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Tribuna libre

¿Partidos políticos o sectas?

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Qué ilusos fueron Montesquieu, Voltaire y Rousseau cuando sostuvieron con ingenuo conocimiento de causa que el disenso fomenta el avance de las artes, de las ciencias y de la participación política.

El hieratismo de terracota de los guerreros que velan armas en el Mausoleo del Primer Emperador Qin nada tiene que envidiar a la actitud reverenciadora y ditirámbica que muestran hacia su líder los cortesanos tragasables que le siguen en el escalafón de los diferentes partidos políticos-cortijo. ¡Joder qué tropa! –exclamó Rajoy.

Ni se imagina Alfonso Guerra hasta qué extremo iba a mantener su vigencia en el tiempo su célebre frase según la cual «El que se mueve no sale en la foto», pues ya se sabe lo que le aguarda al disidente que se atreva a discrepar o simplemente a opinar de manera diferente al jefe de la manada, crisol de la infalibilidad: la condena por felonía, el garrote y la expulsión a las tinieblas exteriores. Por fortuna para la integridad física de los susodichos, las más de las veces es tal el grado de identificación de la borregada con el pastor del rebaño, que más apropiado que hablar de simple militancia habría que hablar de ósmosis.

El macho cabrío adorado en Le sabbat des sorcières de Goya bien pudiera ser la imagen metafórica de las reuniones de tupperware que acostumbran a celebrar Sociatas y Peperos, aquelarres barojianos donde los comparecientes, sentados todos de perfil, rivalizan a la hora de aventar el incienso del botafumeiro, al grito pagano de Gloria in Excelsis Pepe-Luis o Mariano, laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te.

¿El mundo del siglo veintiuno? Más bien me atrevería a dar por hecho que hemos involucionado a la Edad Media, la misma en la que los vasallos solían arrodillarse y realizar la inmixtio manum durante el homenaje a su señor.

En esta Era de pensamiento único inequívoco, pocos políticos (y en no menor medida periodistas) se atreven a salirse del guión, siendo como son mayoría quienes renuncian voluntariamente a la libertad de pensamiento, estadio previo a la libertad de expresión, conscientes de que es el primer escalón para hacer carrera.

Claro que en este país nuestro tan esperpénticamente valleinclanesco, somos tan tremendistas, que lo mismo todos callamos por no pecar, que acabamos tirándonos de los pelos del moño. No hay punto medio. En la Génova de Rajoy, pongamos por caso (que Martín Ferrán compara con la Casa de Tócame Roque), o se quedan cortos, o se pasan de frenada. Rara vez se limitan a debatir hasta el extremo civilizado del acaloramiento dialéctico sin recurrir a los exabruptos desaforados y a las peleas descarnadas que derivan en luchas impúdicas y obscenas por el poder. Tan contraproducente es hacer por sistema la colada en casa, según la doméstica recomendación de Cospedal, como sacar la ropa de la lavadora antes del centrifugado. Ni ¡Sí, Bwana! Ni ¡Tu madre más!

No digo yo -¡Dios me libre!- que los partidos políticos necesitarían una terapia al estilo One Flew Over the Cuckoo’s Nest, el manicomio de Jack Nicholson donde a los cuerdos que se salían del orden establecido e infringían las normas de disciplina se les castigaba con sesiones de electro-shock o incluso se les practicaba una lobotomía (…) Pero casi, pues escasearían las camisas de fuerza ante la falta de costumbre a decir lo primero que a cualquier menda se le pasa por la cabeza.

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