Viernes 20/10/2017. Actualizado 14:06h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

Periodistas pobres, pobres periodistas

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

la nuestra, como la de albañil, es hoy una profesión de riesgo, de convertirse en víctima de alguna de las incontables oleadas de despidos que asolan el panorama

Carne trémula de cañón. El periodismo es un oficio con un pasado presuntamente glorioso, un presente desolador y un futuro desconcertantemente incierto. ¡Joder qué optimista!

Los periodistas no están expuestos a radiaciones ionizantes, excepción hecha de los plumillas sadomasoquistas que cubren la sesión de control de los miércoles en el Congreso. Pero la nuestra, como la de albañil, es hoy una profesión de riesgo, no tanto por el peligro que entraña su ejercicio para la integridad física y mental, sino por la altísima probabilidad de acabar a los pies del andamio, camino del INEM, víctima de alguna de las incontables oleadas de despidos que están arramblando con las vigas maestras carcomidas de un edificio en estado de derribo.

Consuela pensar que años atrás la cosa no pintaba mejor, pero hemos vivido para contarlo, aunque ahora nos dediquemos a la cría del gusano de seda. En la finiquitada Antena 3 de Radio, pongamos por caso, donde muchos balbuceamos por primera vez ante un micrófono, Manolo Martín Ferrand (sin perjuicio de las muchas virtudes reconocidas hasta por sus enemigos), era más roñoso con los empleados que el personaje de Harpagón que Molière copió a Plauto. Cuando nos entregaba el sobre con la nómina, remiraba y palpaba la peseta hasta por los bordes, no fuera a ser que se hubiese pegado con otra.

Pero lo de ahora pinta aún peor, pues está el periodismo que da asco verlo. Pasa como en el ejército de Pancho Villa: que todo son o bien jefes o bien indios, es decir, o políticos de tapadillo que van de empresarios editorialistas divinos de la muerte, o becarios con acné que no saben hacer la “o” con un canuto, porque se lo han fumado. Hay días que el vestíbulo de la Complutense coloca.

De manera que son muy contados quienes parten y se reparten el bacalao, más allá de los Pedrojotas, los Cebrianes, los Roures, los Berlusconis, los Planetas, los Vocentos, los Godós y los Lucatenas, aunque se pasen la vida llorando sus penas a Moncloa, como Roger Federer le llora a Rafa Nadal, para que la Vice, antes de jubilarse, les regale un Plan Prever como fiesta de despedida de soltera. Mientras, el resto de la tropa de a pie tiene que hacer funambulismo para estirar como un chicle su salario de subsistencia. Y bien sabe un indigente de la información que difícilmente con la barriga vacía se puede hacer periodismo gastronómico.

Poco crédito tienen las empresas de comunicación que con la boquita de piñón imparten lecciones magistrales acerca de la ética nicomáquea aristotélica que debe presidir cualquier reforma inaplazable del mercado laboral, y que con la boca pequeña y por la puerta de atrás dispensan a sus trabajadores peor trato que a los perros en China.

Vienen a ser como los rábanos, tal cual en cierta ocasión comparó Bilardo a Menotti, por ser rojos por fuera y blancos por dentro, o sea, por pensar una cosa y pregonar la contraria, por jactarse de ser defensores de los derechos de los trabajadores y explotadores confesos de los propios, como la rosa de Alejandría, que luce colorada de noche y blanca de día.

Casi todos los periódicos, radios y televisiones (incluida la pública del IMSERSO oliartiano), se han inventado un impuesto revolucionario: ahora, en lugar de hacerle un contrato basura en prácticas a los recién licenciados, les hacen pasar antes por el aro de tener que cursar un máster impartido por el medio en cuestión, como única vía de acceso a la pomada, lo que viene a ser lo mismo que pasarlos a todos por la piedra pómez y afeitarlos como se rasuraba Tarzán; de manera que no sólo no les pagan, sino que además les cobran por hacerles el favor de tenerlos recogiditos un par de años, al término de los cuales se los devuelven a sus padres para que ocupe su lugar el siguiente pringao.

Entre todos la mataron y ella sola se murió: Internet, esta crisis de los cojones que nos lleva a mal traer, la recesión del mercado publicitario, las fusiones en frío contra natura entre enemigos… Y una Universidad a años luz del periodismo que debiera estar al cabo de la calle, donde abundan los profesores que no tienen ni repajolera idea de su magister, pero que atiborran a sus alumnos con toneladas de referencias epistemológicas e historiográficas de otros mendas que como ellos tampoco saben de qué va la vaina pero que viven del cuento de las citas estúpidas a pie de página.

Sí, ya sé que exagero y que cualquier generalización entraña injusticia, motivo por el cual pido disculpas de antemano. Pero lo hago sin maledicencia, sin señalar a nadie con el dedo erecto, premeditadamente y sin alevosía, porque es la única manera de hacer señales de humo y que algún barco corsario las vea.

Facultad de Ciencias de la Información: ponga usted un parado en su vida. El periodismo, como el lince ibérico, es un animal en peligro de extinción. Descanse en paz. O lo enterramos de por vida, o lo refundamos. Menos mal que una vez cada cincuenta años nos redime a todos de la depresión una Venus tan esplendorosa como Pilar Rubio. ¿Alguien tiene su teléfono?

·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·
·Publicidad·