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Tribuna libre

Puntos ciegos en la dirección deportiva

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Dos jóvenes que en su condición de entrenadores de éxito debieran mostrarse como ejemplo de comportamiento, se nos ofrecían una y otra vez como actores endiosados de una tragedia griega.

Fernando[1] -seleccionador nacional de renombre- con mirada entre paciente y curiosa contemplaba la escena. En ella, y en apasionada discusión, se mostraban estilos y ambiciones distintas de dos de los entrenadores de club con más renombre del firmamento futbolístico actual.

El tono crispado de uno, como manifestación de una asertividad falsamente alimentada, contrastaba con la pose y el desaliño largamente estudiado del otro.

En su sabiduría meditaba y se preguntaba:¿Cómo habremos llegado a esta situación?

Dos jóvenes que en su condición de entrenadores de éxito debieran mostrarse como ejemplo de comportamiento, se nos ofrecían una y otra vez como actores endiosados de una tragedia griega.

Como persona reflexiva que era, y en un intento de encontrar luz en la zozobra emocional en la que se encontraba sumido -consecuencia de la propuesta de diálogo de sus dos colegas- decidió, con mirada retrospectiva, realizar un análisis detallado de su trayectoria personal. La duda le inquietaba: ¿En alguna ocasión pude haberme empleado de forma similar?

Pero hete aquí, que en lugar de realizarlo valiéndose de una secuencia de naturaleza temporal, había optado por otra alternativa muy distinta: comparar unos conceptos de reciente asimilación extraídos de La práctica de la Inteligencia Emocional, de Daniel Goleman -libro regalado por su hermano-, con las estrofas finales del verso de Don Pedro Calderón de la Barca que versando sobre la milicia, parecían guardar cierta similitud con los valores que él estimaba debieran estar presentes en toda contienda deportiva.

Le parecía que, en la conjunción de ambos universos, sus inquietudes encontrarían respuesta. Comenzó por leer –y meditar- unas notas al respecto que había elaborado meses atrás.

Conceptos de reciente adquisición: Puntos ciegos[2]

En cualquier empresa, club o institución, cuando un directivo, entrenador, jefe o similar, se encuentra aquejado por tal tipo de ceguera emocional, los hechos más cotidianos en la vida de sus colaboradores se pueden convertir en el más ingrato de los sinsabores. Pudiendo derivarse, en función del punto ciego o lo que es lo mismo de la personalidad del jefe en cuestión, varios escenarios posibles.

Tipos más relevantes y comunes

Ambición ciega: Presente en aquel individuo que anhela vencer siempre, que compite en lugar de colaborar, que exagera sus logros siendo jactancioso y arrogante. Rara es la conversación con él que no acaba degenerando en una discusión de la cual debe salir inexcusablemente como vencedor. Estás con él o contra él.

Intromisión: Se adivina en aquel que lleva a las personas a su límite sin ningún sentido. No contempla ninguna intención oculta de entrenamiento o mejora. Le produce placer tener la potestad de hacerlo y simplemente lo hace. No delega y asfixia a los que le rodean. Implacable y cínico, es ajeno al daño emocional que pueda producir en los demás.

Sed de poder: Individuo que se muestra como explotador, que piensa en los demás como si de herramientas se tratara, válidas únicamente para ser usadas en su propio beneficio.

Preocupación por las apariencias: Quien anhela las prebendas propias del prestigio que se supone va asociado a los empleos más altos de cualquier institución. Vive atormentado por mostrar una imagen pública adecuada que no ponga en peligro su carrera.

Necesidad insaciable de reconocimiento: Persona que como adicta al triunfo y a la gloria que es, supone que debe mostrarse siempre como triunfadora. Se apropia del esfuerzo y logro ajeno. No le duelen prendas en imputar sus errores a otros. Lo fundamental para ella es la victoria.

Necesidad de parecer perfecto: Aquel individuo que le irritan todo tipo de críticas. Condena a los demás por sus errores. Le produce un vértigo insoportable admitir equivocaciones y debilidades personales.

Y aunque le parecía que había algún punto más de posible reflexión, la muestra le resultaba más que suficiente.

En su reflexión adivinaba dos grandes agrupaciones. La de directivos, jefes, entrenadores, etc., exageradamente preocupados por sus carreras, y la de los que anhelaban ser el centro de todos y de todo.

