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Tribuna libre

Radiografía de la ineptitud

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Si se fijan, comprobarán que al lado de todo gran inepto, hay un pequeño pelota aplaudiendo.

La ineptitud es una destreza que se adquiere a lo largo de la vida, con esfuerzo, tesón y, en ocasiones, con ayuda de ciertas lecturas. Uno no se convierte en un inepto por golpearse el dedo con un martillo a propósito, o por salir en televisión diciendo que Murcia es una de las grandes ciudades del Principado de Asturias. La ineptitud se alcanza con un empeño diario, con la constancia del ciclista, con la fuerza de voluntad del tonto del bote que quiere alcanzar el grado sumo de su estulticia. La ineptitud es cara, sobre todo para los demás. 

El inepto acude al trabajo con la seguridad de tener todas las condiciones para hacerlo lo peor posible sin que eso tenga demasiadas consecuencias en su futuro profesional. De ordinario el incompetente tiene su puesto asegurado. De hecho, la única certeza inmutable del bobo español es su indiscutible ascenso. Las consecuencias de sus golferías siempre salpican a otros, cuya posible ineptitud no les salva de la quema. Pero es que el inepto tiene un don que le permite flotar en el diluvio, resistir a las llamas en el incendio, y mantenerse inmóvil ante el azote de un ciclón. El inepto es esencialmente inmutable. Tan sólo varía su aspecto. Puede engordar o adelgazar. Puede reír o llorar. Puede dejarse barba o afeitarse la cabeza. Pero nunca abandonará su rico interior dominado por el arte de la estupidez. 

Otra de sus características es una innata capacidad para hacer creer a su propio equipo que no es tan tonto como parece. Esto convierte al inepto en un tipo peligroso, y a sus asesores en cómplices de sus majaderías. En ocasiones el equipo que rodea al inepto se ceba en la adulación al líder cara a cara, mientras por la espalda le traiciona. Otras veces, el equipo del inepto le es fiel hasta la muerte, llegando incluso a heredar su estupidez. Esta solemne ceremonia de intercambio de banderines suele producirse en secreto, en los reservados de algún restaurante de lujo en las proximidades del Paseo de la Castellana.

Pero en las grandes ocasiones tiene lugar en ciertos comedores privados, en las proximidades de Puerta del Hierro. Después del traspaso de poderes e incapacidades llega el abrazo. El gran abrazo. Cada vez que dos ineptos se abrazan de verdad, quiebra una pequeña empresa en algún lugar del mundo, y seis familias pierden su trabajo. A los gatitos no les pasa nada. 

Volviendo a la radiografía que nos ocupa, sorprende que, generalmente, al inepto no se le toma en serio hasta que sus sandeces provocan hambre, caos, miseria, corrupción, muertes, y otras calamidades. Y por fin, cuando se le toma en serio, ya es demasiado tarde, y el inepto ha sembrado su torpeza por todas partes. Así, cuando se pretende reaccionar, la siembra ya ha echado raíz, y la tontería florece por babor y estribor con desinhibida alegría.  

La única forma de combatir la ineptitud es la excelencia. No basta con la aptitud, con la habilidad o con una cierta inteligencia. Se requiere la excelencia. Acogerse a los cortos esquemas mentales del inepto para tratar de vencerle con sus propias armas es una tontería aún mayor que la que se pretende evitar. Al inepto hay que hacerle ver su ineptitud. Hay que plantarle cara. De lo contrario, se aprovecha de la situación para seguir engordando y sembrando su bobería por todas partes.  

Aunque esta especie habita en todo el mundo, conviene subrayar que el inepto español difiere levemente del inepto extranjero, que se caracteriza por decir sus sandeces en varios idiomas, multiplicando su efecto devastador. En cambio, el inepto autóctono, aunque no domina con claridad ningún idioma, resulta especialmente estirado y vanidoso, y disfruta como gorrino en un charco con el elogio y la adulación. Si se fijan, comprobarán que al lado de todo gran inepto, hay un pequeño pelota aplaudiendo. Si nadie se encarga de desinflarlo de vez en cuando, el inepto español se hincha de tal manera, que puede llegar a flotar en el aire y elevarse sobre la ciudad, haciendo de sus tonterías todo un acontecimiento astronómico que puede contemplarse desde diversos puntos de la galaxia, y que despierta el asombro y la admiración de sus colegas internacionales.  

Si no fuera un peligro, el inepto sería un entretenido espectáculo.

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