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Racismo y antirracismo en Europa

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En dos países vecinos, como Italia y Francia, se han producido serias manifestaciones de antirracismo.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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            En dos países vecinos, como Italia y Francia, se han producido serias manifestaciones de antirracismo, al utilizar la estirpe o el color de la piel en el debate político contra ministros del gobierno. No faltan quienes rechazan visceralmente la presencia de hijos de antiguos inmigrantes en el propio ejecutivo, porque no acaban de aceptar la realidad de que los grandes países de Europa son cada vez más interraciales y multiculturales.

            Primero fue Italia, salvo fallo de mi memoria: tras las elecciones de febrero, y tras las negociaciones impulsadas por el presidente de la República Giorgio Napolitano, Enrico Letta formó un gobierno, que incluía a Cécile Kyene, 49 años, de origen congoleño, como ministra de integración y políticas juveniles. Pronto sufrió las agresiones de políticos intolerantes –nada menos que el vicepresidente del Senado, miembro de la Liga del norte‑, que la compararon con un orangután; por si fuera poco, poco después le lanzaron plátanos militantes de Forza Nuova (extrema derecha). Lo que antes parecía violencia irracional de tifosi desmelenados en los campos de fútbol, saltaba al debate público italiano con manifestaciones indignas.

            En días más recientes, el semanario satírico francés de extrema derecha, Minute, dedicó su portada a la ministra de Justicia, de raza negra, con un titular tremendo: “Maligna –astuta‑ como un mono, Taubira vuelve a encontrar plátanos”. Era la gota que colmaba el vaso de los abucheos y ataques racistas sufridos por Christiane Taubira en ocasiones precedentes. En campañas a la vista de las municipales, una candidata del Frente Nacional llegó a decir que prefería ver a la ministra en un árbol que en el gobierno. Ciertamente, sus proyectos de reforma de la administración de justicia están encontrando mucha resistencia entre jueces y abogados, no sólo por razones ideológicas o políticas. Pero las bajísimas cotas de popularidad en que se mueve François Hollande y su gobierno, no se compadecen con ese tipo de insulto público. Tampoco alguna reacción oficial destemplada que venía a poner de hecho en tela de juicio la libertad de expresión.

            Estos sucesos son quizá más lamentables por el carácter femenino de las víctimas inmediatas, que han reaccionado con apelaciones de fondo a la convivencia y la tolerancia.

            Para Christiane Taubira, ese racismo es “un ataque al corazón de la República”, pues el pacto social francés tiene entre sus fundamentos, desde la Revolución, los conocidos conceptos de igualdad y fraternidad. En líneas semejantes ha insistido la inmensa mayoría de los protagonistas del intenso debate público de días precedentes en Francia. Más allá de lo políticamente impuesto, la Europa del siglo XXI no puede aceptar ideas ni mensajes racistas, al margen de los concretos tipos penales establecidos en los ordenamientos jurídicos, no siempre fáciles de aplicar por los tribunales de justicia.

            Por su parte, Cécile Kyenge declaró que, sin subestimar los episodios de racismo, no quería tomarlos como algo personal, sino como “expresión de un malestar existencial” de la sociedad italiana, que hace más difícil convivir con la diversidad. Y se manifestó dispuesta a dar la batalla sin miedo, “incluso en los lugares más difíciles, en la propia cueva del lobo, donde se manifiesta ese malestar. Con coraje y orgullosa de ser italiana”.

            Se trata de problemas presentes en diversos país, con mayor o menor intensidad, que van a acentuarse probablemente en el contexto de las elecciones europeas del 2014. La prensa ha informado de las reuniones de diversos líderes de la extrema derecha, que perseguirán el objetivo de tener grupo parlamentario propio en el europarlamento que salga de las urnas la próxima primavera. Entre sus objetivos, frenar aún más la inmigración, y revisar las leyes civiles sobre ciudadanía, para dar prioridad al ius soli ‑concesión de la nacionalidad por el lugar de nacimiento‑, sobre el ius sanguinis, que determina la nacionalidad del hijo en función de la de los padres.

            A juicio de la actual presidente del FN francés, no se trata de racismo, en contra de voces que describen el renacimiento de viejos tics xenófobos: en un programa de televisión declaró enfáticamente que “Francia es el país menos racista del mundo”. Algo semejante se ha repetido en Italia. Pero hay mucho trabajo por delante ‑especialmente dentro del sistema educativo básico, en aulas que reflejan de hecho las diferencias‑, para hacer realidad lo establecido sobre no discriminación y diversidad en los artículos 21 y 22 de la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea, aprobada en Niza el año 2000.

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