En la primera, junto a la ambición ciega, se encontrarían la sed de poder, y la preocupación por las apariencias. Serían muestras evidentes de un hacer centrado en el logro personal, ajeno a la institución y al sentir de los demás. Un cierto tono narcisista se adivinaba en la segunda, en la que se encontrarían agrupadas el resto de cegueras.

Curiosa circunstancia la que le estaba tocando vivir, más cuando mostrándose el primero como componente de la primera agrupación, encontraba réplica oportuna en el segundo como representante de la segunda.

Adivinaba, en atinada reflexión, que la figura de directivo y la de entrenador no se encontraban muy distantes en sus cegueras.

Mala compañera es la soberbia, pensó, tanto si campa a sus anchas en uno, como si permanece oculta y disimulada en el otro. Cuánta filosofía barata había en la beatificación y comparación de ambos estilos otorgándoles el calificativo de líderes. ¿Por qué se confunde dirigir con liderar? -pensaba-.

Ciertamente se encontraba preocupado, muy preocupado por lo que allí estaba ocurriendo. En su inquietud seguía intentando adivinar sus miserias (puntos ciegos).

»Según cita del libro que le había regalado su hermano todos compartimos esa tendencia a la negación, una estrategia emocionalmente cómoda que nos protege del hecho de reconocer nuestras verdades más crueles, una actitud defensiva, en suma, que puede adoptar múltiples formas: minimizar los hechos, soslayar información crucial, racionalizar y buscar “buenas excusas”, recursos, todos ellos, que cumplen con la función de distorsionar nuestra realidad emocional”.

En ocasiones, así constaba en sus apuntes, esa ceguera emocional se veía reforzada por el comportamiento de personas que rodeándonos no se atreven o no quieren encontrar la forma de decir lo que realmente piensan.

De resultar así, la institución se puede convertir en un gran baile de salón con consecuencias muy peligrosas para su eficacia y supervivencia. ¿Cómo sino podríamos calificar el ambiente propiciado por un cuerpo técnico o directivo que se empleara en el servilismo y halago continuo al jefe?

En esa ceremonia de la hipocresía y confusión, se podría gestar un caldo de cultivo según el cual cualquier opinión que pudiera interpretarse como contraria a los intereses del mismo debería ser atacada sin piedad por el resto del colectivo ávido de reconocimiento por el jefe.

Bajo ninguna circunstancia –pensó Fernando- me gustaría hacer víctima de mis miserias a los demás. Al contemplar sus posibles puntos ciegos, bajo el prisma de los versos de D. Pedro Calderón de la Barca -al cual era muy aficionado-, le parecía adivinar algunos comportamientos de necesaria revisión.

El verso en cuestión finalizaba con las siguientes estrofas...

Aquí la más principal hazaña es obedecer y el modo cómo ha de ser es ni pedir ni rehusar.

Aquí, en fin, la cortesía, el buen trato, la verdad, la firmeza, la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia, la humildad y la obediencia, fama, honor y vida son caudal de pobres soldados; que en buena o mala fortuna la milicia no es más que una religión de hombres honrados.

El contraste de ambos referentes

Así, tanto la ambición ciega, como la sed de poder, e incluso la intromisión, atentan contra la cortesía, el buen trato, el crédito, la opinión, la verdad y el deber de lealtad que se supone obligado en todo jefe, directivo, entrenador con respecto a sus técnicos y jugadores.

Cuando en el caso de la excesiva preocupación por las apariencias o la sed insaciable de reconocimiento y de parecer perfecto, ponen el centro de atención en el yo egoísta en detrimento del honor, la bizarría, y la humildad.

De “soberbia egoísta” podríamos denominar a tal cúmulo de cegueras.

De súbito la llamada de su hijo le hizo despertar de la ensoñación en la que le había sumido el debate televisivo de ambos personajes. Apagó la televisión y se fue con los suyos. Ajeno a toda soberbia, cuantos encontrarían en sus éxitos motivo suficiente. Abrazó a su hijo y se dispusieron a dar un paseo.

[1] Personaje ficticio

[2] Definición previa. Se denomina punto ciego a aquel tipo de comportamiento que es avalado por una actitud, manifiestamente mejorable, de la que el individuo no es consciente.

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