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Tribuna libre

París en otoño (IV)

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Entrado el invierno, nos abrigamos no más que en la anterior estación para, sorteando nieve y hielo, seguir nuestra ruta gastronómica.

Propongo, para empezar, una pequeña parada entre los Inválidos y la Torre Eiffel. De entre las zonas de turisteo, probablemente sea la más elegante de París.

Le Petit Cler (29, rue Cler, VIIème) es un pequeño café perdido como una perla entre ostras vacías. Con los vecinos se basta para llenarse hasta la bandera, aunque a ello ayuda –y no poco— que la calle sea peatonal. También la publicidad que le hace su hermano mayor, La Fontaine de Mars (129, rue Saint-Dominique, VIIème), restaurante más del Périgord en todos los sentidos y muy aconsejable para cualquier almuerzo o cena.

En su decoración, Le Petit Cler no tiene nada de especial ni tampoco de criticable, lo que en el mundo globalizado de hoy es casi una virtud. Su carta es básica, lo contrario de cara y no se recuerda la última queja de un cliente. En los vinos, blancos argentinos y tintos biológicos aptos para los más escépticos. Otro sitio de esos, no tan frecuentes en el París de nuestros días, en el que no engañan a nadie.

Ya en el distrito dieciséis, tan elogiado por unos y denostado por otros, dos lugares muy distintos.

Le Café de l’Homme (Palais de Chaillot, 17 place du Trocadéro, XVIème) es quizá el lugar perfecto para impresionar a un primerizo en París. Tiene terraza y vistas a la Torre Eiffel, que centellea a cada hora, una decoración moderna pero colorida, una luz que atenúa lo indeseable de esa modernidad, mucha gente a la moda y una carta que mezcla francesadas con sushi al precio –pagable— de cenar en la onda.

Más abajo, llegando al delicioso Auteil, está el café preferido de los jóvenes de la zona.

El Bô Zinc (59, avenue Mozart, XVIème) espera en una esquina cualquiera, sin llamar la atención, sin darse importancia, como una niña deseada que a veces cae en la tentación de pensar en la clausura.

Pese a la mayoría de gente joven, siempre hay canas peinadas que no dudan en tomarse un par de vinos mientras leen el periódico. Cuenta con una minúscula terraza calefactada –tan minúscula que obstruye el paso al interior— y un adentro amplio y cuidado en el que todo el mundo mira quién entra y sale. Los precios no tienen competencia, y la comida es para volver. La cocina cierra no mucho antes de medianoche, pero la gente aún se queda a tomar unas copas.

En la misma orilla pero mucho más al norte existe uno de esos cafés de barrio que aglutinan a toda la juventud visible de la zona. No es el quartier Europe una zona de mucho paso, pero también hay que tener en cuenta estos lugares escondidos en los que no queremos encontrarnos a nadie.

Un Bistrot en Ville (11 bis, rue de Moscou, VIIIème) abre su terraza calefactada en una recoleta plaza por la que parecen cruzar todas las líneas de autobús de la ciudad. A las puertas de Montmartre, puede servir como parada previa o descanso en la retirada, tras tantas cuestas y escaleras masificadas.

No tiene los mejores precios de París, pero el sitio es un éxito. Lleno de lunes a sábado y abierto hasta las dos de la mañana, la gente come quiche, merienda la tarta del día, cena risotto (según el humor del chef, textualmente) o agota botellas de vino en mesas de diez amigos que parecen comerse a la tierna parejita contigua. No es una visita obligatoria pero sí una parada preceptiva si se anda por la zona.

Por último, y para hacer esa recena a la que Plá llamaba resopó, dos propuestas:

Junto a la iglesia más bonita de París, un restaurante mítico, popular, bastante mediocre y venerable a su manera. En Au Pied de Cochon (6, rue Coquillière, Ième) uno probó los caracoles de Borgoña y vio por vez primera a dos negras comiendo ostras con la soltura de un andaluz que vacía su catavinos. También es cierto que entonces yo cenaba con una mejicana divertidísima y que siempre fue un pecado muy español el de viajar a los hijos sólo al sur y al oeste.

El santuario en cuestión es inmenso, no cierra en toda la noche y siempre está lleno. Para la cena de antes del desayuno –que es la que nos ocupa— hay incluso varios menús. Comida francesa clásica que tarda en llegar a la mesa, servicio accidentado, mezcla de todo y mucho bullicio son los ingredientes. Su mayor inconveniente, no saber hacer un dry-martini.

Menos probado por quien esto firma está Le Pub Saint-Germain (17, rue de l’Ancienne Comédie, VIème), un gran café-bar-restaurante de emergencia que abre, oficialmente, las veinticuatro horas. En realidad cierran cuando les viene en gana o el inmenso local está bajo de clientela, lo que no suele ocurrir hasta temprano en según qué mañanas.

La decoración está muy cuidada, con aires coloniales y chinescos. Ofrece comida básica, con la calidad de cualquier cafetería de carretera (de las que en Mérida nos parecen muy decentes) y sus precios ponen más velas a Saint-Honoré que a Saint-Germain.

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