Miércoles 13/12/2017. Actualizado 13:45h

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Tribuna libre

Políticos con fecha de caducidad

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Algunos, como si ahora lo descubrieran con sorpresa, miran con desdén que su producto político de carambola, o de saldo, o idealizado tiempo atrás, tiene ahora fecha de caducidad.

Algunos, como si ahora lo descubrieran con sorpresa, miran con desdén que su producto político de carambola, o de saldo, o idealizado tiempo atrás, tiene ahora fecha de caducidad. Desgraciadamente vienen las prisas, competiciones a codazos, con “zancadillas”, vanidades y descalificaciones incluidas.

¡Un poco de calma y vamos a razonar por favor! Consideremos que la vida en sociedad es un bien positivo, en ella es preciso orden, autoridad, respeto a las leyes justas. Un Estado de derecho es básico para un adecuado desarrollo humano, en eso estaremos de acuerdo; también en que entre gobernantes y ciudadanos debe existir un mutuo respeto. ¿No les parece a ustedes que, de manera especial, quien ejerza o pretenda ejercer la autoridad ha de reverenciar a las demás personas a las que tiene obligación de servir?

Pero, por desgracia, hay demasiados políticos que se perfeccionan en el arte de manejar a la gente sólo con el fin de mantenerse en su cargo. En ese momento, anulan el respeto debido que han de tener hacia los demás, aparece un cinismo tan corrosivo que degrada la sociedad.

Pensando en contiendas electorales próximas, pongámonos de acuerdo sobre los derechos del hombre y el modo de tratarlos, de lo contrario nos estaremos toda la vida peleando sobre quién ha de mandar en nuestro país, en vez de hablar y fijar cuánto poder real ha de ejercer. Además de poner los medios para que nunca convierta el terreno de sus responsabilidades en su cortijo particular.

Por otra parte, qué gran error es no reconocer que un hombre o una mujer son “algo más” que un ciudadano. Pablo Picasso era un ciudadano, pero ésta no era su mayor grandeza o su mayor utilidad para sus contemporáneos y los que hemos venido después. Pablo Picasso ha sido y será, ante todo, un artista. Pues cada persona tiene también una particularidad especialísima, por muy pobre y desconocida que sea. Así, la vitalidad de una democracia va de la sociedad hacia el Estado, no al revés. No puede existir un verdadero orden político sin un hecho social, por eso es tan importante la formación de las personas y las relaciones de calidad entre ellas. Además, lo procedimental no basta: instalar urnas no es la panacea ni la varita mágica que todo lo soluciona.

Los ciudadanos han de poder “estudiar” a los candidatos a cualquier cargo político representativo. (Aquí los medios de comunicación tienen mucho que mejorar). Saber cómo son como personas, ponderando bien sus acciones y sus palabras, sin dejarnos deslumbrar por la retórica de los focos publicitarios, ni por la campaña de imagen torticera de algunos políticos. También será oportuno motivar un clima adecuado para que la opinión pública marque con firmeza los límites de lo justo y de lo injusto, de lo que se puede o no se puede tolerar. Y, sólo entonces, delegar en quien deba ejercer la autoridad a nivel local, autonómico o estatal.

A ver si nos enteramos todos de que elegir a los gobernantes no es la única manera de cumplir con la democracia. Opino que es tanto o más importante todavía el hecho de cooperar efectivamente a la formación de una sabia opinión pública.

Y en esta batalla por el progreso personal y colectivo vuelvo a recomendarles el libro “Factor confianza”, de Stephen M. R. Covey (sí, sí, hijo del escritor del famoso best-seller de auto ayuda “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”). Pues es esa confianza la que nutre una verdadera innovación, un trabajo en equipo de calidad y gratificante, un honrado liderazgo, un verdadero “ganar-ganar” en lo personal, en lo político, en lo profesional, en lo económico…

Ahora que se acercan campañas electorales diversas y larguísimas, vale la pena que tengamos muy presente que: la única manera de tener unos buenos gobernantes es lograr una buena sociedad, hombres y mujeres de una pieza, que puedan pensar muy diferente a nosotros, pero con los que se pueda hablar cara a cara y sin agendas ocultas.

No es ingenuidad, amigos, es intentar poner el orden natural de las cosas como referencia para todos. Es cierto que no basta la determinación por hacer las cosas bien, pues va a ser preciso habilidad, estudio, esfuerzo, paciencia, entrenamiento, comprensión… Todo eso marchará de maravilla si ninguno tiramos la toalla y nos implicamos en “la cosa pública”, al servicio de todos, según nuestras posibilidades.

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