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Putin y Erdogan en San Petersburgo: la reunión de dos soledades

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La reunión entre Putin y Erdogan en San Petersburgo, celebrada el 9 de agosto de 2016, estaba prevista mucho antes de la buena sintonía creada entre los presidentes ruso y turco tras el fracaso del golpe en Turquía.

Un artículo de...

Antonio Rubio
Antonio Rubio

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Ambos mandatarios se vieron en la obligación de apoyarse mutuamente, no por simpatías ideológicas ni por defensa de una legitimidad democrática. Putin no podía pasar la oportunidad del disgusto de Erdogan ante la tibieza percibida por el mandatario turco en las reacciones iniciales de EEUU y Europa ante el golpe militar. Pero de ahí pensar que en San Petersburgo nace una nueva alianza estratégica, va un abismo. El encuentro presidencial se habría producido, de todos modos, aunque nada hubiera pasado en Turquía.

Las discrepancias continúan en el conflicto sirio, donde Moscú sigue apoyando a su aliado Asad, adversario de Erdogan, aunque un día no tan lejano fueron aliados de conveniencia. El yihadismo es enemigo de los gobiernos ruso y turco, si bien Ankara pudo alimentar un día la ilusión de que el Daesh representa un factor de estabilidad frente al secesionismo kurdo. Sin embargo, los principales motivos del acercamiento ruso-turco son de índole económica: la economía rusa, debilitada por la caída de los precios del crudo, encontrará en la construcción del gasoducto Turkish Stream o de la primera central nuclear turca una oportunidad de negocio. La reanudación de relaciones favorecerá además a la agricultura, el turismo y la industria de la construcción turcas. Atrás queda el llamamiento de Erdogan a la OTAN para impedir que el Mar Negro se convierta en un “lago ruso” o la “resurrección” en los medios turcos de la historia de las malas relaciones históricas entre Rusia y el imperio otomano, sin olvidar la crónica de las tensiones de la guerra fría.

Pero si lo analizamos despacio, el encuentro entre Erdogan y Putin no deja de ser la reunión de dos soledades. Hace pocos años, el ex consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca, Zbigniew Brzezinski, defendía la necesidad de integrar en Occidente a Rusia y Turquía. Tal debía de ser la prioridad de Washington en los inicios del siglo XXI, pero luego llegó el conflicto de Ucrania, con la consiguiente política de contención de Rusia por parte de la OTAN, y la deriva de un Erdogan en política interior y exterior hasta el punto de que en EEUU no pocos se preguntaran si habían perdido a Turquía. Hoy el consejo de Brzezinski parece más errado que nunca, aunque, en realidad, tenía más de voluntarismo que de posibilidad real. Si atendemos a la Historia, Rusia y Turquía nunca alcanzaron una integración plena en Occidente. Ni siquiera es seguro que la alcanzaran si sus sistemas políticos se ajustaran plenamente a los estándares occidentales. Para empezar, una buena parte de la opinión pública europea piensa que ninguno de los dos países pertenece a Europa. Hay políticos que también lo piensan, pero muy pocos lo dicen abiertamente. La Historia pesa mucho. Rusia y Turquía tuvieron una relación compleja con el mundo occidental, sobre todo desde el siglo XIX. Algunos de sus líderes tomaron ideas de Occidente para la modernización, mas nunca pensaron en integrarse en ese conjunto geopolítico y cultural. Basta un detalle: tanto Lenin como Atatürk situaron las capitales de sus países más hacia el interior, hacia el oriente o si se quiere hacia Asia. San Petersburgo y Estambul fueran sustituidas por Moscú y Ankara. Hoy, en día, también las dos naciones miran hacia Asia, a Oriente Medio, a Asia Central o las costas del Pacífico, aunque ninguna de las dos tiene la capacidad suficiente, ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo militar, para influir decisivamente en sus respectivas vecindades.

Más allá de las oportunidades económicas, la reunión de Putin y Erdogan es el testimonio de dos soledades geopolíticas. De ahí no saldrá un frente antioccidental serio. No lo querría Putin, que prefiere negociar bilateralmente con los países europeos o que busca puntos de confluencia con EEUU en la lucha contra el yihadismo en Oriente Medio, pero tampoco lo querría Erdogan. Turquía necesita el apoyo de Washington y los aliados occidentales para sus aspiraciones de potencia regional, estatus que no conseguirá mientras no alcance un mínimo de estabilidad interna, lo que no es nada fácil en un escenario de concentración del poder.

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