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Perú

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Un país –cualquiera- se conoce bien cuando se conduce en él o se recorre despacio. También, cuando se tiene la oportunidad de hacerlo en compañía de sus ciudadanos. O escapándose de los cauces turísticos formales, queriendo indagar con curiosidad de sabueso, percibiendo olores y sabores. Para todo lo demás bastan los canales temáticos y un buen televisor de última generación.


Un artículo de...

Javier Junceda
Javier Junceda

Jurista

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Los sellos de entrada más numerosos en mi pasaporte son los del Perú. Hacia la tierra de los Incas he viajado con frecuencia y de esas visitas me he traído, en cada ocasión, más y mejores experiencias. Las doce horas de vuelo que separan Madrid de Lima se convierten en un suspiro solo de pensar en poder transitar por ese apasionante hervidero humano de las ciudades peruanas; degustar su cebiche, sus papas a la Huancaína, su chita a la sal; saborear un pisco sour, un cóctel de algarrobina o una Inca Kola helada; o simplemente de escuchar en una terraza de Barranco, al atardecer, los acordes de un charango interpretando a Chabuca mientras das cuenta de unos tragos de chicha morada bien fría.

En Perú he descubierto, además, otras muchas cosas más. Para empezar, el ansia de conocimiento que tienen, tan alejado de ese desdén postmoderno de la vieja Europa, enferma de un bienestar asegurado por ley pero no por la realidad de las cosas. He tenido la fortuna de intervenir allá en diversos foros universitarios, en distintos lugares, y en todos ellos solamente he visto gradas repletas de ojos abiertos de par en par, sin pestañear. Esponjas en forma humana, búhos rebañando cada cosa que se enseñaba. Una sociedad así resulta sencillamente imparable, y el Perú lo será más temprano que tarde porque tienen claro que en la formación está el futuro de cualquier nación.

Algunos de mis amigos más entrañables son peruanos. No hay diferencia horaria en esa relación, ni distancia capaz de enfriarla. Cada novedad familiar o personal la comparto habitualmente con ellos, como hacen desde aquella orilla conmigo. No hay acentos, formas de ser o de pensar que dificulten ese contacto, porque entre españoles y peruanos no hay más que una fraternidad con raíces bien profundas, algo que hace pocos años pobló las calles de la península ibérica de trujillanos y hoy lo hace con madrileños en Lima.

Escribo todo esto al hilo de la enésima calamidad natural que sufre el Perú, y en pequeño homenaje a esa patria gloriosa y generosa. Pronto se repondrán, como han sabido hacer una y otra vez. Son estoicos y vienen de épocas duras de las que han salido airosos. Esta no será una excepción.

Su sabia determinación, su confianza en el futuro, su inteligente y duradera estabilidad nacional y sobre todo la enorme calidad que atesoran sus gentes, hará que el querido Perú se vuelva a levantar y retome la senda de esplendor que nunca podrá perder porque siempre ha triunfado.


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