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Paz en el mundo: el monoteísmo cristiano contra la violencia

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Para analizar los acontecimientos internacionales, es preciso superar simplificaciones, como se comprueba en Siria y en el Líbano, aunque demasiados cristianos están sufriendo por sus creencias.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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            Dentro de la Comisión Teológica Internacional se ha investigado durante los últimos cinco años sobre un tema que algunos siguen aduciendo, a pesar de la abundancia de textos doctrinales y de gestos en la línea del decálogo de Asís, promovido por Juan Pablo II hace casi treinta años: la afirmación teológica del monoteísmo no tiene por qué ser raíz de conflictos humanos.

            La CTI publica ahora un documento titulado “Dios Trinidad, unidad de los hombres. El monoteísmo cristiano contra la violencia”. Se puede consultar en el fascículo 3296 de La Civiltà Cattolica (de 18 de enero), que tradicionalmente publica la versión italiana de los estudios de la Comisión, y en las páginas en Internet de la revista y del Vaticano; en la Web de la CTI se incluye sólo la presentación en castellano y se anuncia la próxima aparición de la versión íntegra en la BAC.

            La actualidad del tema se avalora por la publicación de un estudio del instituto estadounidense Pew: concluye que el número de conflictos religiosos aumentó en 2012 en todas las regiones del mundo, con excepción de las Américas. Se habría llegado a la escala más alta de los últimos seis años: un tercio de 198 países analizados ofrece un nivel de conflictividad religiosa “alto” o “muy alto”.

            Lógicamente, la CTI no ha elaborado un documento de estrategia o política mundial, como los publicados periódicamente por tantas instituciones. Se inscribe en el plano de su tarea teológica. Y arroja luz sobre un problema muchas veces citado en la información general. Basta pensar en conflictos actuales como el de República Centroafricana, o la violencia que azota varios Estados de Nigeria.

            En la presentación, los autores resumen el propósito de su discurso en “una doble pregunta: (a) ¿de qué manera la teología católica puede confrontarse críticamente con la opinión cultural y política que establece una relación intrínseca entre monoteísmo y violencia? (b) ¿de qué manera la pureza religiosa de la fe en el único Dios puede ser reconocida como principio y fuente del amor entre los hombres?”

            Cuando se investiga sobre estas cuestiones con honradez resulta inevitable emplear la hoy famosa “parresia”, no siempre sinónimo de audacia y libertad, pero camino de franqueza y autocrítica. A lo largo de la historia, aunque no todas fueran “guerras de religión”, reyes y príncipes utilizaron ampliamente motivaciones o excusas religiosas en sus peleas; el propio Estado papal tenía sus huestes, y hacía y rompía alianzas.

            En la difusión inicial del cristianismo, los creyentes sufrieron en su carne la violencia, hasta entregar la vida por la fe. El contraste es decisivo respecto de los comienzos de otras religiones: se puede releer la vida de Mahoma, y recordar las guerras internas tras su muerte, que en parte se reiteran ahora en naciones del norte de África o de Oriente. El documento de la CTI no quiere en modo alguno entrar en confrontaciones apologéticas, pero se refiere sin ambages a “la instigación a la violencia” como “máxima corrupción de la religión”.

            De otra parte, rechaza mensajes provenientes del ateísmo humanista, del agnosticismo religioso o del laicismo político. Aparte de otras consideraciones, formula una clara “reserva crítica frente a una simplificación cultural que reduce la posibilidad de elección a la alternativa entre un monoteísmo violento y un politeísmo presuntamente tolerante”.

            Ciertamente, “la revelación cristiana purifica la religión, desde el mismo momento en el que le devuelve su significado fundamental para la experiencia humana del sentido”. De ahí la importancia de unir la reflexión sobre contenido teológico y desarrollo histórico de la revelación sobre Dios.

            Para analizar los acontecimientos internacionales, es preciso superar simplificaciones, como se comprueba en Siria y en el Líbano, aunque demasiados cristianos están sufriendo por sus creencias, tras la falsa acusación de apoyar un statu quo favorable a la libertad religiosa. Más problemático resulta el futuro de Egipto, sobre todo, tras la inscripción de los Hermanos Musulmanes en el elenco de organizaciones terroristas. Túnez parece haber optado por la libertad de las conciencias. En el conflicto Israel-Palestina, las creencias personales están cada vez más en segundo plano. Como, en otro orden, la guerra de Sudán del sur surge de problemas políticos, no étnicos. En Nigeria, líderes cristianos y musulmanes coincidían el pasado agosto en afirmar ante los brutales atentados de Boko Haram: “Los verdaderos creyentes trabajan por la paz”. En fin, hasta el ayatolá iraquí al-Sistani reconocía el día 9 que “la violencia contra los cristianos son una amenaza para todo el país”.

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