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Pequeña Gran Bretaña

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Los gobiernos de la UE felicitaron a David Cameron por su victoria en las urnas el pasado 7 de mayo, pero la gran mayoría de ellos, con independencia de su color político, hubieran preferido que el vencedor fuera el laborista Ed Miliband.


Un artículo de...

Antonio Rubio
Antonio Rubio

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No podía serlo porque este líder político desarrolló una campaña demasiado “izquierdista” al tratar de denunciar el “conservadurismo compasivo” de Cameron y quizás imaginó que el electorado le pasaría factura al primer ministro por los recortes del inicio de su mandato, aunque la situación económica haya mejorado. Mas llegó la mayoría absoluta conservadora y con ella la obligación de cumplir la promesa de un referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña en la UE antes de 2017.

Bruselas no es muy amiga de los estatus especiales para los países miembros, aunque la historia de la integración europea está llena de tratados y protocolos que consagran situaciones especiales para algunos socios del club. Cameron espera apuntarse alguna ventaja al respecto con negociaciones previas que permitan vender a los electores que la soberanía de Gran Bretaña no solo no va a menos sino que incluso puede recuperar el terreno perdido en muchos ámbitos. Salvo algunas personalidades minoritarias, la gran mayoría de los políticos británicos ven a la UE exclusivamente como una gran área de libre comercio. No creen en la integración europea, ni en la moneda única ni en todas las teorías de Jean Monnet sobre el funcionalismo. Tony Blair, el más europeísta de todos los gobernantes británicos, solía hablar de la Unión como un pool de soberanías compartidas. Hoy en día esta expresión levantaría indignación entre la mayoría de los ciudadanos, más dispuestos hoy, que en 1988, a suscribir la cruzada de Margaret Thatcher contra los burócratas de Bruselas en su antológico discurso en Brujas. Este tipo de discursos gustan al electorado, crean o no en las habituales teorías conspirativas de un poder sin rostro que gobierna Europa, y es algo que Cameron habrá de tener en cuenta en su búsqueda de un acuerdo que le permita ir de europeísta en Bruselas y de nacionalista en Londres.

En un reciente libro, Who governs Britain?, Anthony King, un veterano profesor de la universidad de Essex, denuncia que la clase política británica no es consciente, o no quiere serlo, de que el mundo ha cambiado y de que los gobiernos están condicionados por las fuerzas globales del mercado, las organizaciones internacionales y las supranacionales, sin olvidar las preocupaciones puntuales de los votantes. Se quiera o no, la soberanía en las democracias liberales está experimentado limitaciones a estas alturas del siglo XXI y la tendencia irá en auge. Gran Bretaña quiere seguir siendo grande, pero la pérdida de soberanía la hace más pequeña, y a esto se unen los efectos de la reforma de Blair con la descentralización de las entidades territoriales. Hasta no hace mucho tiempo solía identificarse a Gran Bretaña con Inglaterra, una identificación similar a la de la URSS con Rusia. El problema es que los ingleses, al ver las competencias asumidas por escoceses, galeses y norirlandeses, pueden empezar a querer también su parte de la tarta. No es extraño que los argumentos contra esa división percibida en el Reino Unido, al menos en las mentes de la población, no sean tanto los de la exaltación de una historia común sino los del pragmatismo de seguir juntos por intereses compartidos.

Ed Miliband dijo en la campaña electoral que Gran Bretaña había ido perdiendo peso en el mundo con el gobierno de Cameron. En caso de ser elegido, prometía dar la vuelta a esta tendencia. Pero es dudoso que pudiera modificar la situación. No es es algo exclusivo de Gran Bretaña sino las consecuencias de una diplomacia pospolítica o posmoderna. La política exterior de nuestros días en Europa no apela a los grandes sentimientos nacionales ni a las hazañas del pasado. Antes bien, se centra casi exclusivamente en tres aspectos: el soft power, el comercio exterior y la ayuda al desarrollo. Se entiende así que la política europea de seguridad y defensa esté en sus horas más bajas. Por lo demás, la participación en los conflictos de Afganistán e Irak, con toda su carga de frustración y que podría hacerse extensiva a la intervención en Libia, ha sembrado el escepticismo y la desconfianza en la opinión pública. Los parlamentarios británicos, que no son diferentes de los de otras democracias occidentales, no autorizaron una operación militar en Siria en septiembre de 2013 porque saben muy bien el lado del que sopla el viento.

A Gran Bretaña le está pasando lo mismo que a otros países de su entorno geográfico europeo y de la propia angloesfera. Su distinción entre la política exterior y las relaciones económicas exteriores es cada vez más difusa. Es, sin duda, uno de las consecuencias de la globalización. Queda atrás el tiempo en que Blair denunciaba la mentalidad de querer hacer del Reino Unido una especie de Hong Kong europeo. Antes bien, apostaba por una mayor participación de Londres en la UE. Todo esto queda muy atrás en un momento en que crece el euroescepticismo en todas las formaciones políticas de las Islas y parece debilitarse la relación especial con EEUU, aunque sería injusto achacar toda la responsabilidad de esto último a los británicos. Gran Bretaña alcanza a ponerse de puntillas con sus profesiones de fe soberanistas, aunque no le servirán para reivindicar un estatus de potencia global.

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