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Tribuna libre

Posibles incidencias en occidente de la crisis económica de China

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A finales de junio, el primer ministro de China, Li Keqiang, envió una señal positiva para los negociadores de la Conferencia de París sobre cambio climático.


Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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El Estado más contaminador del planeta se comprometía a limitar las emisiones de gases con efecto invernadero en torno a 2030 y a reducir drásticamente –hasta un 65%  el consumo de carbón.

La razón del posible cambio se debe, no al contexto internacional, sino al crecimiento de la inquietud de la propia población ante el aire irrespirable de las grandes ciudades, especialmente en la mitad norte del país. El mundo lo advirtió en vísperas de los Juegos Olímpicos de Pekín, pero para las ciudadanos chinos es una de las primeras preocupaciones cotidianas; y se resisten a admitir la pasividad de sus autoridades con más intensidad quizá que en el ámbito de las libertades públicas.

Tal vez, se trata de una maniobra más de los dirigentes de Pekín, en intento de sacar partido político al contexto actual de la desaceleración del crecimiento económico. Pero China conoce un aumento importante de su parque de centrales nucleares, aunque apenas haya invertido en materia de energías renovables.

Otro indicador de ese menor crecimiento se refleja en la bajada de las Bolsas. Parece haber sorprendido al gobierno de Pekín, como si no acabase de aceptar el funcionamiento del mercado. Ante el desmoronamiento de la burbuja bursátil en Shanghai y en Shenzhen, adoptó medidas intervencionistas bastante radicales: suspendió la cotización de más de la mitad de las grandes empresas; indicó a los inversores públicos que apoyasen el mercado, para asegurar la liquidez, comprando prioritariamente valores de pimes; el banco central bajó los intereses; y se lanzó a la opinión pública la puesta en marcha de investigaciones sobre posibles delitos económico-bursátiles...

Por paradoja, esas decisiones confirmaron a los inversores que la situación era más grave de lo que pensaban: lógicamente, el efecto fue un incremento de las ventas, con el consiguiente descenso de los índices, frente a la euforia de épocas precedentes. El principal índice de la bolsa de Shanghai indicó una pérdida de su valor del 30%  respecto del máximo de junio  en unos pocos días de julio. En menos de un mes, la capitalización se ha reducido en más de 3.000 millones de dólares, aunque la situación parece estabilizada.

Pasado el pánico, los expertos tienden a relativizar el impacto de la crisis bursátil en el conjunto de la economía china, así como en las finanzas mundiales, donde es notoria la presencia de capitales chinos. El corresponsal de Le Monde en Pekín aducía la opinión de Olivier Blanchard, director de investigación económica en el FMI: la desaceleración económica depende sobre todo de la disminución de la inversión inmobiliaria.

No lo tiene fácil el gobierno de Pekín, porque –a diferencia de Europa o Estados Unidos  son escasos los inversores institucionales, privados o públicos. En las Bolsas prevalece la presencia de millones de pequeños accionistas, alentados por las propias autoridades, como si se tratase de un deber patriótico. Todo un contraste con las inversiones en el resto del mundo, que pueden afectar ahora a las bolsas de Japón y de la India y quizá a las europeas.

Ante la situación, muchos –evocan los abusos de Estados Unidos en 2007  temen que el gobierno establezca más reglas, requisitos y prohibiciones, no sólo en las Bolsas, sino en la vida económica en general. Podría tener el efecto no deseado de paralizar la liberalización, con el efecto subsiguiente de reducir el consumo, que venía siendo motor de crecimiento. Desde luego, el poder adquisitivo de la clase media –en gran medida se siente engañada  se reducirá por las pérdidas del mercado de valores.

En cualquier caso, Pekín no está dispuesto a aflojar en mecanismos de control ciudadano. En otros lugares del mundo se han promulgado nuevas normas de seguridad, más restrictivas, teóricamente justificadas en la lucha contra el terrorismo. No es propiamente el caso de la reforma legal de China: la ley de seguridad nacional, aprobado el día primero de julio, abarca todos los sectores de la vida, desde Internet a la seguridad en la comercialización de alimentos, sin excluir hasta facetas relativas a la exploración del espacio. Los legisladores dicen hacer frente a “amenazas crecientes”, pero todo indica que, en realidad, desean reforzar el control de la sociedad. Pekín no suelta las riendas, tampoco en el plano económico, con la consiguiente disminución de la libertad de los mercados.

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