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Tribuna libre

El Parlamento europeo reacciona ante las amenazas de Turquía

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Suelo echar un vistazo en el fin de semana a la página de la radio nacional de Helsinki, para leer las noticias en latín que no puedo oír en directo el día de emisión. Aparte de una vieja afición lingüística, me ayudan a descubrir temas o a confirmar la importancia de otros.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Así me ha sucedido respecto del conflicto de Turquía con Europa. El autor de Nuntii Latini titula así: Rixa Turco-Hollandica, una pelea –describe- que vehementissima orta est. Ciertamente, el veto a la entrada en el país del ministro de exteriores, que se proponía impulsar entre los inmigrantes la campaña del referéndum turco del próximo 16 de abril a favor de Recep Tayyip Erdogan, ha provocado una reacción contundente: Aditu prohibitus tanta ira incensus est, ut Hollandiam domicilium fascistarum appellaret.

Más fuerte aún fue quizá el insulto a Angela Merkel, tachada de nazi, por haber impuesto una prohibición semejante en Alemania, donde la presencia turca es más fuerte que en los Países Bajos.

Esas reacciones desmesuradas reflejan nerviosismo, porque las encuestas prevén demasiados votos contra la reforma constitucional, que daría al traste con planteamientos esenciales de la Turquía moderna, diseñados por su fundador Kemal Atartürk. No parece que el plebiscito vaya a ser un paseo militar, y puede provocar nuevas tensiones sociales, junto con las derivadas del independentismo turco.

En todo caso, el conflicto afecta muy negativamente a las relaciones de Turquía con la Unión Europea: la crisis diplomática supondrá un enfriamiento de las negociaciones de adhesión y, si se confirma la deriva totalitaria turca, tal vez un parón definitivo. Aunque las relaciones con Turquía serán debatidas en la sesión plenaria de abril en Estrasburgo, el presidente del Parlamento europeo afirmó rotundamente: "Es inaceptable que el presidente Erdogan evoque el nazismo para calificar a Estados miembros democrático. Con este tipo de comentarios, ofende a todos los europeos”.

Según la información distribuida por la propia Eurocámara, Turquía es candidato a la adhesión a la Unión Europea desde 1999. Pero el Parlamento Europeo ha recomendado recientemente la congelación de las negociaciones, a raíz de las “medidas represivas desproporcionadas” adoptadas como respuesta al fallido golpe de estado del pasado julio. Ponente de la resolución fue una eurodiputada holandesa socialista, Kati Piri. Confía en el carácter temporal de esa decisión, pero la pelota está ahora en el tejado turco.

En uno de los últimos debates del pleno en marzo, Guy Verhofstadt, líder de Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa, acusó al presidente Erdogan de cínico: abogaba por la libertad de expresión fuera de sus fronteras, mientras un buen número de periodistas seguían encarcelados en su país: “hay que congelar las negociaciones de adhesión ya; es lo único que podemos hacer en este momento”.

Los eurodiputados venían mostrando su inquietud sobre los derechos humanos en Turquía. Una delegación de la comisión de asuntos exteriores viajó allí en agosto para evaluar mejor la situación. A juicio del presidente de esta comisión, “incluso antes del golpe, no era de recibo la evolución en el campo de la libertad de opinión, y alejaba a este país de la Unión Europea”.

Antes de los insultos, Erdogan había amenazado ya a la UE con ignorar el acuerdo sobre acogida de refugiados que se firmó hace ahora un año. A cambio de ostensibles ventajas económicas, ha reducido significativamente el número de los que llegan a Grecia –camino del norte de Europa- desde la propia Turquía, quizá en estos momentos el país del mundo con más refugiados.

En mítines multitudinarios Erdogan ha seguido jugando la carta del orgullo nacional frente al supuesto sentimiento antiturco de los dirigentes europeos. Busca el voto favorable en las urnas. Lo grave es que puede salirle bien, porque el partido republicano del pueblo –la oposición “laica”- comparte esas denuncias contra Europa. Pero, aparte de tergiversaciones y alarmismos electoralistas, bastaría el anunciado restablecimiento de la pena de muerte para alejar a Turquía de la UE, a pesar de las relaciones comerciales mutuas.

Pero descenderá radicalmente el turismo, tras las tremendas declaraciones antieuropeas de Erdogan: "Si continuáis comportándoos así, ningún europeo, ningún occidental, podrá el día de mañana, en ningún sitio del mundo salir a las calles con seguridad y paz”. Desde luego, como para no pisar Turquía.

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