionado de una película extraordinaria como Ordet (La Palabra, 1955), de Carl Theodor Dreyer.

Sería pretencioso pretender resumir aquí una obra maestra, pero es claro que deseo motivar su disfrute con esta filmación, que es como una obra de teatro concentrada.

Decía Orson Welles que “es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta”, pues en “La Palabra” se da toda la sensibilidad y la máxima unión entre fondo y forma, como sucede en las obras de arte.

Dreyer consigue introducirnos en cada personaje que vemos en la pantalla. Desde Inger, la enamorada esposa, que está muy por encima de las luchas que enfrenta a los varones que la rodean, hasta el visionario Johannes, trastornado, irónicamente, estudiando teología. Pasando por Morten Borgen, el anciano patriarca, que recuerda a nuestro Miguel de Unamuno, tanto por su aspecto físico como por sus planteamientos vitales; o el incrédulo Mikkel, o Peter, el sastre fanático, o los novios Anders i Anne, apasionado él, paciente ella.

Rodada en blanco y negro, en escenarios naturales, la acción se desarrolla en un ambiente campesino. Todo naturalidad, todo serenidad, a pesar de las tensiones. Y una interpretación de los actores en su justo punto, sensibles y con matices de genialidad pero trabajando para el conjunto.

Es puro realismo psicológico el que desgrana el director danés fotograma tras fotograma. Como diría él mismo “existe una estrecha semejanza entre una obra de arte y un ser humano: una y otro tienen alma, que se manifiesta a través del estilo, el creador fusiona los diversos elementos de su obra y obliga al público a ver el tema con sus propios ojos”.

¿Y a quién no le agrada que el cine nos acerque a lo inefable, a la búsqueda de sentido, a ver posible el pensar más humano, fruto necesario de la razón y la fe? El acercamiento a la persona en su cotidianeidad y en su magnificencia nos deja con la boca abierta: no es película para ver por partes, sino de un tirón y bien despiertos.

Los planos secuencia, de una luz sorprendente, son largos y pausados, como siguiendo el ritmo reflexivo de lo que acontece. Y es mucho lo que acontece: una gran y múltiple historia de amor, de libertad, de entrega… Y Dreyer la extrae, la filtra, describiendo la vivencia interior con armonía artística, emocionando pero sin sensiblería barata.

Magnífica lección, como aquella de Antoni Gaudí en su Sagrada Familia, dónde se unen lo divino y lo humano, donde sobran las ideologías y donde los sueños y las angustias nos unen.

Sí, mi amigo Nacho disfrutó en este viaje audiovisual al corazón mismo del drama humano, drama de incertidumbre esperanzada. Como una Odisea que todos debemos hacer y debemos ayudar a hacer.

·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
··
··

Lectores El Confidencial Digital

··
··
··
··
··
··
··
··
··
··
··
··